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No sólo hay un frente abierto en el que sendas trincheras están ocupadas por los que creen que es necesario el estímulo público para salir de la crisis (neokeynesianos, obamistas) y por los que creen que la única actuación gubernativa eficaz es la reforma (laboral, de las pensiones, la liberalización última de los mercados) y el recorte (del gasto y la inversión públicos). Hay otro frente más básico y teórico que no deja de ser en esencia lo mismo: la controversia entre quienes piensan que el crecimiento económico no puede ser ilimitado, porque los recursos de la tierra no lo son, y quienes creen que la tecnología, la reasignación de los recursos y los precios relativos son la clave para que siga habiendo un crecimiento ilimitado, y los chinos puedan tener un coche por barba (lampiña). Los primeros son agoreros neomalthusianos para los segundos; los segundos son, para los primeros, neoliberales anti-intervencionistas, cuyo anclaje en la teoría de “no toques la rosa económica” propicia un mundo repleto de burbujas y desigualdades. Pues bien, leo un artículo de Juergen B. Donges publicado el domingo pasado y titulado “Crecimiento económico, un objetivo cuestionado”, que se posiciona entre los defensores del crecimiento continuo, que se identifica como motor único del “empleo y la seguridad social”. El profesor Donges, alemán, habla perfectamente español (nació en Sevilla) y es un hombre severo y con apariencia malhumorada al que vi torcer la cara y dar la espalda sin más a un periodista que le propuso hacerle una entrevista. Y lo que es más importante para lo que nos ocupa, es un reputado economista asesor de gobiernos alemanes conservadores, y escribe con claridad pasmosa sus ideas, una de ellas la de que los malthusianos de hoy son pura negatividad y no aportan nada, y que o practicamos la intervención mínima y la confianza extrema en las fuerzas del mercado –sólo hace una leve excepción con los financieros, cualquier dice lo contrario con la que ha caído y está cayendo–, o el caos y la bancarrota están asegurados.
(Cuando voy a vincular el artículo, resulta que no está disponible. Como soy un carpetovetónico que recorta artículos de las ediciones en papel, lo tengo conmigo, y en cuanto pueda lo digitalizo y lo vinculo como pdf.)


Extendamos un poco los límites del espíritu de la economía para no economistas que inspira esta bitácora, y adentrémonos de nuevo en el independentismo español (el que se da en España, queremos decir) que, además de una historia, un territorio, una cultura, por supuesto un idioma y, en casos, unas peculiaridades étnicas, tiene un ingrediente esencial de región más rica que siente que puede volar mejor sola, y a todo ese bagaje nacional añade agravios represores, fiscales, de incomprensión u otros. Para hacer una reflexión, o mejor, para emitir una opinión sobre el independentismo español, básicamente catalán y vasco, pero también incipientemente gallego, permítanme una digresión breve con pretensión de metáfora: uno ?o una? puede ir al bar habitual y allí desahogarse con una víctima propicia que quería leer la prensa extendida en el mostrador ?práctica aún vigente?, a solas, mientras apura un cigarro ?a esto le queda menos? y una cerveza ?con alcohol, por ahora?:
- No aguanto más. Me siento encerrado, incomprendido, hastiado. Nuestra convivencia ha tocado fondo, sólo nos hacemos daño. Nuestros mundos son distintos. Los niños son mayores? ¿qué sentido tiene que sigamos juntos? No paro de darle vueltas a la idea de ir de una puta vez a ver al abogado y que empiece a mover papeles. ¿Los de Legálitas separan baratito? En fin, que esto no da más de sí.
- Pero, hombre, Manolo?
- Ni Manolo ni leche, Gregorio? ¿te llamas Gregorio, no? Bueno, retengo fatal los nombres, perdóname. El caso es que esto tiene que acabar. A la voz de ya. Tómate algo, anda, que te voy a contar todo con detalle
- Vaya por Dios?
Hay personas que se desahogan así castigando a propios y ajenos, pero nunca se separarán de la supuesta hidra de siete cabezas con quien comparten lecho y presupuesto. Puede que también en casa estén cada dos por tres molestando al cónyuge con la matraca de la insatisfacción, el espacio personal, la autorrealización y la libertad. Con la independencia. A esos individuos habría que propinarles un referéndum, un papel para firmar del abogado, un convenio previo o como se llame el documento que abre la puerta. A ver qué harían. Mientras, no sólo destrozan el ratito solitario y mágico de barra a amigos y gregorios inocentes, sino que también amargan la vida en casa a su pareja, y en el despacho y en el centro de trabajo a compañeros, y en las celebraciones a los parientes. El teléfono móvil es un cómplice canalla de estos sujetos-coñazo.
Pues clara queda mi opinión: hay que tomarle la palabra a los independentistas, ponerles al borde del abismo de la libertad, y ayudarles a realizar un referéndum (una cosa rapidita, para que la nomenklatura autonómica no acometa una propaganda imbatible): dentro o fuera, miembro del colectivo o hermano fronterizo, como los portugueses. Los españoles rechazamos la idea de conceder (el verbo no es inapropiado) un plebiscito para que catalanes o vascos decidan si quieren o no seguir siendo españoles, si les interesa y apetece compartir bandera, parlamento, ministro de Exteriores, mercados con sus clientes y proveedores, fronteras, colores en el mapamundi, lengua, selección deportiva, tipo de pasaporte, consulado, empresas, largo etcétera.
- Manolo, se acabó el amenazar todo el día. Ahí tienes la puerta, sin malos rollos. Pero si te quedas, cállate de una vez con lo de tu espacio y tu realización personal y lo mucho que te estorbo y te controlo. Que eres muy pesado y no tengo tiempo para ser tu sparring, y encima sin cobrar.
Ese día puede que Manolo (Manel, Imanol) sienta cosas desusadas, vea cosas que no veía o no quería ver, se tiente la ropa y el bolsillo y haga otras cuentas. Y puede, albricias, que todos tengamos menos dolores de cabeza, alejemos sensaciones de estorbar y ser estorbados, cortemos el rollo a políticos y pensadores nacionalistas (también españoles, que los hay tan radicales como Carod y hasta como Ternera). Puede que Manolo diga que se va, pero puede que diga que no se va, y durante un tiempo al menos deje de rallar, como de vez en cuando dice mi hija que yo hago con ella:
- Papá, no me ralles.


Extendamos un poco los límites del espíritu de la economía para no economistas que inspira esta bitácora, y adentrémonos de nuevo en el independentismo español (el que se da en España, queremos decir) que, además de una historia, un territorio, una cultura, por supuesto un idioma y, en casos, unas peculiaridades étnicas, tiene un ingrediente esencial de región más rica que siente que puede volar mejor sola, y a todo ese bagaje nacional añade agravios represores, fiscales, de incomprensión u otros. Para hacer una reflexión, o mejor, para emitir una opinión sobre el independentismo español, básicamente catalán y vasco, pero también incipientemente gallego, permítanme una digresión breve con pretensión de metáfora: uno ?o una? puede ir al bar habitual y allí desahogarse con una víctima propicia que quería leer la prensa extendida en el mostrador ?práctica aún vigente?, a solas, mientras apura un cigarro ?a esto le queda menos? y una cerveza ?con alcohol, por ahora?:
- No aguanto más. Me siento encerrado, incomprendido, hastiado. Nuestra convivencia ha tocado fondo, sólo nos hacemos daño. Nuestros mundos son distintos. Los niños son mayores? ¿qué sentido tiene que sigamos juntos? No paro de darle vueltas a la idea de ir de una puta vez a ver al abogado y que empiece a mover papeles. ¿Los de Legálitas separan baratito? En fin, que esto no da más de sí.
- Pero, hombre, Manolo?
- Ni Manolo ni leche, Gregorio? ¿te llamas Gregorio, no? Bueno, retengo fatal los nombres, perdóname. El caso es que esto tiene que acabar. A la voz de ya. Tómate algo, anda, que te voy a contar todo con detalle
- Vaya por Dios?
Hay personas que se desahogan así castigando a propios y ajenos, pero nunca se separarán de la supuesta hidra de siete cabezas con quien comparten lecho y presupuesto. Puede que también en casa estén cada dos por tres molestando al cónyuge con la matraca de la insatisfacción, el espacio personal, la autorrealización y la libertad. Con la independencia. A esos individuos habría que propinarles un referéndum, un papel para firmar del abogado, un convenio previo o como se llame el documento que abre la puerta. A ver qué harían. Mientras, no sólo destrozan el ratito solitario y mágico de barra a amigos y gregorios inocentes, sino que también amargan la vida en casa a su pareja, y en el despacho y en el centro de trabajo a compañeros, y en las celebraciones a los parientes. El teléfono móvil es un cómplice canalla de estos sujetos-coñazo.
Pues clara queda mi opinión: hay que tomarle la palabra a los independentistas, ponerles al borde del abismo de la libertad, y ayudarles a realizar un referéndum (una cosa rapidita, para que la nomenklatura autonómica no acometa una propaganda imbatible): dentro o fuera, miembro del colectivo o hermano fronterizo, como los portugueses. Los españoles rechazamos la idea de conceder (el verbo no es inapropiado) un plebiscito para que catalanes o vascos decidan si quieren o no seguir siendo españoles, si les interesa y apetece compartir bandera, parlamento, ministro de Exteriores, mercados con sus clientes y proveedores, fronteras, colores en el mapamundi, lengua, selección deportiva, tipo de pasaporte, consulado, empresas, largo etcétera.
- Manolo, se acabó el amenazar todo el día. Ahí tienes la puerta, sin malos rollos. Pero si te quedas, cállate de una vez con lo de tu espacio y tu realización personal y lo mucho que te estorbo y te controlo. Que eres muy pesado y no tengo tiempo para ser tu sparring, y encima sin cobrar.
Ese día puede que Manolo (Manel, Imanol) sienta cosas desusadas, vea cosas que no veía o no quería ver, se tiente la ropa y el bolsillo y haga otras cuentas. Y puede, albricias, que todos tengamos menos dolores de cabeza, alejemos sensaciones de estorbar y ser estorbados, cortemos el rollo a políticos y pensadores nacionalistas (también españoles, que los hay tan radicales como Carod y hasta como Ternera). Puede que Manolo diga que se va, pero puede que diga que no se va, y durante un tiempo al menos deje de rallar, como de vez en cuando dice mi hija que yo hago con ella:
- Papá, no me ralles.
LOS refranes que usamos se crearon cuando, para bien y para mal, lo políticamente correcto no existía, de forma que, por ejemplo, en el país de los ciegos, el tuerto era el rey (hoy no podríamos hablar de ciegos en un foro público, y menos aun de tuertos). Es ése un dicho tirando a incorrecto, pero es muy ilustrativo, y de aplicación a las economías regionales: en España, el País Vasco -ex aequo con Cataluña- es el rey tuerto económicamente; en Europa, lo es sin duda Alemania. En estos días de profusión de mapas meteorológicos en los interminables partes del tiempo de los telediarios, la mayor intensidad de color cálido del sur solía contrastar con la frialdad celeste del norte. Aunque no entremos en discutir la influencia del clima en la economía y la historia de los pueblos, sí se le venían a uno a la mente otros mapas en los que también las regiones más meridionales lucían con tonos más intensos: los mapas del paro y el fracaso escolar. La renta per cápita también se comporta en España con distribuciones que, sobre la piel de toro, son bastante complementarias con las anteriores. En el marco europeo, la tónica general es parecida: norte más rico, sur más pobre, aunque no sólo no ha sido siempre así, sino que en largos periodos ha sido al contrario. Enfocando en un tiempo concreto, el que vivimos, vale la pena preguntarse por qué a Alemania le va bien con la crisis, y si sus planes de austeridad tienen mucho o poco que ver con su liderazgo.
La derecha política suele estar mucho más desunida que la izquierda, lo cual no deja de ser lógico dado que la derecha (teórica) promueve la capacidad individual y la izquierda (teórica) la igualdad. Sin embargo, en economía, el liberalismo (la derecha económica) suele tener un credo sencillo y firmemente compartido por sus fieles, a pesar de que el mercado sin trabas -particularmente, el financiero- se haya demostrado más un origen de males colectivos y beneficios particularísimos que un beatífico manantial de crecimiento y bienestar. Muchos apóstoles de la fe del Estado mínimo se han apresurado a atribuir a las políticas de austeridad de Merkel un dato fenomenal: el último crecimiento oficial de la economía de Alemania ha sido el más grande desde la Reunificación, en 1989. Algo como atribuir la tripa galopante a las cervezas de ayer o como culpar de la alopecia al champú del hotel del fin de semana pasado. Identificar los planes de consolidación fiscal -qué nombres tan juguetones damos a las cosas- de Merkel con el éxito del último dato de crecimiento iba parejo a la identificación de los planes de estímulo de Obama (la política económica contraria, por decirlo de una forma sencilla) con el pobre último dato oficial de la economía USA. Sin embargo, el éxito alemán tiene mucho más que ver con un euro a la baja que ha posibilitado un enorme auge de sus exportaciones (Alemania es, dicho sea de paso, el mayor exportador del mundo). Sus buenos datos recientes no se deben a la política de austeridad que ha acometido Merkel “para dar ejemplo”, que es demasiado reciente también.
A Obama, por su parte, lo estaban esperando. No ha caído ni caerá bien a la derecha española (no digamos a la estadounidense), por motivos de diversos colores, y resulta alucinante cómo tantos se han apresurado a achacar a sus políticas de estímulo -energía sostenibles, infraestructuras y recortes de impuestos a pymes- un presunto fracaso de sus cifras económicas. Tantas veces el objetivo no es analizar, pues, sino atacar al enemigo con cualquier excusa. ¿Por qué no combinar la sensata austeridad, cuyos efectos son más demorados, con el estímulo útil, que funciona más rápido en sus propósitos? Por pura ideología.
El asunto del día es sin duda el anuncio de una tregua por parte de ETA. Vaya por delante que el término tregua no conviene a esta situación, y sea dicho también que ETA se ve sometida a tal presión exterior y no digamos interior (incluido en el propio País Vasco) que le ha hecho quedar en absoluto fuera de juego; un grupo siniestro, sin motivos para matar (si es que los hubiere en cualquier caso), unos extorsionadores de empresarios, un grupo decadente nutrido mayormente de chavales de barrio marginal sin oficio ni beneficio, que de pronto pueden ser elevados por unos cuantos listos y otros cuantos tontos a héroes nacionales. Un colectivo enorme de presos dispersos por las cárceles, encerrados por defender como gudaris inútiles una patria que nadie ataca ni reprime, un país próspero ?el que más de España?, civilizado y bello.
Dicho sea también que, aparte del rechazo, la hartura (leer artículo de hoy de Roberto Pareja, “¡Qué hartura!”) y el anacronismo, a ETA le conviene dar este paso para poder intentar presentar a su brazo político ?Batasuna y sus extensiones? a las elecciones. ETA quiere entregar la cuchara con la parafernalia de las capuchas a modo de dramática puesta en escena? pero no quiere entregar las armas. Con lo cual nadie puede fiarse, y precedentes hay que avalan toda desconfianza. A ETA no la comprende ya ni los españófobos más recalcitrantes, y desde los atentados de las Torres Gemelas la banda ha intentado como loca no ser identificada con otros que, como ellos, son terroristas: la patria también es una religión que puede llegar a ser excusa de fanáticos; no sólo el islam se moldea arteramente. Sobre todo esto se ha escrito mucho hoy.
Hay algo, sin embargo, que brilla por su ausencia en los análisis del terrorismo más o menos ciego (ciego, cobarde o vestido de bonito según épocas, estrategias internacionales y leñazos policiales recibidos) de ETA: una valoración de lo que, más allá de los cerca de 900 muertos ?21 niños incluidos?, miles de heridos con graves secuelas y huérfanos; traumas psíquicos y otros males con los que el grupo armado vasco ha perjudicado a la economía nacional. Sin posibilidad de ser exhaustivo: pensiones, indemnizaciones, subsidios, reparaciones, tratamientos médicos, Terminal 4 de Barajas y muchas otras infraestrcuturas, inmensa inversión en seguridad, persecución y hostigamiento de etarras en diversos frentes, coste judicial y carcelario? El mayor chantaje que se puede hacer a un Estado (y más, ahora) es el económico. Un dato: la T4 del aeropuerto de Barajas costó más que el recorte de Fomento por el plan de auteridad reciente: 6.200 millones de euros. Y la tiraron abajo casi sin estrenar, y hubo que rehacerla con mayores costes aún. Eso es el daño emergente, no hablemos de lucro cesante, en este caso turístico. Otro tanto cabe decir de los daños por miedo, como las bombas de hace tres veranos en Málaga, cerca de su aeropuerto, en plena temporada alta (ver un artículo de quien suscribe sobre este particular, “Aviso de ¡pum!”). ¿Va España a recuperar algo de esto? Por supuesto, no. Como decía siempre el sanguíneo entrenador y jugador de golf baracaldotarra Javier Clemente: ?perdono (?), pero no olvido?.

CANINA MUNICIPAL
MUCHOS presupuestos, sobre todo públicos, se aprueban cuando los dineros de las partidas de gasto están ya consumidas. Con los ingresos pasa igual: hasta que se producen, alguien los financia; un banco, el Estado. Por ejemplo, los ayuntamientos españoles, sin diferencia de credo ni región, reciben anticipos del Estado, que se estiman en función del pasado reciente de las cuentas municipales: si ingresé X en 2007, ingresaré X más algo en 2008, y así sucesivamente. El IVA es el impuesto que nutre mayormente estas trasferencias anticipadas. Pero 2008 no fue un año normal, cosa que, claro está, se debía haber tenido en cuenta al valorar los anticipos. Y en él se produjo el desplome histórico de la recaudación por IVA, que está vinculado al consumo, a la compra de casas y coches y a casi cualquier transacción. Los adelantos de ese 2008 se han demostrado, a la luz de la actividad real, exagerados (2009 va a ser otra bomba de relojería para muchos presupuestos locales). El Estado dice que los ayuntamientos tienen que devolver lo que se les adelantó de más. El problema es que esos dineros están archigastados. ¿Qué hacer ahora? El Estado reclama 600 millones. Algunos ayuntamientos piden plazos; otros, como Manresa por boca de Josep Camprubí, alcalde del PSC, dice que no se debe devolver “ni un duro”. Otro alcalde catalán, Lluìs Recoder, esta vez de CiU, dice que esta situación es “escandalosa”. No dice de quién es culpa el escándalo: de su propia gestión, del Estado que reclama lo que prestó de más, o si es escandalosa, un poner, la actitud del maestro armero. Los ayuntamientos grandes se han endeudado tradicionalmente muy por encima de los ratios razonables, pasando la patata caliente al que venga detrás (las grandes obras quedan hechas y con su placa atornillada), y a sabiendas de que hay mucho voto en el municipio, y que papá Estado no va a dejar abandonadas a sus criaturas. Un padre que no deja de toser y encorvarse.
AUSTERIDAD O ESTÍMULO

El propio Estado -o, mejor, el Gobierno central- se debate entre el debe y el haber de su próximo presupuesto, recortando allí (presupuestos ministeriales, nóminas públicas, obras públicas, gasto social) e intentado alargar allá (subida del IVA y otros impuestos, venta participaciones de la SEPI en Iberia, Ebro o EADS? ¿algo más? Ah, sí, devolución de exceso de anticipos dados a los ayuntamientos).
Ante el adelgazamiento y debilitamiento del Estado que, paradójicamente, viene por la mano de un Gobierno de izquierdas, debe ser bienvenida la suavización en el recorte automutilador que Fomento iba a propinarse en obras públicas programadas, e incluso en las licitadas. Y no ya porque creamos o no en el multiplicador keynesiano, que podría ser enunciado, con permiso y disculpas a la academia, así: “Efecto benéfico sobre la actividad económica y la creación de empleo que tiene la inversión del Estado mediante el gasto público”. ¿Que eso valía para la segunda posguerra mundial y es una falacia hoy? No lo sabemos bien, pero sí sabemos que meter 700 millones más de obra pública evita decenas de miles de nuevos parados: la gran debacle del empleo de la construcción estaba por venir. Y contenerla es una gran prioridad ahora. El Gobierno, alternativamente, podría no haber recortado los salarios públicos y no mermar el consumo, pero optó por eso ante la presión exterior? y la de la cruda realidad.
Sea como sea, y faltos de elixires quirúrgicos e incrédulos de los crecepelos, los 700 de inversión recuperada van a apuntalar unos buenos miles de empleos (y empresas). Por un tiempo, al menos. El largo plazo no existe sin el corto. Por supuesto, habrá quien diga que el anuncio de recorte del recorte de 6.000 y pico se hizo para hacerle el trile a la UE y a las agencias de rating, y que las obras recuperadas son para nutrir criaderos de votos. O para contentar a constructoras afectas. Pero bueno.
(Este artículo se publicó el sábado 28 de agosto en papel. Como a lo largo de la semana, el domingo encontré reportajes sobre la precaria situación de las corporaciones locales –que tendrán prohibido endeudarse desde el año próximo– e incluso la petición de la alcadesa de Cádiz, Teófila Martínez, de que se rescate a los ayuntamientos como a los bancos. El editorial de las cabeceras Joly del domingo desmontaba la queja acerca de la Andalucía beneficiada por ser vivero de votos: vean las cuentas y no disparen siempre al mismo lugar.)


España es un país económicamente me exagerado. Me explico: sucede aquí que, cuando las vacas están gordas, creamos mucho empleo, más que la mayoría de otros países ante una expansión similar. También exageramos, lamentablemente, a unas malas, y cuando la contracción llega, destruimos mucho más empleo que los demás. Por otra parte, nuestra creación de empleo es de baja cualificación relativa, de escasa calidad en la formación del empleado, por lo que la calidad del output agregado nacional ?de lo que producimos y servimos? es también baja: poco competitiva, y no sólo en calidad, sino en coste horario.
Pero esto ?la creación/destrucción de empleo? no funciona igual en todos los rincones del país. De Madrid para arriba, islas incluidas, el paro se acerca a la media de la UE-15 (no 25), entre el 10% y el 15%, y los niveles formativos son también mayores (la media española de paro está en el 20%, por lo que hay ciudades que llegan al 40%, y regiones enteras muy pobladas que rondan el 30% de desempleo. En esto hay que tener en cuenta que las actividades de la estructura económica sureña son más proclives a sumergirse, pero seguir funcionando alegalmente). Por supuesto, ?arriba? invierten más en educación por niño, por joven colegial y por universitario. Algo querrá decir eso, independientemente de los análisis de correlación múltiple que puedan realizar los analistas y de que omitamos otras variables en el diagnóstico (historia, sectores emergentes, promoción industrial, decisiones políticas, porcentaje de actividades primarias tradicionales, otras). En cuanto al fracaso escolar, la distribución regional es de nuevo dolorosa para el Sur, islas incluidas: de Madrid para abajo, el fracaso es mayor. ¿Qué más necesitamos saber? Ah, y por supuesto, cerrando el círculo: los más cualificados están menos parados. No paren de reptírselo a sus hijos perezosos, o de aplicarse el cuento a sí mismos, directamente.
España ha sido tradicionalmente el país donde los nacionalismos más identitarios y menos integradores han coincidido con las regiones más ricas, en algunos casos con conciertos fiscales muy privilegiados (País Vasco y Navarra), y en otros (Cataluña) con balanzas fiscales deficitarias con el resto del país (no financieras o comerciales, demasiado olvidadas a veces, en las que salen ganando por vender básicamente al resto del Estado sus productos durante un buen número de últimas décadas, las más cercanas a la actualidad). Los datos que hemos comentado arriba (Sur más parado y menos formado, y viceversa) no ayudan a calmar el desapego o desafección de las regiones más ricas, más aun con la cantidad de epidermis y fibra coronaria que se pone en las declaraciones públicas, y lo rentables que pueden ser en votos.
Pero el mapa es el mapa (por cierto, no he encontrado mapas más actualizados, ni he querido poner el de las temperaturas medias… Los datos mencionados sí están al día, y no han variado sensiblemente en términos relativos).

Hace unos días leí lo siguiente, más o menos con estas palabras que siguen: “Lycos, vendida por un 0,28% de lo que pagó Juan Villalonga por cuenta de Terra (Telefónica) hace diez años”. Se pagó por casi 10.000 millones, se ha vendido por 28. Es cierto que Telefónica se deshizo antes (con grave quebranto en forma de tremebunda minusvalía) del portal, y ahora ha sido una empresa coreana la que ha vendido los restos de Lycos a una empresa India (claro).
Villalonga, una estrella fugaz, en cuyas manos Aznar puso una joya privatizada. Una estrella más sombría que luminosa. La debacle de las puntocom de 2000 hizo bueno el “mal de muchos…”, y maquilló lo que fue uno de los excesos de un ejecutivo que, para suerte de la gran multinacional española que hoy dirige César Alierta (magnate no exento de sombras), desapareció del mapa principal de los ejecutivos españoles. La última noticia que el gran público tuvo de él fue que quiso hacerse con el Valencia (tras fracasar con el mismo intento en el Liverpool), o al menos manejar –en el papel de ejecutivo salvador– el club cuyo mayor propietario es Soler, para hacerlo muy muy grande… con una ampliación de capital inmensa. De tonterías, las precisas, yo todo a la grande, hasta el casamiento. Lo de lanzar a otra dimensión al Valencia era sin poner él dinero alguno, eso sí. Otro visto y no visto, aunque en este caso sin sangre para el club ché que, a pesar de su situación entonces, parece recobrar salud financiera (deportiva, no le falta). Los salvadores futbolísiticos son uno de los horrores de este país. Lo dice un bético.
Cualquier día vuelve con otro pelotazo. Espero que no se fije en el Campo del Betis, y que tampoco sea colega de Luis Oliver…
Me recomiendan un interesante y fundamentado reportaje que publica hoy 23 de agosto El País acerca de la influencia de la cultura y la religión sobre la economía y el desarrollo de las naciones y/o países. Parte, cómo no, de una nueva refutación de las tesis de Max Weber en su clasiquísimo Ética protestante y el espíritu del capitalismo, citado antes aquí en un artículo corto titulado “Pícaros y vikingos”. El artículo de El País se titula, no sin arrojo, “La economía entiende muy poco de dioses”, y lo firma María Antonia Sánchez-Vallejo. La tesis básica de Weber es que el surgimiento del luteranismo y de la ética (se suele acompañar el término de protestante, pero en su momento quizá cabría decir “ética”, sin más, o quizá puritanismo, sobre esto, leer un viejo artículo de Savater también en El País, “Moral y puritanismo”) origina una forma de comportarse en el trabajo que desemboca en la versión primigenia del capitalismo como sistema de relaciones económicas y de modos de producción. La autora cita a un joven investiador, Davide Cantoni, quien ha estudiado la relación entre crecimiento de la renta en comarcas alemanas de distintas orientaciones religiosas (católica y protestantes, básicamente) entre 1300 y 1900, y no ha hallado diferencias significativas. O sea, que quizá, más que la religión, lo que determina más el crecimiento y la prosperidad es… ser alemán. Cita el reportaje también los fenómenos de Brasil o China y otros países orientales de éxito, y las opiniones de economistas y sociólogos, como Gil-Calvo.
Quien suscribe tiene una opinión, nada contrastada empíricamente, pero en la que creo con cierta dosis de fe y toda la intuición que puedo tener. Partiendo de la base de que el libro de Weber es bestial (de bueno, permítanme el adjetivo), y que debe ser analizado, cómo, en su tiempo y contexto, yo creo que es la evolución económica de los terriotorios, de las formas de la economía, la que determina las creencias religiosas, más que al contrario. Por supuesto, deslindar ambas evoluciones –creencias y hechos económicos– y obivar sus interacciones e interferencias es osado e insensato. A quienes así pensamos nos llaman economicistas. Suena a insulto o desprecio, al menos, pero, bien mirado, no debe molestar.
Hoy publican las cabeceras del Grupo Joly un atribuna de Alfonso Ramírez de Arellano que contiene interesantes reflexiones sobre la reforma de la Administración. Interesantes, digo, y también serenas, lo cual es de agradecer con tanto jacobino suelto que quemaría la función pública y a todos sus titulares. Según el autor (como leerán, si lo desean, pinchando aquí) un grave problema de la Administración Pública española –a diferencia de otros de países que, a la sazón, tienen menores índices de corrupción– es la politización imbricada en todos los resortes de la gestión y, sobre todo, la decisión de instituciones y empresas públicas. Según la tesis del articulista, que comparto, no se trata de recortar y recortar en personas que ganaron su plaza o fueron contratados, sino reducir el ratio políticos/empleados normales dentro de las administraciones: profesionalizar, no desmembrar y cercenar. En este sentido, traigo a colación unas palabras de la profesora de Harvard Rosabeth Moss-Kanter que cité en una entrada de este blog titulada “Sobre mutilaciones presupuestarias”.
QUIZÁ conozcan la expresión desertores de la tiza. Suele aplicarse maliciosamente a los profesores del sector público que, tras pasar unos años sirviendo en política –los hay en la izquierda, en la derecha, en los partidos nacionalistas– en comisión de servicios y gozando de sus nuevos salarios, estatus y otros concentrados de poder bebibles a diario, se resisten a volver al aula con niños, adolescentes y jóvenes más o menos ávidos de conocimiento. Es (debe de serlo) duro el retorno al despacho sin glamour ni secretaria, a la clase probablemente desinteresada, a la nómina modesta, a la opacidad pública, al frío de los mortales docentes o investigadores. La vocación de la enseñanza y el conocimiento se pone en serio riesgo cuando uno tiene asesores, subordinados y centralidad en los estrados y micrófonos. En muchos casos, la resistencia al retorno a la tiza (junto el poder de convicción adquirido en el ejercicio político) es tal, que por fuerza han crecido las fundaciones y observatorios, y han engordado los organigramas del sector público.
Algo parecido ha sucedido con los otrora boyantes y escasos albañiles, ferrallistas, soladores, electricistas, carpinteros metálicos, encofradores, fontaneros y otros. Paralizada la actividad que los reunía, la construcción, la opción era la vuelta a la barra o al azadón. En muchos casos de escasa profesionalidad encubierta por el boom, se imponía la vuelta a la hostelería y al campo: es lo que hay. Pero, también en muchos casos, esa vuelta pasa por una especie de periodo sabático en el que uno ejerce sus derechos adquiridos -la percepción del subsidio-, en el que no se hacen ascos a los chapús. (Eso sí: como han informado los técnicos de Hacienda esta semana, los microempresarios y autónomos que no están en módulos -éstos han tenido grandes ventajas, pero hoy, a la baja, su régimen no compensa- han declarado en 2009 cantidades de facturación irrisorias, trabajando grandemente en negro con la aquiescencia de los clientes, descontando con creces sus bajadas de ingresos por la crisis… a costa de menos ingresos naturales para las arcas públicas, y de una mayor economía sumergida, y no precisamente de subsistencia.)
Hace unos meses, dábamos aquí cuenta (Mr. Gómez, from Lepe) de un fenómeno de movilidad laboral que surgía de la parálisis de la construcción: en las zonas rurales, los nacionales volvían del ladrillo al plástico y el surco, del sueldo de tres mil y más al de mil doscientos en el mejor de los casos. Todo ello, desplazando de sus puestos a quienes desde fuera habían venido a cubrir los trabajos más penosos y peor pagados: quítate-tú pa-ponerme yo, que soy del país. Pues bien, parece que lo que un periódico inglés había venido a constatar al poliédrico municipio de Lepe en Huelva no está realmente sucediendo, y no hay tal desplazamiento de una mano de obra por otra. O no de una manera intensa: “Mejor agoto el subsidio de desempleo que me corresponde, que me reporta una cantidad muy similar a la de los jornales. Como está la cosa, igual si dejo el paro para más adelante, se habrán recortado estos derechos también y no veo un duro. Pájaro en mano, pues”.
A quien así barrunte no le falta razón. ¿Por qué no pensar que, junto al leñazo a las pensiones por venir no vendrá de la mano un nuevo recorte de las prestaciones por desempleo, después de haber visto cercenarse los salarios públicos, las obras también públicas, los presupuestos y organigramas ministeriales, autonómicos (menos) y locales; los gastos de defensa, la olvidada I+D+i tenida por base de todo progreso y discurso, la cooperación, la sostenibilidad energética y la sanidad, por no hablar de la todopoderosa y lenta educación que, también, todos decimos querer y ninguno dotamos? El azadón puede esperar. Y lo maneja con más ganas Mohamed.


LAS chicharras cantan desde las ocho de la mañana. Claro, que aquí es una hora menos. Pero el calor es el mismo, y allí habrán cantado desde las siete. La afluencia de gente a las playas, a los mercadillos, a los chiringuitos y a todo sitio donde ofrezcan algo -gratis o de pago-, también es la misma: enorme. Dicen los hosteleros que, a pesar de estas apariencias incontestables, sus cajas sí se duelen de la crisis. Quizá es que la capacidad hostelera instalada era desmesurada, como tantas otras cosas: resulta curioso hablar de un pasado nada remoto, el de hace unos dos años, como si nunca fuera a volver. El caso es que este agosto sigue teniendo toda la pinta del agosto que se ha hecho habitual en las dos o tres últimas décadas: el agosto de las vacaciones para todos, del disputado aparcamiento milagroso, del ruido que no cesa, de la morriña del aire acondicionado, de los invitados y los niños con mil actividades de pago (la Junta no puede con todo, y mira que lo intenta). El mes del permanente olor a comida a mansalva. El del best seller gordísimo. El mes en el que cambiamos el zapato por las chanclas y frecuentamos a tanta gente como en todo el resto del año. Y eso, sin duda, es economía. La economía agostí, un caso típico de pico estacional. Pico alto, o bajo.
Sabemos que las vacaciones a deshora no se las toman nada más que los que tienen su propio negocio y un buen dependiente de comercio en quien confiar. También los que no tienen trabajo, pero las vacaciones de éstos deben ser forzosamente precavidas: mejor seguir el ritmo general. Los que no tienen hijos pueden asimismo veranear con el paso cambiado, pero eso será así sólo si sus patrones ceden a ello. No holgamos masivamente en agosto porque sí, sino por narices: calendario escolar aparte, la causa del agosto como excepción estadística estriba en que las empresas y otras entidades dadoras de empleo, al parecer, no pueden permitirse ver su estructura organizativa salpicada de ausencias vacacionales.
-¿Me pasa con Jacinto el de Pagos, por favor?
-Jacinto no viene hasta final de mes.
-Ah, ¿es que está enfermo o algo?
-No, de vacaciones en Laponia y por ahí [información excesiva, muy habitual]
-¡Pero si estamos en enero! ¿Y no lo sustituye nadie?
-Iban a mandar a alguien de la central, pero de momento no hay nada, y aquí estamos como locos haciendo malabarismos y aguantando el tirón? (de nuevo la consuetudinaria información excesiva).
Y es que es más fácil de gestionar un mes, agosto, laboralmente parado cual caballo de retratista que un calendario laboral con permisos aquí y allá, que marean mucho a las necesidades del servicio.
Por cierto, ¿ustedes han notado bajada alguna de precios correlativa al de la caída de la masa salarial española privada y pública? ¿Le han bajado la cerveza en el chiringuito, o esa doradita a la sal que tanto pienso come, o las gambas blancas asín de grandes de ese mercado de abastos con tanto sabor y olor? ¿El del alquiler de su apartamento de verano habitual, el precio de la hora de pista, el del cursillo de vela de su niño quizá? La elasticidad de la demanda es poca en agosto, y no varían los precios gran cosa, sea porque no se consume mucho menos, sea porque la hostelería sabe que estamos fáciles de bolsillo. A la elasticidad-renta, por su parte y a la vista del llenazo y el desafuero por doquier, tampoco: se gana menos por salarios o negocios, y lo gana menos gente, pero se consume prácticamente igual. En agosto.
Pero no hay agosto que treinta y dos días dure y, a la vuelta de quince días, nos vemos sacando al perro por nuestro barrio, comprando uniformes y libros, apuntándonos a pilates, coleccionando fascículos y reactivando la rueda de la vida. De la vida normal, del nuevo ciclo anual que, más que en enero, comienza en septiembre año tras año.

Los controladores aceptan cobrar de media 200.000 euros, han llegado a un pacto con AENA, no harán huelga en verano, entre otros puntos de un “acuerdo de mínimos”. Lo acaban de publicar las ediciones digitales de diversos medios (Expansión, Europa Press, El País, Grupo Joly). Los verdaderos aliviados por el acuerdo, al menos a corto plazo, son los hosteleros, agencias de viajes y otros agentes del sector turístico español, que así salvan los muebles, o eso esperan. Blanco está contento (eso dice), los representantes de los controladores, también parecen estarlo. Pero los que se iban a comer el gran marrón respiran. Hubiera sido un desastre para muchísima gente. Todos salvan la cara, empezando por los vapuleados controladores, que consolidan por un tiempo su tipo de empleo y unos salarios más que decentes.
(Ilustración obtenida de eltrasterodelaimaginacion.blogspot.com)

Mark Hurd dejará de ganar más de 22 millones de dólares al año, más todos los gastos galácticos e imaginables, también cubiertos por la compañía que hasta esta semana dirigía, HP, todo por encoñarse de la señora de la foto (espléndida, sí, pero hagan cuentas?). Tener una querida está fatalmente visto en el mundo anglosajón: inmediatamente suponen que esa ?conducta impropia? es extrapolable a los negocios y dineros de accionistas que el pichabrava maneja desde la cumbre. Para colmo, Hurd –con lo listo que debe de ser para dirigir al gigante informático estadounidense– se ha liado con una proveedora, no con una titi de la calle, ni con la amiga del alma y la juventud. Tampoco con una chica comprensiva que conoció en la barra de una bar de hotel de algún punto del planeta, mientras ahogaba su melancolía solitaria de winner y la nostalgia de su mujer y sus hijos con vodka-martinis y esas cosas que beben los americanos rubios. Aparte de la carne añeja de Hurd y su impagable aroma de poder (por no hablar de esos contratillos viento en popa, sin segundas), la ejecutiva subcontratista de Hewlett-Packard ha sido beneficiaria de unos 20.000 euros anuales en gastos que Hurd pagó, mintiendo de nuevo, por cuenta de la empresa, pastagansa que compartió con la rubia cañón de mediana edad en cenas, hoteles y otros divertimentos. El hombre tiene 53 años, la edad del descapotable y la pastillita a punto, aquella en la que se contraviene el sensato principio que reza “Act your age” (”compórtate según tu edad”, qué cosa más castrante! Ay, Mark, émulo de McCartney y tantos otros que pierden la sesera ?y el dinero, el propio o el de la empresa que te paga, y mucho– por unas piernas, una forma de sorber la pajita del martini, por unos halagos increíbles sobre tu golpe de cadera o sobre tu brillantez congénita para los negocios y las relaciones, insuperable. Si habrá opciones más sensatas. Empezando por no sacar los pies del plato, claro está?
PS: Mr. Hurd pierde esposa y sueldazo, pero gana más de 40 millones en indemnizaciones. “Has sido malo, Mark, pero nos has hecho ganar mucho dinero y te vas a ir calentito”, ha venido a decirle el consejo.

Hace unos días publiqué una entrada en este blog sobre el conflicto laboral entre los controladores y su empresa, AENA. He borrado la entrada porque, tras un buen número de entradas en las que se mostraba un acuerdo parcial o total con mi opinión (no como periodista “informativo”, quede claro, sino como articulista y bloguero con nombres y apellidos), se produjo un ataque personal masivo (en relación a las entradas de est blog) con divesos nicks pero con un pequeño número de identificadores. Me explico: cuatro o cinco personas, totalmente en contra de mi opinión e incluso de lo que deben de creer es mi persona (”lacayo”, “asqueroso”, “ignorante”, “indecente”, “niñato”, “envidioso”) se dedicaron a mandar comentarios furibundos y faltones desde la trinchera de un nombre impostado y un email igualmente falso, cosa que se puede hacer perfectamente y que yo asumo. Suelo publicarlo (el bloguero filtra lo comentarios) todo, menos aquellas intervenciones que utlizan expresiones soeces, insultos personales, borderías extremas o sapos y culebras con altos niveles de bilis. El último que publiqué a pesar de que me ponía de bonito, desde el nick “Botines Rojos” y un email falso (intenté contactar con él, seguramente del gremio en conflicto aunque lo negaba, para explicarle que mi sueldo era de libre acceso al público. No pude. Conmigo, y ahí está el quid de esta entrada, es facilísimo contactar, Con él, que seguramente me conoce personalmente, no). Igual que algunas personas de profesión controlador o afín a su posición como colectivo han sido respetuosos –nada tiene que ver el respeto con la dureza en la defensa de las posturas e intereses–, otros, como digo, no.
Cuando comencé a publicar este blog dentro de la empresa que me alberga (hasta ahora, con exquisito respeto por mi libre opinión, al 100%), algunos allegados me dijeron que estaba lelo, que qué necesidad tenía, que me iban a dar hasta en el cielo de la boca sin oblogación ni beneficio alguno. La verdad es que a nadie debe de gustarle que lo insulte alguien, y menos si uno no sabe quién es ni dónde está el francotirador. Es muy normal encontrar estos apostados y emboscados con mala lengua y baba en los blogs, al menos en los españoles. Somos así. Suelo consultar medios extranjeros y los comentarios a sus artículos y blogs. En el mundo anglosajón, la proporción de comentarios endemoniados, que van a lo personal y a vomitar bilis y que no aportan nada, es despreciable. Y todos utilizan nicks más o menos ocurrentes. No sé si aprenderemos. Lo dudo.
De momento, y con respecto a la entrada sobre la huelga de controladores, ésta no se va a producir en agost. Era de prever. Me alegro. Que lleguen a un acuerdo sería una excelente noticia. Que la inmensa máyoría de las personas y medios informativos deje de estar en contra de un colectivo muy importante, también.
Aquí estamos para lo que sea menester. Por cierto, vaya calor.


También quizá le sorprenda la flexibilidad municipal con sus horarios, los controles sanitarios también relajados que reciben y la gama de alimentos, servicios y productos de cualquier tipo que ofrecen. Y, sobre todo, los precios que cobran por ellos, que hace que el comerciante tradicional no pueda estar a la altura de ninguna manera. Aparte del milagro financiero que suponen dichas tiendas, y aparte del hecho de que deba por fuerza existir una supraorganización invisible que riegue con dinero líquido esta expansión china, las causas del surgimiento de este competidor comercial implacable hay que buscarlas en la propia China.
El chino-tipo no gasta. No es una impresión que uno tenga: sus niveles de consumo son bajísimos y es éste precisamente uno de los talones de Aquiles de su economía que, al ser básicamente inversora y exportadora, se resiente por la atonía importadora de sus principales países clientes. Sus salarios también son muy bajos. La protección y lo que aquí llamamos salud laboral son asimismo precarias. Todo ello tiene mucho que ver con su competitividad, es de cajón. El salario de los trabajadores de base que migran de las zonas rurales para trabajar en las zonas más prósperas chinas es de unos 150 euros al mes. En esas ciudades que más crecen (con su inmensa burbuja inmobiliaria hinchándose sin parar), la mano de obra es escasa, por lo que hay que deducir que ese salario -aquí inconcebible- es alto. China no se plantea ni respeta política de sostenibilidad alguna. Todo eso hace que sus productos sean muy baratos para niveles de calidad similares a los nuestros. Ah, y China es muy productiva: desde 1995 a 2005, sus costes laborales se triplicaron, pero la producción por persona ¡se quintuplicó! Si a todo ello unimos que somos consumidores racionales y no reparamos en la trazabilidad de los productos (qué edad tienen las manos que fabrican sus componentes y los ensamblan, en qué condiciones trabajan) ni en el compromiso social o ambiental de los fabricantes de las cosas que compramos, voilà el cóctel de éxito de la economía china? y de sus tiendas, que proliferan.
Pero el crecimiento lleva implícitas la reclamación y la contestación, la exigencia de una mayor porción para el empleado en el creciente pastel. Más aun si, como decimos, la mano de obra es escasa, por mucho que haya bolsas de potenciales migrantes rurales. China tiene un índice de natalidad muy bajo y su población no es joven: otro freno potencial al crecimiento sostenido a medio plazo. Los chinos de a pie, que ven el oropel occidentalizante en las calles de Shanghai o en la televisión que se generaliza, quieren más. Aunque repletos de temor por la autoridad, se han criado en el colectivismo. Y no quieren seguir “comiéndose el amargor”, según una expresión suya.
En fin, es la libre competencia: o la asumes, o reniegas de ella. Visto así, los productos baratos chinos ahorran dinero a los hogares españoles, y son benéficos -”letales”, dirá quizá un comerciante local- para la competencia, pues presionan a los precios hacia abajo. No es de recibo fustigar por su origen a quien, legalmente, quiere establecerse y prosperar fuera de su país. Pero debe quedar claro de dónde vienen los dineros para empezar a emprender negocios con una inversión elevada. Por el bien de la competencia, también. ¿O será verdad aquello que se decía de que todos los españoles acabaremos siendo camareros y albañiles (?)? que se abastecen en tiendas de chinos?



Nada es seguro en agosto: tu casa no es su casa y tus costumbres dejan de ser tus costumbres; los más jóvenes cambian de pareja a una velocidad inusitada, y no pocas parejas más mayores fraguan en este mes el divorcio que pedirán en septiembre. Por lo general, las empresas y los políticos con mando suelen asestar los mandobles más letales a plantillas y presupuestos. Cuando más tranquilo cree estar uno? más fuerte es la bofetada. En pleno 1992, Felipe González, mediante un decreto agosteño, se ventiló gran parte de las generosas (y objeto de toda las picarescas) prestaciones públicas por desempleo vigentes por entonces. Este agosto, nada más empezar, el Ministerio de Industria que rige Carlos Sebastián se ha cargado el sistema de primas a las renovables. No sólo las futuras primas de huertos solares y otras instalaciones que por sí mismas no dan beneficios, sino que la medida tendrá también cierto carácter retroactivo. ¡Sorpresa!
Era de esperar que los recortes llegaran a las energías alternativas, cuidadas con mimo y algodones. Las primas para fomentar el uso de las energías renovables van a dejar de ser generosas, y las próximas plantas que se construyan no obtendrán dicho maná llamado prima (que se verá reducida a la mitad en el caso de las fotovoltaicas), un apoyo al precio de venta que hace que estas energías ?no rentables con sus actuales estructuras de inversión y gasto?sean artificialmente viables. La política de sostenibilidad hacía recomendable promocionar el desarrollo tecnológico y el consumo de las energías limpias, aun a costa de obligar a las eléctricas a distribuir la energía generada con métodos limpios y aun a costa también, como decimos, de primar con fondos públicos su generación, distribución y consumo. Política de hechos consumados, ha pensado Sebastián: nada de esperar a septiembre y al otoño para luchar con las patronales del sector? que tienen todo un agosto para digerir que, en esto también, nada volverá a ser como antes.

Escuché hace poco a un brillante analista ex keynesiano, antes de izquierdas y hoy súperliberal decir con ironía, “Ah, pero ¿existe algún otro sistema económico?”. Y puede que no le falte razón: existir, existir, no existe más que lo que hay. No se trata más que de una constatación: una cosa es el ser y otra el deber ser, ya lo dijo Kant. Y las burbujas pueden ser engañosas y perniciosas (para la economía, no para quienes pescan antes o después de su estallido), y no deberían ser, pero son. Y además, el proceso inflado-estallido es cada vez más rápido y más contagioso. Por ejemplo, estalladas las grandes burbujas inmobiliarias estadounidense, española, irlandesa y británica, el aire caliente encapsulado en pelotas se desplaza hacia China. Las burbujas inmobiliarias que, en España por ejemplo, se rompieron de pronto fueron tantas veces negadas por quienes defienden el precio de las cosas como la verdad más inmutable y el elixir más preciado de las relaciones de intercambio: “Las casas valen en España lo que quienes compran y venden establecen, y no van a bajar; su precio es su precio, eso es un axioma”, se oía y se leía. Ahora se niega también la burbuja inmobiliaria China. Y, por supuesto, que se vaya a romper.
En este caso, les toca negarlo a las autoridades bancarias y políticas chinas. Las mismas que han animado a miles de empresas y a millones de chinos de a pie a endeudarse para comprar propiedades de ladrillo, con tipos de interés bajísimos, para vivienda u oficinas. Las altísimas tasas relativas de crecimiento del PIB chino se basan en una industria intensiva en mano de obra baratísima, en un férreo y totalitario control político y policial, en una moneda artificialmente devaluada y, también, en un desaforado aumento de la actividad constructiva. En Pekín, el porcentaje de construcciones desocupadas es de más del 20%, lo que supone que el mercado inmobiliario chino está ya en el Top-Ten mundial de desocupación: aire sin valor (realizable). Las mencionadas autoridades reconocen “cierta” sobrevaloración, pero afirman que los precios se irán deflactando poco a poco: un atelizaje suave. Los bancos de allí y de afuera se guían por sus planes de negocio y dan créditos hipotecarios a cualquiera para comprar cualquier cosa construida, y ese calentón empuja a los precios al alza, creando la sensación de riqueza entre los inversores; unos, más avezados, otros, sencillamente embaucados y enardecidos como si fueran víctimas del perfume desinhibidor de Jean-Baptiste Grenouille: “¡A apalancar, a apalancar, que el mundo se va a acabar! ¡Tonto el último en hacerse rico!”. ¿Les suena todo esto? El estallido de la burbuja puede traer a China otro estallido: el de la precaria paz social.

La ciudad en la que vivo es una quizá la más tórrida del país en verano. Hoy es uno de los peores días de calor del año. Me cuenta un amigo que ha visto a no pocos ?indigentes? tirados a la hora de la siesta por una de las avenidas donde el metro cuadrado es más caro, cuyas aceras son mitad descubiertas, mitad arcadas. Durmiendo, el calor se debe de notar menos, y más aun si uno tiene suerte y da con un escalón de mármol ante la puerta de entrada a un zaguán señorial. Sombra y piedra fría, un lujo para quienes la suerte ?el desamor, la maldad de otros, una mala familia, su mala cabeza? fue muy cruel con ellos. Siempre pienso en eso cuando veo a un indigente de cierta edad. Particularmente, me fascina y entristece una mujer de semblante sereno y encerado que duerme ?y diría que vive? en un escalón de un edificio público, cerca de la antigua Estación de Córdoba, a la que veo cuando voy de paso a mi cine preferido; suelo ir solo. Siempre me mira a los ojos, antes y después de seguir disponiendo con pulcritud sus cartones y sus paraguas, entre los que se echará en algún momento. No parece de aquí; podría ser pariente de las deliciosas inglesas venidas a menos de Sentido y sensibilidad, siempre con una discreta sonrisa en la boca, y la cabeza levemente entornada. A mí me pasa: uno se entristece más cuando está solo y conduce un coche o pasea sin rumbo o, como yo cuando encuentro a esta mujer, va al cine a ver películas que no tienen que ser alegres ni divertidas. A pesar de ello, o quizá por ello, me gusta estar solo. Ojalá que a ella le guste también, eso me daría calma, aunque sea una calma fugaz y vana. Pero me temo que no siempre le ha gustado estar sola, si alguna vez le gustó, y también que está sola porque no pudo soportar circunstancias y personas, ella misma incluida tal vez. Por si esto fuera poco, mi compasión no sirve de nada. Y menos a ella, a ellos. Ojalá su escalón esté fresco.
Resulta curioso caer en la cuenta de que el proverbio ecológico que dice ?Piensa globalmente y actúa localmente? es de aplicación ?a la fuerza? a la economía. A la política económica, más bien. A la intervención de los poderes políticos en la economía: qué hacer con los impuestos, con los salarios públicos, con los convenios colectivos, con las obras públicas, con las transferencias presupuestarias, con el gasto en sanidad, en cultura o en defensa; con el fraude fiscal y la economía sumergida, con la emisión de deuda soberana, con otros ingredientes que, en suma, deben ser combinados para propiciar el crecimiento sine die o, si esto fuese imposible, evitar los desastres en la vida de la gente, las empresas y las cuentas públicas. Y esa debe ser una combinación deliberada, y nunca arrastrada por la improvisación o la incapacidad.
Piensa globalmente. El mundo es cada vez más interdependiente. Hartos estamos de decirlo y de escucharlo, pero es una verdad como un templo. Los efectos mariposa ?y los dinosaurio, más?pueden llegar a no tener demora, a ser prácticamente instantáneos: los impulsos digitales no viajan, están allí y aquí al mismo tiempo. Si simplificamos, e identificamos pensamiento con ideología, toda persona debe tener una serie de principios que se ha ido (en el mejor de los casos) fraguando a lo largo de su vida como un traje a medida, o (en el menos bueno y más común de los casos) asumiendo directamente de otros ?padres, predicadores, modelos, correligionarios, dictadores, socios?como quien se embute en otro traje de talla única para todos. La ideología, la forma de ver la vida propia y de los demás, criticarla e intentarla modelar también tiene que ver con nuestra forma de ver la política económica: todos tenemos una, más o menos técnica y académica, más o menos intuitiva y natural. Como Norberto Bobbio defendía hace no demasiado la vigencia de la distancia ideológica entre la izquierda (que tiene como principio motor la búsqueda de la igualdad) y la derecha (que basa la prosperidad en la promoción de la diferencia entre los individuos), en política económica hay dos opciones esenciales ante una situación depresiva, recesiva o de bajo crecimiento: reformar el Estado del Bienestar, austeridad en el gasto ante todo y recorte de lo público, sin tocar los impuestos (o sea, sin subirlos), o bien no hacer nada de eso y practicar una política de estímulos mediante el gasto y la inversión pública, esperando que su efecto de arrastre sobre el consumo y la inversión privados ayude a la economía a recuperar tono (el efecto del multiplicador keynesiano), y subiendo los impuestos. La primera opción suele asumirse nominalmente por la derecha y la segunda, nominalmente también, por la izquierda. En la práctica, los gobiernos de derechas suelen practicar el keynesianismo sin pudor, y ?como vemos ahora en nuestro país?la izquierda practica los recortes sociales con bisturí firme. Pero todos estos planteamientos son de dimensión genérica y, permítanme, global. Y cada país es un mundo. Hay que actuar localmente.
… y actúa localmente. Aun así, la alegría y la pena van por barrios, por barrios locales. No es lo mismo hablar del paro español (20%) que hablar del alemán (el 7,5%), ni lo es el déficit público o las deudas públicas o privadas de cada país; tampoco sirven aquí las recetas adecuadas para un país de crédito ilimitado como Estados Unidos (aunque sus cuentas sean igual de desastrosas): nosotros no tenemos esa suerte (?). Las estructuras económicas de las naciones ?llamadas hasta la saciedad “modelo productivo”? son, también, diferentes acá y allá. En fin, que lo que allí sana, aquí puede ser pernicioso. No hay purga de Benito ni bálsamo de Fierabrás que valgan. Por eso, estos momentos exigen firmeza y coherencia en la política económica. Lo que a su vecino le viene de perlas, a usted le pisa el callo. Nadie dijo que fuera fácil. Por eso, los vendedores de crecepelos fiscales y los visionarios que tiran con pólvora del rey pueden recitar sus decálogos adocenados y posicionarse sin dudas ?qué suerte no tener dudas, y qué peligroso? sobre lo que tiene que hacer el Gobierno. Por si sirve de algo, yo creo en el multiplicador keynesiano, creo en el efecto arrastre del gasto público? cuando, ¡ay!, hay dinero para gastar o alguien que te lo preste. No habiéndolo, no queda sino el ajuste. Pero cuidado con la tijera, no seccionemos arterias vitales. Escuché un consejo excelente para actuar localmente: ?Cualquiera que sea su oficio, desempéñelo lo mejor posible?. Ok, no he descubierto América, pero para los milagros nos estamos preparando.
(Publicado en El periscopio, Grupo Joly, el 24 de julio de 2010)
Como sucede con los ronquidos que escapan por el patio interior del condominio en que vivimos, muchas veces no somos conscientes de que asuntos que creemos de nuestra atención exclusiva tienen un eco que, al leerlo en un medio extranjero, refleja la interdependencia inexorable de las relaciones entre los países. Esta semana, las cajas de ahorro españolas atraen a los periódicos europeos.
El italiano Il Corriere della Sera afirma que no pocos de los bancos sociales españoles van a tener problemas con los test de estrés del BCE [cuando este artículo se escribe no se conocían los resultados de estas pruebas de solvencia, en las cuales han participado muchos más bancos españoles que de ningún otro país: las cajas ?salvo cuatro SIP de baja capitalización y la ya vasca Cajasur? han salvado la prueba]. Resulta curioso, sin embargo, que el rotativo italiano sólo mencione a las cajas en el titular, y comente sólo de pasada a bancos estatales alemanes, los llamados landesbanken (que no se someten al test), cuya estructura y función social no difiere mucho de las cajas. Esas que no pocos se quieren cargar ?bancarizar, lo llaman– por obsoletas, ineficientes, folclóricas o politizadas. Una peligrosa tentación pendular.
Las cajas son instituciones financieras que permiten cierto control y manejo político. Y esto, como dormir, beber cerveza o ingerir vitaminas, no es malo? sin excesos. Es más, en la cainita Andalucía vamos a echar de menos tal control (si Unicaja y Cajasol no lo arreglan). La banca pura es mucho más dura en sus planes de negocio y programas de amarre ?fidelización la llaman?, y, por ello, poco comprometida con sus clientes a unas malas. La tenida por banca “eficaz” es la que ha hecho tambalearse al sistema financiero mundial y, de rebote, el sistema productivo del mundo desarrollado. Una banca apoyada de forma generosa por los estados, pero que no han revertido ese esfuerzo en dar liquidez a la economía. Y de nuevo apuntamos al pianista: las cajas. Un mundo heterogéneo el cajístico, eso sí: unas hacen caixafórums cosmopolitas y otras insisten en repetir ciclos desiertos de Turina, en promocionar la autoestima flamenca o en publicar monográficos sobre romerías; una se ven más abocadas a hacer de inmobiliarias baratas que otras. Pero el pendulazo patrio no debe llevarnos a cargarnos lo bueno que hay entre lo innecesario o anquilosado. ¿Por qué a Alemania le funcionan las iniciativas sociales en lo financiero y en lo empresarial y aquí siempre hay un espalda cubierta (*) que quiere desmontar desde su marfileña torre técnica todo el camino colectivo recorrido? Que vuelvan las cajas ?a su amor?, pero defendámonos de los dinamiteros natos, los natural born killers kubrickianos del sistema social. (Y fusiónense ustedes dos cuanto antes, por favor.)
PS: Sobre este asunto, lean el artículo del sábado de Santiago Carbó en El País, Test de estrés y ‘fair play’: uno lee la prensa extranjera después de los resultados del test y no encuentra en ningún lado un dato: ¡los que proporcionalmente se han sometido al test son abrumadoramente españoles! El propio Corriere afirma que la banca italiana está a salvo… la que se ha sometido al examen, querrán decir sin decirlo. Infine…
CUANDO las soluciones de los problemas no vienen del mundo interior, hay que buscarlas en el exterior. Si, en un país, la producción, el consumo y su financiación están agarrotados domésticamente y, encima, ese país no produce cosas que sean vendibles afuera por ser más baratas o por ser más deseables aunque más caras que las de otros -eso que llamamos ser competitivos-, ese país está estratégicamente comprometido. Los países que exportan con cierto volumen y continuidad sus productos, tienen un flotador extra y están más a salvo ante las turbulencias. No dependen sólo de la recuperación del mercado interior para salir del marasmo. Dicen los psicólogos que si uno no tiene nada que darse a sí mismo -amor, por ejemplo- poco podrá dar a los demás. ¿Tenemos algo bueno para nosotros y para los demás también? ¿Qué hacemos mejor? ¿Qué cosas exportamos nosotros? Las hay.
Exportamos básicamente turismo, nuestro principal sector y en el que ejercemos un liderazgo mundial más nítido. Ningún gobernante de país rico, medio o pobre reniega de promocionar el turismo. El centro donde trabajo ha pasado a llamarse Facultad de Turismo y Finanzas (se la recomiendo a usted y a sus hijos). El turismo, pues, debe ser cuidado como oro en paño: nos va demasiado en ello. Lo mismo sucede con la construcción. Nuestras constructoras y sus diversificados, a la vista de la parálisis inversora pública y privada, operan fuera a gran escala. Cabe decir lo mismo de la banca española. Pero hay vida más allá de grandes bancos, constructoras y sector turístico. Ciertos sectores capean mejor la crisis que los demás, como las tecnologías de energías renovables y la agroalimentación. En ambos sectores tenemos experiencia, equipamiento productivo y calidad, por mucho que el primero sea un sector emergente por su capacidad de desarrollar y exportar tecnologías de energías limpias, y el segundo, la agricultura y su industria, sea un sector tradicional y en buena medida olvidado por los humos y los cantos de sirena que nos cegaron durante una década. Incluso en mayor medida, el automóvil es uno de nuestros exportadores de referencia. Pero hay más.
Caychi, que así se llama la patronal de las chuches española, anuncia que las exportaciones del sector no sólo están van a mejor en contra del ciclo y la coyuntura (en inglés, a la coyuntura la llaman situation, ¿son o no son prácticos los anglos?), sino que van a permitir que la facturación de chicles, gomitas, zetapetas y demás suba casi un 5% con respecto a 2009. De acuerdo con que niños y jóvenes del país están más ajenos que los adultos a la crisis y siguen endulzándose la vida sin temor. Pero resulta que ingleses, franceses y alemanes -los principales compradores de chuches Made in Spain, cuya forma de ser chucheros nada tenía que ver con la nuestra- están adoptando esa tierna costumbre de llegar con un euro al kiosko y tomarse su tiempo y su indecisión hasta llenar una bolsita con objetos comestibles polícromos y multiformes que les proporcionarán felicidad transitoria.

Además, según Caychi, la innovación no sólo llega a fabricar chicles cuyo envoltorio y publicidad más parecen de condones de sabores (he aquí una muestra)publicidad gratuita: estamos que lo regalamos) que descendientes de los clásicos cheiw o bazooka -snif-, sino a otras muchas formas de hacer más atractivos y valiosos (caros) los productos. Sin ánimo de elevar a categoría la anécdota, sí podríamos encontrar en esta anécdota el espíritu de la categoría: sólo con cosas mejor hechas y más deseables podremos darle al cuerpo de nuestra economía fuerza en una de sus dos piernas. La de las exportaciones.


Hoy domingo he leído dos periódicos, el de siempre y El País. En el Diario se publica un entretenido artículo titulado ¿Del Bosque ‘for president’? (León Lasa, El periscopio) que, a su vez, cita una pieza del Wall Street Journal que también trata sobre el entrenador de la selección española de fútbol, además de echar por tierra la idea de que una victoria deportiva puede tener importantes efectos indirectos sobre la economía del país ganador.
También hoy dieciochodejulio, en El País me he encontrado varias piezas también sobre Del Bosque. La primera, un reportaje de Luis Gómez, titulado “Del Bosque o la línea recta”. La segunda, un artículo de Elvira Lindo, tan ocurrente y digestivo como suelen ser los suyos, titulado “La fiesta del gol”. Ayer, por citar sólo otra pieza, en las ección Vida&Artes, ese mismo periódico ofrecía un análisis metafórico entre las actitudes y aptitudes del entrenador salmantino y las excelencias del liderazgo tranquilo, titulado “Las empresas también buscan líderes tranquilos”, de David Fernández. En otros medios, apuesto a que habrá muchos otros artículos basados en la personalidad de Don Vicente, que emerge necesaria en estos tiempos de turbación y off-side progresivo del trile y el mangazo patrio.
Susucribo muchas de las cosas que en ellos se dicen, sobre todo las relativas al saber estar –y también al savoir faire– de este hombre –un tipo sólo normal– y a la necesidad de que la buenas personas tengan éxito en este país donde, si uno mira para las altas esferas, encuentra más incompetencia, insidia y trampa que otra cosa. Me declaro oficialmente delbosquista.
“El copago sanitario simbólico se vuelve necesario por los excesos de no pocos usuarios del sistema público de salud”
COMPARTO con un buen amigo el club en el que nos esforzamos en mantener un poco la forma, y él precisamente me inspira este artículo. Sin ser caro, tampoco es el más barato de la ciudad. A cambio, tiene ciertas atenciones con los usuarios que son tan de agradecer como poco comunes. Entre ellas, el proveer de toallas gratuitas, que se exponen en una estantería en medio de las puertas de acceso a los vestuarios. Tal detalle para con los socios es, sin embargo, mal entendido por no pocos, que no tienen empacho en ir a vestirse de corto con cuatro toallas, que incluso pueden dejar olvidadas en cualquier lugar, por lo que, al salir de la batalla contra la cinta de correr, vuelven a coger otras tantas. Por mucho que, como se alega, “eso está en el precio”, apuesto doble contra sencillo que en sus casas alargan el uso de las toallas. Me consta que, en los pocos clubs en los que se tiene tal detalle, la factura de lavandería -de miles de toallas al día- es una partida que puede poner, según, en negro o en rojo la cuenta de explotación. Valga este ejemplo para entroncar con un hecho incontrovertible: el gratis total induce al derroche. Otros ejemplos pueden ser las facturas de agua de las casas de vecinos cuando los contadores no son individuales, o el exceso de visitas a las Urgencias de los hospitales que se origina por el bonobús gratuito a ciertos colectivos (con independencia de su renta). Al hilo de las Urgencias, es precisamente el sistema de salud pública uno de los más perjudicados por el gratis total. Según una ley no escrita, “el coste cero de un producto o servicio induce a una demanda infinita”, al abuso. Hablemos del llamado copago.
El copago sanitario implica que los pacientes paguen una cantidad simbólica -se habla de un euro por visita- para, precisamente, disuadir en algo el abuso en la visitas médicas del sistema público, que son gratuitas a día de hoy. En pro de esta medida está el hecho de que España cuenta con el mayor índice de visitas médicas por habitante y año de toda la Unión Europea. Cierto es que, a diferencia de otros países, en España hay que ir al médico para todo, mientras que en otros sitios sanitarios y administrativos renuevan recetas y hacen otras tareas. Aun así, somos campeones en visitas al ambulatorio, y no digamos a Urgencias, a veces por los motivos más peregrinos. En contra del copago se aduce que el euro a pagar sólo disuadiría a las rentas más bajas. Lo cual es más que dudoso en un país donde se consumen varias cervezas por habitante y día, que nunca bajan de un euro y cuyo consumo no depende de la renta. Además, bien pueden establecerse excepciones a la norma que la hagan más equitativa. Sea como sea, es innegable que hay miles de profesionales de la sala de espera, en su variantes hipocondríacos, aburridos, malacostumbrados o insolidarios. Muchos que complican la asistencia de quien realmente la necesita. Quienes buscan discursos de clase para negar el recurso al copago para aligerar las maltrechas cuentas del sistema de salud público, suelen pedir “más medios” y suelen acompañar el argumento con peticiones de subidas de impuestos. Como si todo se arreglara con más madera en un país en crisis, que necesita reanimar el consumo, y con fuerte y creciente presión fiscal. Por supuesto que con más medios mejorarían el sistema de salud pública. El asunto es cómo encontrar esos medios, de donde detraerlos, cómo financiarlos. La racionalidad en el uso de los medios ser impone, y nadie está defendiendo que no se atienda a quien tiene que ser atendido, ni dando por hecho que la mayoría de los ciudadanos son unos desahogados sociales. Se trata de disuadir abusos. Por un euro.
Ganar músculo y dimensión, crecer, conseguir escala y sus economías, fusionarse para sobrevivir, buscar alianzas estratégicas, el pez grande se come al pequeño… principios y jaculatorias oficiales más o menos ortodoxas, pero principios incontrovertibles de la economía de la empresa. Como todas las verdades económicas y empresariales (al menos), lo son sólo probablemente. Rafa Salgueiro me comenta hoy una viñeta de El Roto que viene al caso de este axioma del cuanto más grande mejor. Encuentro ésa y otra. Geniales:




Herve Falciani es un Dioni fino. Mientras que el segurata que cogió el dinero y corrió a Brasil nunca ocultó que forrarse con el dinero del blindado –su propio furgón de trabajo–era el único obejtivo de su golpe, el financiero suizo dice que entregó a Francia los datos de las cuentas opacas de los clientes de su banco –el británico HSBC–en Suiza por motivos ideológicos. No filtró los datos a cambio de dinero, no; tampoco lo hizo por venganza a la entidad que lo maltrataba laboralmente, qué va: Herve es un hombre con principios, un Robin Hood de traje oscuro y tirantes. Herve no quería, pero por el bien de la Humanidad y la tranquilidad de su conciencia hizo lo que hizo. Pobre Herve. Más hervés necesita el mundo, por Dios. Sea por hache o por be, hay que darle las gracias a este hombre.
¿Les suena cínico esto que escribo? Me he tomado unos minutos para rebuscar en foros y blogs de internet qué piensa la gente sobre esto y, como en botica, hay de todo. Que efectivamente es un tipo honrado que se ha jugado el pellejo (”yo hubiera hecho lo mismo para poder dormir tranquilo”, dice algún sepulcro blanqueado); que debería ser detenido, juzgado y enviado a galeras para resarcir moralmente el enorme daño que ha hecho a los titulares de las cuentas, sin entrar a distinguir en cuáles de ellos son traficantes de armas, de mujeres, de drogas o simples defraudadores sin maldad ninguna… claro, que también hay quienes no albergan, como quien suscribe, duda alguna de que Falciani ha resuelto su vida dándole el palo a la entidad que le pagaba el sueldo. Las autoridades francesas, primero, y después otras como la española, están muy contentos con el listado que contiene miles de cuentas de personas que han evadido dineros de sus países, y no les ha pesado ni un poco darle a Herve lo que pedía. Intuyo incluso que Francia ha revendido a otros países, como España, esos datos, y le ha salido redondo el negocio. No cabe duda que detectar los miles de millones que no pagan impuestos es en estos momentos un posible balón de oxígeno para las arcas públicas: impuestos sobre el patrimonio, sanciones e intereses, liquidez para el sistema financiero nacional… La pupila de Salgado se ha dilatado como la de una leona al ver a un impala que renquea (ver noticia)
No es fácil, de cualquier forma, repatriar esos dineros: la capacidad de gestión de nuestra Agencia Tributaria está lastrada por la tradicional dejadez de los gobiernos con la inspección fiscal (en este sentido resulta curioso que en la última reforma del código penal se rebajara a 5 años el periodo de prescripción de estos delitos, que antes era de diez). Tampoco está claro si se va a amnistiar a los evasores identificados gracias a Herve: librarles del delito penal, aplicarle todo o sólo parte de las sanciones y moras reglamentadas o idear otras fórmulas para incentivar el vuelve a casa, vuelve de los capitales distraídos en el todavía paraíso fiscal que es Suiza. En este sentido, se pueden leer también por la red opiniones legalistas que dicen que no se les puede hacer nada a los evasores porque las pruebas han sido obtenidas irregularmente (una garantía que puede llegar al absurdo de constituir vía de escape de criminales, en tantas ocasiones). Como afirmábamos aquí en otra entrada, los inspectores y subinspectores de la Agencia Tributaria están en contra de perdonar nada a quien ha cometido un claro delito fiscal: me consta por amigos que trabajan –y cómo– en Hacienda y que están más quemados que la pipa de un indio. Para que, encima, ahora que se puede dar árnica a las cuentas públicas, se dé en cambio un privilegio a quien no sólo tiene –legal o ilegalmente– más, sino que además no quiere contribuir y revertir parte de lo que ha obtenido en forma de impuestos a la sociedad en la que lo ha obtenido.
Según informa esta semana The Economist, hay toda una industria de ciberarmas. Más allá de los tremendos dineros que mueve de forma casi invisible el mundo bélico, las amenazas que ello proyecta sobre los humanos de a pie son enormes, acentuadas por el hecho de que las redes digitales son un campo sin coto alguno, en el que se puede reproducir impunemente y gratis el trabajo de la prensa, y que también es la principal vía de difusión de pedofilia y pederastia, o de pornografía al alcance de niños que creerán que las prácticas extremas son el verdadero sexo. Sin límites ni controles eficaces coordinados entre los gobiernos, la maravilla de internet tiene caras muy siniestras, como, precisamente, la guerra digital.
Los principales hackers de esta guerra no son friquis con malas ideas. Cuando Georgia fue paralizada (al tiempo que las tropas rusas tomaban zonas del Cáucaso) con ataques cibernéticos masivos, ¿pulsaría Putin la tecla Enter? Irán reclama para sí el segundo puesto en el ranking de ciberejércitos, algo cuando menos inquietante. Estados Unidos es sin duda la primera potencia: su capacidad de espionaje -y de ataque- es tan tremenda como su necesidad de defenderse del medio mundo que los odia. La resistencia estadounidense a llegar a acuerdos internacionales en esta materia se debía en buena parte a no poner trabas a sus grandes empresas de software mediante un mayor control de internet. Ellos, ahora el principal objetivo de los ataques digitales, llevaban en el pecado la penitencia.
Según el medio que informara, tal colocación de deuda es un éxito que demuestra que nos quieren y que somos fiables como deudores o, por el contrario, nos ha salido carísima porque hemos tenido que animar a los inversores con primas de riesgo que implicarán altos intereses a pagar por los bonos en cuestión. La realidad, en este caso, es gris. Y no porque sea una noticia que deba apesadumbrarnos; al contrario, estas emisiones han sido y son algo de lo más habitual durante décadas por parte de los países, digamos, normales. Pura gestión financiera: acudo a las fuentes de crédito para remunerar mis gastos corrientes e inversiones; nada que ver con la solvencia, y menos con la quiebra que tanto pone a agoreros natos y a manipuladores de los precios. La noticia es gris -ni el blanco ni el negro de los tertulianos de radio o barra- porque, siendo verdad que a nosotros nos sale la emisión más cara en intereses que a Alemania o Francia, España no sólo ha colocado lo que se esperaba, sino unos 1.500 millones más. Y además ha colocado el 66% a inversores extranjeros. ¿Que buscan el diferencial? Cierto. ¿Que les parece fiable la emisión? Cierto también. Eso es importante. Mientras que la colocación nacional se nutre de compromisos con grandes instituciones españolas, bancos sobre todo (y en ese trajín hay en juego, es un poner, que vayas o no a la subasta de tal caja y otros intercambios top-secret), los extranjeros no se la juegan por mucho que le den una prima de riesgo de dos puntos porcentuales. También ha tenido que ver en este asunto el hecho de que, en otros países y en este mes, los estados han tenido que amortizar sus propias emisiones pasadas por un total de 30.000 millones, lo que ha puesto dinerito fresco en manos de ahorradores? que en parte se han fijado en España. Porque España tiene, de momento, las espaldas cubiertas. Por varias razones.
Primero, porque no se transforma un país de la noche al día de vigoroso en difunto sin pasar por enfermo. Segundo, porque a ningún inversor privado o público (quitando los siniestros apostantes de la ruina mediante la llamada venta corta) de nuestro entorno le interesa nuestra bancarrota. China, por cierto, se incluye en el concepto “entorno”, que habrá que revisar. Tercero, porque siempre nos quedaría el rescate a la griega. Más allá de si ese escenario puede darse o no, cada vez hay más gente que afirma que nos resultaría más seguro y fácil no estar en el sinvivir de la colocación de deuda soberana y acudir a un préstamo -caro, pero fácil de obtener y estable- de la UE o del FMI. Habría que ver adónde nos llevaría, a medio plazo, el lanzarnos al rescate y la intervención. Pero eso da para otra columna.


SI sólo trabajamos en los costes, acabaremos muriendo de inanición; sin capacidad de maniobra el Estado, sin capacidad de consumir (ni de ahorrar) los particulares y, en parte por ello, sin capacidad de invertir las empresas por falta de financiación. Por eso, toca trabajar en los ingresos, una vez que se le han dado tajos importantes al gasto y a la inversión pública y privada (y los que quedan: nuestros acreedores, las inefables agencias calificadoras y los fondos y bancos mundiales tienen miedo y no están satisfechos). La máxima que escuché a Lázaro Eduardo, conductor de bicitaxi habanero y hoy camionero en España, es de aplicación aquí hoy, quién lo iba a decir: “Por el dinero no te preocupes, que dinero no hay”. A pesar de ello, a la Hacienda española le toca bailar con dos feas de manual. Una, la economía sumergida que, delitos aparte, ayuda a muchas familias a tirar para adelante: si la calle no está tan dramáticamente mal como lo están las cuentas oficiales, ¿por qué será? La otra, los regates de los grandes capitales transhumantes por el orbe, regates que cada vez resultan más incómodos a sus titulares. Éste ha sido uno de los temas positivos de la semana; no para dichos titulares de cuentas opacas, claro está. En esencia, el despiste de capitales ha dejado de ser ignorado. Primero, y básicamente, porque los estados necesitan dinero para sobrevivir, de una forma más acuciante que nunca en decenas de años. Quieren que los dineros obtenidos aquí permanezcan aquí ayudando a regar la macetita de todos, que está seca, sin llegar aún a yerma. Segundo, porque existe un interés común en este sentido: británicos, estadounidenses, alemanes, italianos, españoles y franceses, entre otros, están por la labor. Antes, vacas gordas mediante, no lo estaban o no parecían estarlo, al menos con una voluntad efectiva de coordinarse para que quien fiscalmente debe pagar en su país -y revertir parte de sus ganancias en la tesorería agregada nacional- lo haga. Y no obtenga refugio en cuevas de bucaneros de alto copete, palmera y tortuga en aguas turquesa? o entre montañas y valles verde-dólar (Andorra, Liechtenstein). De hecho, España acaba de llegar a un acuerdo con Andorra para informar sobre estas cuentas de dudoso origen y clarísimo objetivo (evadir impuestos). Y es que en este empeño sí hay dinero; dinero de verdad, que puede apuntalar algún forjado dañado de la casa presupuestaria pública. El cerco sobre los paraísos fiscales no lo cierra tanto la voluntad de detectar los grandes dineros del narcotráfico, el terrorismo y la prostitución (que, junto con otros capitales menos siniestros abundan en esos lugares que -abracadabra- no necesitan presupuestos públicos), sino la necesidad de generar ingresos públicos que no sólo se produzcan apretando a los de siempre? que también.
Si arriba hablábamos de intereses comunes, ahora debemos hablar de intereses recíprocos. A los estados les urge eliminar su déficit, y a los capitales ocultos les resulta cada vez más difícil estar a salvo, también porque hay cada vez más paraísos fiscales, como Suiza, que no quieren ser reconocidos como estados-tahúres de guante blanco. El Estado (España, por ejemplo) amnistía a los hijos pródigos del taco, y los hijos pródigos, en reciprocidad por el perdón, se comprometen a repatriar sus fortunas y mantenerlas en donde debieron siempre cotizar y nutrir a la economía (la particular, claro, pero la colectiva también). Italia consiguió así el año pasado que volvieran 80.000 millones desde San Marino. Muchos técnicos de Hacienda, muy quemados, exigen inflexibilidad: que paguen lo que deben y punto. Sea como sea, los paraísos fiscales, ya sin tretas criminales, se reconvertirían en “espacios de baja tributación”, pero no opacos. De nuevo en este caso, una de las caras positivas de la crisis es la voluntad de establecer una regulación común que deje en fuera de juego las distracciones (ilegales) de quienes más parte obtienen (legal o ilegalmente) del pastel.

(Ilustraciones: Adán y Eva, de Durero; viñeta de El Roto de El País)

SE atribuye a los países desarrollados un mayor índice de suicidios que el que las estadísticas oficiales arrojan en los países más pobres. Japón, Suecia o Finlandia cargan con el oprobio de tener récords de nivel de vida correlacionados con el del porcentaje de la población en cuyos corazones anida la pena negra y la voluntad de abandonar por su propio pie el valle de lágrimas. El suicidio también tiene una cara empresarial, más bien industrial.
Hace un año saltaron las alarmas en una planta de France Telecom, donde se han quitado la vida 25 empleados, igual que varios años antes, cuando nadie hablaba de crisis, se dieron situaciones similares en Peugeot, la aeronáutica Thales o la energética GDF-Suez. Más allá de las regulaciones de empleo ahora en curso, el fenómeno tiene lugar en grandes conglomerados industriales. Es decir, en estructuras organizativas altas (muchos niveles jerárquicos, muchos jefes de jefes de otros jefes) sometidas a gran presión porque trabajan por pedidos o proyectos. Una hipótesis plausible como causa de todo ello es que los incontables mandos intermedios -el colectivo tristemente protagonista de la situación- se ven sometidos a una tensión y estado de ansiedad provocados por la creciente exigencia que se produce cuando las órdenes van de arriba abajo, sin que el primer ordenante hable ni conozca a quien debe ejecutar la orden dada, como un émbolo alto que origina una presión que hace saltar el organigrama por las costuras intermedias, en forma de depresión, neurosis y, fatalmente, muerte. Además, todo el que está por arriba de la víctima mete nuevas órdenes en el zurrón, una versión organizacional de los paquetes derivados financieros: los plazos y las exigencias de calidad técnica son leoninos, todos los días y todas las horas de la jornada laboral. No es en pequeñas empresas de servicios donde (más) se machaca a los mandos intermedios -ni corbata de Hermès, ni mono azul-, sino en grandes multinacionales del sector industrial. Lo mismo está pasando en China, cuya metamorfosis de Tercer Mundo colectivista a capitalismo sui generis pero salvaje no ha conocido crisálidas intermedias.
El núcleo duro del management de Apple lo componen tipos sin corbata, informales y sin complejos, sanos y cachondos. En las presentaciones de sus iPad se nos aparecen como actores de Sexo en Nueva York. Pero nada de ese nuevo dispositivo -mañana, imprescindible; pasado, obsoleto- se fabrica ni ensambla en California: eso se hace en la fábrica de Foxconn en Shenzen, cuya plantilla es de 420.000 empleados y que está en la China de primera velocidad, Taiwan. Nadie en el todavía Primer Mundo hubiera conocido el nombre de esta fábrica si no se hubiera producido también allí una oleada de suicidios, por el mismo motivo que los de las industrias francesas: la presión de plazos, actividades programadas sin compasión y lotes que deben estar “para ya”.
China asume una creciente porción del pastel global, su PIB pronto será el mayor del mundo y, a menor velocidad, su renta per capita convergerá con la de los países ricos. Sin plantearnos aquí la paralizante pregunta “¿Da el mundo para que la familia media china tenga dos coches, viaje en avión de vez en cuando y tenga tres ordenadores por casa, cinco móviles, dieta variada y superflua y dos teles de plasma, como nosotros?”, proponemos otra hipótesis de corte buenista: “Es quizá esta migración desde los pelotones de fusilamiento del Ejército Rojo hacia el colapso del cuerpo y el alma de los trabajadores industriales lo que hará una China más justa socialmente”. Mientras, en Europa, nuestra transición del Estado del Bienestar al Estadito de Nosequé nos va convirtiendo en figurantes de un decadente parque temático.
Ahora, bromas aparte, una pregunta: ¿cómo se van a pagar pensiones de mil y pico euros si una masa creciente de cotizantes no llega a los 600?
Anteanoche, refrescando el gaznate y el espíritu con mi madre y otros familiares a nivel de barrio riguroso, apareció por la terraza donde estábamos nosotros Christoph Wübbe, un amigo alemán que cuenta entre sus varios haberes el hablar un castellano espléndido (incluso para un español), aparte de ser una persona que no busca atajos para entender las cosas, y por ello debe calificárselo de profundo en su pensamiento. Christoph paseaba por las calles vacías de Heliópolis para prepararse a dormir, cuando le pedimos que se sentara con nosotros y compartiera una cerveza.
Se sienta junto a mí y, en esto, aparece mi sobrina Mariquilla, de unos diecisiete años, que también toma asiento, entre Christoph y yo. Tras presentarse él y ella, Christoph recibe una llamada de su hija, seguramente pidiendo en una prórroga en su salida nocturna dado que acaba de tomar las vacaciones, y él, tras unas palabras en español, le habla dulce y elocuentemente en alemán. Dulcemente, digo. Es precisamente eso lo que despierta la exultante curiosidad de Mariquilla, quien le dice que le ha encantado escucharlo hablar (sin entender nada), para pasar a inquirirle sobre el tópico de la brusquedad, no ya del idioma alemán, sino de los alemanes. Él le habla del Romanticismo musical y poético, de las óperas de Wagner, de otras cosas que suelen soslayarse para, en España, agarrarse al lugar común como a un clavo ardiendo: ?Osh, el alemán es que es muy duro para mí, prefiero el italiano?. Höderling, Schumman, Bethoveen y el también germánico Mozart, Ute Lemper y otros inmarcesibles ejemplos vienen a adornar el razonamiento de Christoph, que Mariquilla recibe con contenido entusiasmo.
Dicho sea todo esto porque, viniendo de camino a casa en coche, escucho la obertura de Tannhäuser de Wagner, interpretado por el Uri Caine Ensemble, que recomiendo en un momento de soledad y disposición emotiva. Y escuchando la sobrecogedora pieza recuerdo esos ratos sencillos (y no lo digo por la pieza musical) que, a la postre, es lo que nos llevaremos.
Uno no es un experto en Filosofía de la Ciencia, pero alguna vez ha tenido que justificar en un proyecto que lo que uno enseña tiene rango científico, y eso exige acudir a autores clásicos de la epistemología y el método científico. No creo que sea desleal y ni siquiera inconveniente el plantearse si, como es mi caso, las Ciencias Empresariales (sepan que dudo si ponerlo con mayúsculas) son científicas o no lo son. Yo creo que sí, y la comunidad científica en general acepta en el mundo científico a quienes trabajamos docente e investigadoramente (vaya término) en esta rama de las Ciencias Sociales. Aunque de lo que nadie duda es que las ciencias naturales y experimentales sí son científicas pata negra, hay también ciencias de la Organización y ciencias jurídicas o pedagógicas, ¡y hasta de la Seguridad Vial! Todos queremos estar ahí, en ese parnaso del conocimiento. De la validez para alcanzar el conocimiento sobre algo, de la validez y el rigor de los métodos para alcanzarlo, de las hipótesis planteadas sobre los fenómenos, de las leyes y principios generales obtenidos, e incluso de extremos éticos trata la consideración o no de una disciplina como ciencia.
Hoy recibo un correo de la muy activa, marketiniana e innovadora Universtat Oberta de Catalunya (UOC) en el que se informa sobre un nuevo máster que dicha universidad catalana ha dado a luz: el MBA en Ciencias Inmobiliarias. Por supuesto, hay cursos superiores con rango o no de máster anteriores a éste. Por ejemplo, el del andaluz Instituto de Práctica Empresarial. Pero la denominación del máster de la UOC lo deja a uno algo perplejo. ¿Por qué ?Ciencias? Inmobiliarias? Sin duda para dar más ringorrango al curso: ?Cuidado, que nosotros no sólo sabemos de suelo, construcción de viviendas y urbanismo, sino que lo hacemos con carácter científico?. En fin, también mueve a la perplejidad la valentía de proponer justo en estos momentos unos estudios de tal índole. ¿Es que hace falta mucha ciencia para lidiar con este cataclismo inmobiliario? Puede.
Al hilo de esto, se me ocurren algunas ideíllas:
- Doctor fontanero, tengo unas zapatillas de grifo que arreglar. He medido la frecuencia del goteo en relación con la ubicación de cada lavabo o fregadero, y las tengo tabuladas para usted.
- Mi hipótesis es: a menor viento en la plaza, más orejas pide el respetable; permaneciendo constantes el resto de factores, eso sí.
- La evidencia empírica demuestra que, en una proporción de 4 de tónica por una de ginebra, y con una rodaja de limón de calibre pequeño, más no más de cuatro cubiletes de hielo, el gin-tónic será saboreado por un mayor número de papilas gustativas, debido en un 80% a un efecto sinérgico. Todo ello en Extremadura Citerior, no pudiendo extrapolar las conclusiones a otros contextos espaciales.
Hemos comentado en más de una ocasión (una, y otra) la moda de reivindicar algo mediante el desnudo de los demandantes, siempre con la sospecha de si lo que se pretendía era mostrar las carnes y calentorrear al personal, con la excusa de la reivindicación, y no al revés como se hace ver. Hoy encontramos en El País otros desnudos que, si bien no pretenden notoriedad para reivindicar algo, sí consiguen notoriedad por el morbo. Ser trata de mujeres desnudas, pero en vez de fotografiadas en su apariencia externa, se las fotografía por dentro: son radiografías (montajes con radiografías, más bien) con toquecitos sexy; tacones, ropa interior, pedientes, alguna carne semitransparente, calaveras y tibias atractivas, quién se lo iba a decir al gran pintor barroco que fue Valdés Leal… En fin, lo que no tiene enmienda no tiene enmienda, y los caminos del morbo son inescrutables. Aquí va el link.
Y aquí, in ictu oculi:

QUITÉMONOS las caretas: la economía financiera, rebautizada con el evanescente y misterioso término “los mercados”, es mucho más grande y, sobre todo, mucho más poderosa que la economía real (la que produce coches, galletas, clases, dictámenes, pisos o endodoncias), y no es otro sino ése el verdadero escollo para salir de la crisis. Los vaivenes sobre la credibilidad española han llegado al paroxismo en esta semana, y en esas idas y venidas han convulsionado al Íbex, a la deuda soberana y a sus primas de riesgo, provocando unas altas y bajas sucesivas que han sido el súmmum del erratismo, en el que se han forrado unos pocos: la mano negra existe, y es más importante que las llamadas expectativas, y no digamos, como decimos, que la economía real. La economía financiera no sólo no apoya a la real dándole liquidez para funcionar, como es (?) su principal función, sino que no hace más que paralizarla, y vampirizarla después. Y a esto contribuyen también los bancos mundiales, fondos monetarios planetarios, agencias de calificación… y también, claro es, los colocadores de dineros aquí y allá, no sólo aprovechando las posibles plusvalías (como es legal), sino sobre todo alterando deliberadamente las situaciones y precios para, así, generar unas plusvalías que no responden en nada a cambios materiales de empresas y países.
Un ejemplo de este esquema mental se observa en un malintencionado reportaje de The Independent esta semana, titulado “España, la nueva crisis en Eurolandia”, nombre este último que no es sino otra muestra de lo pérfidamente ocurrentes y desdeñosos que son los medios británicos con la Unión Europea. El reportaje abunda en los miedos -no sólo dando cuenta de ellos, sino creándolos, repetimos- a un bailout o rescate a que se vería forzada la UE por la falta de liquidez del Estado español. Para muestra, la primera frase: “Los líderes europeos se reunieron en Bruselas hoy por el temor creciente a que España, la quinta economía europea, se prepara para pedir un rescate que convierte en enano al griego (110 mil millones de euros)”. Curiosamente, nadie había ni ha afirmado tal cosa, a no ser Angela Merkel la semana pasada de forma muy escaqueada. Un columnista habitual de The Independent hurga en la artifical herida: “Si Grecia era Northern Rock [un banquito inglés quebrado], España es Lehman Brothers [otro rascacielos caído en Manhattan]“.
Tal ha sido el acoso a España, que Zapatero se ha apuntado un tanto trayendo aquí a Stauss-Kahn, director del FMI, que ha dado la cal y el bálsamo, descartando el rescate: “Hay bases para dos décadas de crecimiento”. Dicho lo cual, el Íbex repuntó… muy poco técnicamente. Una feria.
HEMOS ya comentado en estas páginas el sencillo y eficaz formato del programa 59 segundos, que cuenta además con María Casado como presentadora, quien distribuye el juego entre los participantes con una elegancia y una rapidez que ni Magic Johnson (y cito a un base de baloncesto de leyenda porque hay mucha gente cabreada con el fútbol; sea porque está hasta en la sopa, sea porque nos hemos quedado helados con la derrota ante Suiza, sea, en fin, porque el fútbol es uno de los más apañados escenarios metafóricos de la vida real). Castigado a un horario para vampiros, 59 segundos limita, con cierta flexibilidad, a un minuto las intervenciones de los contertulios acerca del tema del día, con lo cual nadie se lleva el gato al agua por la cara, ni por pesado incontinente ni por hábil chupacámaras: quien no sabe debatir con menos de un minuto de posesión de pelota -¿lo ven?- no conviene para un debate televisivo.
El miércoles pasado, el asunto era la reforma laboral, pero allí se habló de todo. Como en los corazones de la gente a día de hoy, la sensación final fue de inquietud y gran confusión. Intervinieron, entre otros, David Taguas (ex profesor de Economía de Zapatero reconvertido a presidente de los grandes contratistas de obras públicas), Julio Rodríguez (presidente del Banco Hipotecario con Felipe González), Trías de Bes jr. (profesor de Esade), Santiago Niño Becerra (catedrático de Economía que profetizó hace varios años, como nadie y con alucinante precisión, la debacle en curso), Leopoldo Abadía (ex profesor de IESE y creador del best-seller La crisis ninja, lo que le valió su ascenso al parnaso de los gurús) y Antonio Catalán, propietario de la cadena hotelera AC y representante patronal del sector del turismo. Taguas, muy umbraliano, había “venido a hablar de su libro” -esto es, la reforma laboral- y estuvo técnico y ensoberbizado: su tesis es “profundizar en la deflación salarial”, y no quiso saber de otros barcos. Julio Rodríguez estuvo engolado y apabullando con datos; también contradictorio. Trías de Bes le tiró a todo lo que se movía, y acabó cada minuto de que dispuso con un mensaje catastrófico: ni un pequeño fosforito al final de su túnel dialéctico. Niño Becerra, que habló de la necesidad de invertir para elevar la productividad nacional, estuvo consistente, comprometido, coherente: un aparente outsider de izquierdas que ha roto en portador de verdades como puños, casi al contrario que la muy palestina y obrera de Cospedal, qué cosas. Abadía -que no paró de hacer ver con sus expresiones divinas que es del Opus Dei- estuvo inconsistente, etéreo y decepcionante; muy entrañable, eso sí. Pero la auténtica estrella de la ilusión del jugosísimo -aunque algo disperso, para ira mal contenida de Taguas- programa fue Antonio Catalán, que estuvo sincero, apasionado con su trabajo, con su empresa y con el turismo español. Suficientemente técnico. Dijo verdades como barcos (”sin crédito no hay nada”), y estuvo optimista sin fe impostada. En estos tiempos en que, de bromas, las precisas, y en los que el pánico y los amagos de parálisis salen por los poros de la gente de arriba y de la de abajo, Catalán nos vuelve a demostrar que esto lo arreglaremos entre todos -qué linda iniciativa mimosín-, pero sobre todo lo arreglarán los empresarios. Porque “esto que hay que arreglar” es básicamente la hemorragia de desempleo que azota todas las latitudes de este país.
En una semana en la que hemos estado supuestamente al borde de la intervención comunitaria, tras lo cual, sorpresa, hemos recuperado credibilidad como país, hace falta debate plural serio, y hasta encabronado, como el que tuvo lugar en un programa de televisión cuyo horario marginal dice mucho de un país por recuperar.

Con permiso de Ilovenajwajean, asiduo de este blog a quien aburre el deporte del balón, este post va de nuevo sobre fútbol. Sobre la selección española, que hoy toca. A pesar de que uno tiene un compromiso de los llamados ineludibles de 16,30 a 20,30, hoy juega el equipo nacional? la Roja, según es moda denominarla, aunque para los más conservadores y/o antizapateristas esta denominación es un montaje del presidente del Gobierno, que así consigue que se arrinconen los términos ?selección española? o ?equipo nacional?, a la vez que le da un tinte de izquierdas al once soñado, actual campeón de Europa. A mí, francamente, me da igual: no había llegado a pensar tanto. Pero no es sobre la forma en que se llame a la selección sobre lo que quiero hacer un breve comentario, sino sobre los efectos desmesurados que el fútbol puede tener en la sociedad y, más concretamente, en el estado mental de la gente en general. Sobre sus expectativas y su estado de ánimo.
Ante todo debemos reconocer que estamos comportándonos todos ?prensa deportiva, tertulianos radiofónicos, tertulianos anónimos? de una forma desmesurada. El estado de opinión generalizado es que España no ya es la clara favorita, sino que el partido de hoy es el pistoletazo de salida para una carrera victoriosa hasta la mismísima final, y que todo el que se nos ponga por delante va a ser pasado por la piedra sin remisión. ¡Cuidado! Recordemos a Vujadin Boskov y su gran frase ?fútbol es fútbol? (o sea, que puede pasar de todo con una pelota de por medio); recordemos a los brasileños suicidados tras perder con Uruguay en el propio Maracaná hace muchos años; recordemos, en suma, que no se puede vender la piel del oso antes de cazarlo. No se debe. No es prudente ni sensato. Por otro lado, está bien distraerse, con el balompié o con lo que sea, pero sin obsesionarse. Primero, porque la obsesión puede ser el origen de un gran batacazo moral nacional, en caso de no ganar la final (quién nos ha visto y quién nos ve), algo nada deseable en estos momentos (el batacazo; la victoria, sí). Segundo, porque en el hipotético caso del ganar el Mundial, las cosas ?la crisis- no van a cambiar sustancialmente; todo lo más sufriremos una euforia pasajera que dará lugar a una resaca posterior. Así que vamos a darle al fútbol la importancia que tiene. (En este sentido, recomiendo la lectura de los artículos de hoy de mi compañero columnero Enrique García-Máiquez y el de mi también compañero y buen amigo Luis Carlos Peris.)
No convirtamos el Mundial en tinta de calamar desatada para tapar la cruda realidad que tendremos que solventar sin partidos de fútbol, una vez fracasadas otras iniciativas de sugestión popular gratuitas (¿alguien se acuerda de esto sólo lo arreglamos entre todos punto org?). No convirtamos, como hicieron Videla y sus siniestros adláteres con el Mundial de Argentina, un evento deportivo en un bálsamo opiáceo para ocultar el desastre de una guerra, la de Las Malvinas, a la que llevaron por su mano unos canallas con guerrera.
Dicho esto, ¡Viva España! ¡A por ellos! Mi pronóstico: España, 1-Suiza, 0.
Ni Francisco González, presidente del BBVA, ni Angela Merkel, canciller alemana, ayudan un poquito a desmontar las expectativas fatalistas sonre nuestra economía. Para muestra, dos noticias:
Francisco González dice que a España ni gota de crédito de entidades extranjeras. Solo queda recurrir al Banco Central Europeo (o Banco Germano-Europeo Central). Ver noticia.
Merkel dice que ella no quiere hacer leña del árbol caído, y que no quiere dar pábulo a “profecías”. Pero que, en fin, ahí está el fondo de rescate por si España quiere hacer uso de él… Alemania es acreedora de España por la financiación de nuestro “milagro económico”: más de 200.000 millones de euros. Ver noticia en La Vanguardia.
Era la deuda del país, particularmente la que tomamos prestadas las familias y los individuos, el origen del mal actual. TAmbién las empresas se endeudaron con una carga que en muchos casos resulta de improbable cobro para el banco. Y también el Estado, las comunidades autónomas y las corporaciones locales adquirieron obligaciones que ahora, en época de ingresos contraídos, también es difícil de amortizar. En fin, que se acabó la fiesta, con una bocina que tocaron desde fuera, pero la dedua no se acaba. Y ahora resulta que hoy se hace público que quienes prestaron tanto dinero a nuestros bancos para que ellos se lo prestaran a su vez a los “agentes micro y macroecnómicos”; nuestros ban cos ya habían prestado todo lo prestable. Reino Unido, Francia, Alemania y Estados Unidos son nuestros principales prestamistas exteriores, y quieren cobrar. Como el chino de la esquina quiere cobrar el lote de botellón que le dejaron a deber los muchachos del barrio. Era eso: las presiones exteriores para llevar a cabo un plan de austeridad y recorte presupuestario venían de los mismos a quienes les debemos la pasta gansa: casi 700.000 millones de euros.
(Escrito aquí el 26 de mayo, en la entrada “Un ‘post’ largo“, en el cual se contiene el sigueinte fragmento: Por otra parte, la deuda familiar española es una locura insostenible, superior a la de Grecia o el Reino Unido (por mucho que los tres déficits públicos sean similares), y eso obliga, por una parte, a los bancos acreedores de hipotecas que pagaron casas menguantes a conceder carencias y demoras en los pagos a quienes lo solicitan, para no convertirlos en fallidos y dinamitar los propios balances bancarios; por otra parte, dicha deuda familiar da mucho miedo fuera (que es de donde, originariamente, vinieron los dineros para los créditos: aquí agotamos los nacionales y seguíamos con sed de ladrillo), y es ése el motivo que en el fondo nos tiene en el centro de la diana, el motivo de que paguemos mucho por nuestras emisiones de deuda y que, como ayer, estuviéramos al borde del abismo al cubrirse de chiripa una emisión de bonos públicos, absolutamente necesaria para amortizar deudas que vencen ya. (Salgado, presa del pánico, anunciaba poco antes que se iba a prohibir a los ayuntamientos endeudarse? para que, debemos colegir, el crédito que hubiera por ahí disponible se lo llevara el propio Estado. Al borde literalmente del abismo. Que me perdonen los argentinos por la insistencia en la comparación: no estamos tan lejos de lo que allí pasó hace unos años, por mucho que los motivos sean distintos; allí monetario, aquí fiscal-presupuestario, público y familiar.)

Rafael Periáñez, compañero de departamento en la Universidad y amigo desde hace muchos años, nos manda a un grupo un correo electrónico con sus reflexiones sobre las agencias de rating (Moody’s, Fitch y Standard&Poor’s), los supertacañones de las finanzas planetarias. Adjunta un jugoso reportaje (pinchar aquí). Aquí reproduzco la metáfora de Rafa:
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“De perdidos, a gobernantes”, o la Paradoja del Buen Gobernante Impopular
UN Gobierno -el español- que ha caído en desgracia ante la demoscopia y pierde muchos puntos en las encuestas es un Gobierno que puede hacer mucho bien a su país: no debe jugar a contentar a unos y otros con los votos como objetivo cero; ni le vale tanto como le valía a favor de corriente el pasearse por el mundo y sus cumbres con el propósito de catapultar al estrellato su imagen planetaria, también ajada a día de hoy. Convirtiendo la desgracia en virtud, puede hacer lo que tiene que hacer pero que no hacía por los votos y apoyos regionales que hubiera perdido. Si el refrán dice “de perdidos, al río”, cabe entonar aquí un “de perdidos, a gobernantes”, por no decir “a patriotas”, palabra antes apestada que emerge de nuevo valiosa en este crítico estado de cosas que afrontamos. Con el actual sistema territorial y multielectoral, las presiones y los compromisos posponían lo necesario, y también sustituían conveniencia pública por conveniencia partidista o personal. De hecho, esto último se conviritó en norma y, por ello, en uno de los rejones negros de nuestro sistema político.
También desde fuera han venido vientos que han forzado al Gobierno a hacer lo debía, como prescribía aquella película de Spike Lee que da título a esta pieza. Los periódicos han abierto en las últimas semanas con continuas alusiones a nuestro entorno más directo: “Europa duda de España…”, “Europa exige más ajustes…”, “Europa aplaude la valentía…”, y así. Ha sido principalmente Europa la que movió al Gobierno de Zapatero a cambiar su visión de la jugada, de la noche al día. Por el miedo de Europa y la interdependencia económica creciente, se ha acometido un plan de ajuste fiscal impensable en tiempos de vino y rosas, y más pronto que tarde -por acuerdo entre los agentes sociales o, de nuevo, por decreto- se va a acometer la reforma de la contratación y los despidos, que dará paso a la reforma de las pensiones. Asuntos que siempre podían esperar, pero que ha quedado palmariamente claro que son necesarios; es más, ya lo eran antes de que mutaran a urgentes. Decir una y otra vez que son “una pandilla de incompetentes” unos y otros desahoga, y puede que hasta sea verdad, pero no ayuda en nada.
Tanto, pues, por la caída de la intención de voto en lo doméstico como por la presión de nuestros socios comunitarios -que predican con el ejemplo-, Zapatero se encuentra ante lo que podríamos llamar la paradoja del buen gobernante impopular. Una victoria pírrica, donde se pierde mucho pero puede abrir la puerta a otra victorias de mayor calado y perspectiva, aunque sólo consigan que no descendamos hasta la fosa de Las Marianas. Zapatero tiene ante sí la posibilidad de rehabilitarse como un gestor “a lo Churchill”, o sea, todo lo contrario de lo que ha sido hasta ahora. Rehabilitarse dentro y fuera, e incluso devolverle réditos electorales. Una vez revolcado por las encuestas, cabe empezar a hacer política económica eficaz y no de pastel, y ello, a su vez, puede darle al presidente una manita de prestigio: la paradoja es doble.
A modo de ejemplo, cabe mencionar algo que Zp no hubiera llevado a cabo hasta hace poco ni harto de orujo metílico: meterle mano a la deuda de las autonomías, a la discrecionalidad de éstas para ir a su aire y tirar de déficit sin importarle mucho lo que pasa más allá de sus fronteras regionales. Hace nada, Zapatero sacó de la chistera 11.000 millones extra para las autonomías al grito de “a las criaturas que no les falte de nada”. Ahora, tanto los de aquí como los de allí nos hemos dado cuenta -¡eureka!- que el quid de la cuestión déficit público es tan estatal como autonómico (y local). Y el comandante, que no es otro que el presidente del Gobierno central, ha mandado parar. ¿Cómo? Amenazando con asfixiar financieramente a la que no cumpla con el New Deal común. Por ejemplo, bloqueando las emisiones de deuda pública autonómica. La reordenación de nuestro intrincado e ineficiente poliedro autonómico puede ser otra de las catarsis de esta crisis.

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