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El pelo sin nombre
Blog: Crónicas de un escéptico

Cualquiera en mi situación, o al menos cualquiera medianamente inquieto, habría hecho lo mismo, de modo que en cuanto descubrí ese largo cabello ajeno en mi propio pelo llamé a mi amigo Equis, reputado miembro de la policía científica, para determinar el origen del objeto invasor. Era obviamente un cabello de mujer, largo y ligeramente aclarado por el sol pese a su innegable raíz negra, un cabello grueso, fuerte, con suficiente entidad como para enredar a uno en fantasías de todo pelaje, así que esperé los resultados con impaciencia febril, construyendo teorías de lo más extravagante, ocultando mi asquerosa impericia seductora con escenas ficticias que, de tanto imaginar, acabaron colándose en el despacho de mis hechos reales. Paula, María, Adela, un desfile de preciosidades ante manteles blancos con cubertería de plata, un maître solícito con pajarita (todos los maîtres deberían llevarla siempre) y el mejor vino de la casa derritiendo el hielo y sus reticencias. Mi amigo Equis, eficaz como un engranaje alemán y constante como una hormiga nipona, apenas tardó unas horas en analizar el cabello anónimo. Me explicó que bien podría despachar el asunto por teléfono, pero que prefería que me acercara al laboratorio si no tenía nada mejor que hacer, y como efectivamente yo no en absoluto tenía nada mejor que hacer, cacé un taxi, charlé de fútbol y toros, y vi pasar la ciudad sin abandonar en ningún momento mi bosque de hipótesis eróticas. Mister Equis me esperaba en su despacho, un cubículo increíblemente deprimente con olor a distintas fórmulas químicas. Le estreché la mano, me preguntó por mí (no tengo pareja ni familia) y me ofreció una butaca bastante incómoda de esas en las que uno nunca acaba de encontrarse. El cabello, le recordé tímidamente cuando el ritual de la cortesía amenazaba con retenerme más de la cuenta en esa terrible cueva; el cabello, repitió él antes de poner sobre la mesa un archivador del que extrajo tres o cuatro folios mecanografiados sin perder en ningún momento una sonrisa enigmática con algunas gotas de vergüenza. Tu cabello misterioso, arrancó, no pertenece a nadie. Tu cabello, continuó, no está asociado a ningún ADN. Tu cabello, añadió, traslada al microscopio la toma cenital de una cama donde un hombre y una mujer comparten y trocean la noche. Me siento incapaz de justificar esta anomalía, dijo, pero he observado atentamente la escena empujado por una curiosidad tanto personal como científica. Hay péndulo, hay cadencia. Él se acerca y se enrosca primero, envolviendo su vientre liso, besándola en el cuello, envasando su olor en las píldoras al vacío de una nariz que no olvida. Cuando se aleja dos palmos, ella le tiende una mano que ningún movimiento ulterior logra desenganchar. Irrumpen las curvas más oscuras del sueño, que se hunde en cientos de subsueños abigarrados, pero al rato, impulsada por una inercia sonámbula, ella se acerca y se enrosca, envolviendo su vientre liso, besándole en el cuello, envasando su olor en las píldoras al vacío de una nariz que tampoco olvida. He grabado la escena y la he pasado al vídeo. Acelerándola con el mando a distancia, he comprendido que se trata de un ballet perfectamente sincronizado. Nadan sobre el colchón, planean sobre el silencio. Dame un nombre, le interrumpí irritado. Una identidad a la que aferrarme, ladré con un sedimento de desesperación que asustó a mi amigo y le expulsó de su obscena ensoñación robada. Recurrió a excusas tan improbables que la furia me quemaba la garganta y convertía mi voz en un látigo plagado de púas. Me levanté y le amenacé, pero él se encogió de hombros y me pidió que me calmase. No es tu anhelo, le reproché envenenado, no es tu esperanza. Por sorpresa, sacó el cabello de un tubito de plástico y me lo tendió. Búscala tú mismo, sugirió. Me rasqué la cabeza, enfrié mi cabreo, me hundí en la butaca de las torturas y, tras una breve reflexión, le pedí que me contara nuevamente la historia, que la tocara otra vez aunque nunca se haya llamado Sam.

Maniquíes
Blog: Crónicas de un escéptico

El fulano está atado a la silla, con la espalda percutiendo en violentas sacudidas contra el respaldo, farfullando una especie de explicación destinada sólo a sí mismo. Hay charcos de sangre en el suelo y dos pares de mitades de diente. Como odio estropearme las manos, le he atizado con un bate. Es increíble lo ligeros y firmes que son. Los bates, no el fulano. Siempre ocurre lo mismo: secuestras a un pez gordo empapado en litros y litros de ego que tarda en perder exactamente lo que dura una paliza. No es que disfrute maltratando, es sólo mi trabajo, pero hay tipos especialmente estúpidos. Éste es uno de ellos. El lunes, día del secuestro, lo sorprendemos a la salida del domicilio según lo planeado, lo llevamos a un viejo cuartel y aplicamos el viejo método, una silla, mordaza y capucha durante veinticuatro horas de un silencio tan radical que ni siquiera los huesos del edificio se atreven a levantar la voz. Después, martes a mediodía, aparezco yo y le quito la capucha. Estamos solos en lo que bien pudo ser un comedor que aún preside un crucifijo agujereado sin alas ni imagen. Parpadea. Su cabeza, arrugada y casi desierta, está perlada de angustia, pero al poco se recobra y carcajea. Se ríe de mí, no tiene ningún problema en gritarlo y despertar las mohosas entrañas del dinosaurio militar. Me acerco a la silla y le doy una bofetada sin perder la sonrisa. No pretendo pasarme, es sólo un recordatorio de dónde están las fichas y quién domina el tablero. Le digo que si se porta bien le daré de comer y beber y que si se porta mal no probará gota ni bocado hasta que la debilidad le haga sentir como una puta cucaracha. Dice que vale, le acerco la boca de una botella, bebe y me escupe una mezcla de agua mineral sin gas y saliva coagulada. Le lamo la calva y le digo gracias. Mi odio es sin embargo irreversible. El miércoles, la familia del pez hijoputa y gordo se pone en contacto con mis jefes. Han rechazado cualquier tipo de trueque, no hay trato, podemos meternos al pezón por el culo. Mis jefes, que no son hombres sino sombras y susurros, meditan unos segundos en su particular jerga y me tienden una nota manuscrita con las instrucciones. Mátalo. Aunque parece jaco, es sólo euforia lo que corre por mis venas. Hago una reverencia y me largo al cuartel tan deprisa que un par de polis están a punto de pararme. Al bajar la ventanilla y escanearme, cambian de idea. Llego y aparco, recorro un pasillo largo que huele a meados y mierda de rata y me cuelo en el ex comedor, donde mi pez rebelde dormita como una vaca inquieta, soltando ronquidos que mueren mucho antes de tiempo, comprendiendo quizás su horrible naturaleza justo antes de inmolarse. Le despierto con un beso en la boca. Le acaricio los labios y las orejas, le acaricio el paquete mientras un rubor de excitación y desprecio se le engancha al cuello y trepa hasta las mejillas. Soy tu verdugo, le anuncio. Ya no ríe. Luego viene lo del bate y la sangre y las paletas voladoras. Saco mi pistola, una beretta nueve milímetros, y se le congela la mirada, que pierde al menos la mitad de su luz y se convierte en un farolillo de bajo consumo. Le coloco el cañón en la frente y me sorprende que no sea capaz de cerrar los ojos. Aprieto el gatillo una y otra vez, cada cinco o seis minutos, siempre con el cargador vacío, siempre simulando, a sus espaldas, que esta vez sí lo atiborro de balas, y asisto a su trepidante descomposición. Cede con vuelo de algodón el escaso pelo de sus sienes, blanquean idiotizadas sus cejas, caen los dientes supervivientes, se desintegra en un mosaico de grietas sin fondo su piel bronceada de rancio seductor, se mojan y enmarronan sus pantalones, desaparece el bulto de sus cojones. Le anuncio otra oferta bifurcada: puedo alargar la agonía indefinidamente, nadie me espera en casa, o acabar limpia e inocuamente en función de sus ganas de colaborar. Duda un instante y lo hace. Pronuncia la frase esperada. ¿Que qué quiero? Quiero que me lo digas. Quiero que admitas que jamás imaginaste que una mujer pudiese humillarte, incomunicarte, darte una paliza y asesinarte de un tiro en la cabeza. Vomita y llora, las dos cosas a la vez, y el alboroto me parece tan descriptivo que acepto la respuesta de su lenguaje de signos antes de transformarlo en un maniquí.

Maniquíes
Blog: Crónicas de un escéptico

El fulano está atado a la silla, con la espalda percutiendo en violentas sacudidas contra el respaldo, farfullando una especie de explicación destinada sólo a sí mismo. Hay charcos de sangre en el suelo y dos pares de mitades de diente. Como odio estropearme las manos, le he atizado con un bate. Es increíble lo ligeros y firmes que son. Los bates, no el fulano. Siempre ocurre lo mismo: secuestras a un pez gordo empapado en litros y litros de ego que tarda en perder exactamente lo que dura una paliza. No es que disfrute maltratando, es sólo mi trabajo, pero hay tipos especialmente estúpidos. Éste es uno de ellos. El lunes, día del secuestro, lo sorprendemos a la salida del domicilio según lo planeado, lo llevamos a un viejo cuartel y aplicamos el viejo método, una silla, mordaza y capucha durante veinticuatro horas de un silencio tan radical que ni siquiera los huesos del edificio se atreven a levantar la voz. Después, martes a mediodía, aparezco yo y le quito la capucha. Estamos solos en lo que bien pudo ser un comedor que aún preside un crucifijo agujereado sin alas ni imagen. Parpadea. Su cabeza, arrugada y casi desierta, está perlada de angustia, pero al poco se recobra y carcajea. Se ríe de mí, no tiene ningún problema en gritarlo y despertar las mohosas entrañas del dinosaurio militar. Me acerco a la silla y le doy una bofetada sin perder la sonrisa. No pretendo pasarme, es sólo un recordatorio de dónde están las fichas y quién domina el tablero. Le digo que si se porta bien le daré de comer y beber y que si se porta mal no probará gota ni bocado hasta que la debilidad le haga sentir como una puta cucaracha. Dice que vale, le acerco la boca de una botella, bebe y me escupe una mezcla de agua mineral sin gas y saliva coagulada. Le lamo la calva y le digo gracias. Mi odio es sin embargo irreversible. El miércoles, la familia del pez hijoputa y gordo se pone en contacto con mis jefes. Han rechazado cualquier tipo de trueque, no hay trato, podemos meternos al pezón por el culo. Mis jefes, que no son hombres sino sombras y susurros, meditan unos segundos en su particular jerga y me tienden una nota manuscrita con las instrucciones. Mátalo. Aunque parece jaco, es sólo euforia lo que corre por mis venas. Hago una reverencia y me largo al cuartel tan deprisa que un par de polis están a punto de pararme. Al bajar la ventanilla y escanearme, cambian de idea. Llego y aparco, recorro un pasillo largo que huele a meados y mierda de rata y me cuelo en el ex comedor, donde mi pez rebelde dormita como una vaca inquieta, soltando ronquidos que mueren mucho antes de tiempo, comprendiendo quizás su horrible naturaleza justo antes de inmolarse. Le despierto con un beso en la boca. Le acaricio los labios y las orejas, le acaricio el paquete mientras un rubor de excitación y desprecio se le engancha al cuello y trepa hasta las mejillas. Soy tu verdugo, le anuncio. Ya no ríe. Luego viene lo del bate y la sangre y las paletas voladoras. Saco mi pistola, una beretta nueve milímetros, y se le congela la mirada, que pierde al menos la mitad de su luz y se convierte en un farolillo de bajo consumo. Le coloco el cañón en la frente y me sorprende que no sea capaz de cerrar los ojos. Aprieto el gatillo una y otra vez, cada cinco o seis minutos, siempre con el cargador vacío, siempre simulando, a sus espaldas, que esta vez sí lo atiborro de balas, y asisto a su trepidante descomposición. Cede con vuelo de algodón el escaso pelo de sus sienes, blanquean idiotizadas sus cejas, caen los dientes supervivientes, se desintegra en un mosaico de grietas sin fondo su piel bronceada de rancio seductor, se mojan y enmarronan sus pantalones, desaparece el bulto de sus cojones. Le anuncio otra oferta bifurcada: puedo alargar la agonía indefinidamente, nadie me espera en casa, o acabar limpia e inocuamente en función de sus ganas de colaborar. Duda un instante y lo hace. Pronuncia la frase esperada. ¿Que qué quiero? Quiero que me lo digas. Quiero que admitas que jamás imaginaste que una mujer pudiese humillarte, incomunicarte, darte una paliza y asesinarte de un tiro en la cabeza. Vomita y llora, las dos cosas a la vez, y el alboroto me parece tan descriptivo que acepto la respuesta de su lenguaje de signos antes de transformarlo en un maniquí.

La mujer de negro
Blog: Crónicas de un escéptico

El Departamento de Optimismo y Valentía me pide, en pleno domingo de agosto, recién llegado de Italia, todavía rabioso y desubicado por el final de mis vacaciones, que emita un comunicado, y cito textualmente, altamente efectivo en estos tiempos de zozobra y apatía. Los jerarcas quieren inflamación en la tropa, y ése es justo mi trabajo, insuflarla sin ceder un solo milímetro de credibilidad. Así que ahora, maldoblado sobre el escritorio, se me ocurre hablar de una mujer, menuda novedad, sentada en un banco de madera de la Piazza Verdi. Lleva un vestido negro y apura una cerveza mientras dos pendientes se balancean con el sutilísimo temblor de su cuello. Yo sugeriría al lector que añadiese, si dispone de suficientes lingotes de imaginación en su reserva federal, una buena música de fondo, varios grados menos que en el infierno africano y un tráfago permanente de actores secundarios perfectamente pendientes de sus propias tramas principales. Vamos a esbozar a esa mujer de negro. Empecemos por los ojos, casi tan oscuros como su vestido, muy abiertos, bien pertrechados de pestañas ondulantes y, sobre todo, emisores de un brillo intenso e insondable que puede significar ardor, serenidad, amor, miedo, felicidad o esos y otros ingredientes a la vez. Dibujemos sus labios como una media luna carnosa y sugerente que a veces muerde para reprimir un deseo o simplemente una frase difícil de pronunciar. Tras esos labios, asumámoslo, se esconden vastas extensiones de tierra fértil. Sus manos son firmes, quizás ligeramente gruesas, porque serán manos forjadas en el tránsito a una existencia independiente y orgullosa, tallada contra la roca del prejuicio. Podríamos detenernos en su nariz, altiva sin ser angulosa, presente sin parecer invasora. Fíjense: apunta suavemente al cielo, marcando el límite en un punto cuando menos inconcreto. Recorreríamos su espalda y sus hombros, sugerentes como las depresiones de un valle; admiraríamos sus piernas, guante de seda fraguado en hierro; suspiraríamos cuando esos ojos que jamás descansan aterrizasen en nuestro rostro y desplegaran su firmamento. Nadie sino usted sería ese hombre de frente. Y nadie como usted sabría qué decirle. Adelante, dígalo, amigo, ya ha tenido tiempo de extraer las conclusiones más esenciales, que son las que cuentan. Está bien, yo le ayudo: admitiría usted, pese a los truenos estomacales, que no esperaba encontrarla, que no es capaz de contener una especie de trasiego coral cuando la escucha hablar, que apenas domina sus ganas de besarla, que detesta la palabra escepticismo, que sueña en vertical. Tranquilo, ella no le contestará porque sólo es producto de nuestra imaginación, así que puede explayarse. Cambie sus sentimientos por monedas, siéntese frente a ella en una mesa de madera sin crupier y apueste. Aunque tarde en comprenderlo, en ningún caso perderá. Dígale que no cree en el miedo, ese dios pagano y segundón. Invítela a otra cerveza, prolongue la noche, tiéndale la mano cuando decida marcharse, bésela, bésela en la boca allí mismo, sintiendo el sabor de ese cóctel agitado de células vivas, y camine, pasee con ella, de su cintura, de su mano, de su hombro y de su cuello hasta dudar, quién lo sabe de verdad, si lo que vive es un simple comunicado de domingo encargado por el Departamento de Optimismo y Valentía o el andamiaje de una casa de campo con huerto y pastores belgas y cuatro sillas de hormigón en el jardín y un lago verde rodeado de abetos.

La fiera de mi niña
Blog: Crónicas de un escéptico

Empecé con el aloe a los quince años. Una plantita en mi cuarto, la nota de color de mi república independiente. Los viejos aprobaron mi iniciativa, la consideraron un signo de creatividad. Quince años después, a los treinta, me emancipé. La mudanza incluía, obviamente, un arcón de madera relleno de algodones con Matilde, mi aloe, una institución de casi veinticinco kilos, maceta incluida. Matilde es una buena paridora. Sus descendientes ocupan los balcones de medio barrio, me consta, y también vastas extensiones de patio, jardín y porche. Un buen día, quizás por la saturación del barrio, o más ampliamente del mercado, cayeron las adopciones. Nadie quería saber nada de mi lindo aloe, que siguió reproduciéndose infatigable, explosivamente. Mi relación con Matilda es tan honda y está compuesta de tantos bellos matices que, entiéndanlo sin rastro de perversión, es como una hija para mí, de modo que sus retoños son, en cierta forma, mis propios nietos. Tan canalla me parecía abandonarlos junto a un contenedor que decidí hacerles hueco en casa. Donde caben dos, caben tres, ya conocen la concatenación. Todo fue normal al principio. Matilde paría puntualmente y yo recolocaba a los niños en tiestitos de colores. Juntos leíamos el periódico, tomábamos café y escuchábamos el noticiario. Es bonito, formar equipo en torno al sofá, con los pies sobre la mesa y las conversaciones de los vecinos colándose por los conductos del aire acondicionado. Mi Matilde cumple años el catorce de julio y yo quise tener un detalle por sus dieciocho y la mayoría de edad, así que me fui a la tienda del señor Fajardo, que es un tipo muy hábil con las plantas, diría que casi un psicólogo, y le compré unas vitaminas especiales con propiedades antiestrés y antiedad. Me ajusté al procedimiento escrupulosamente, vertí las vitaminas dispersándolas y no concentrándolas sobre la tierra recién cambiada y luego regué procurando que el agua disolviera el mágico producto. A la mañana siguiente, noté un pequeño cambio, sorprendente en realidad por la velocidad de ese par de centímetros extra, y me acerqué a acariciar a Matilde, suave y pinchuda, dócil y salvaje a la vez. Cerré los ojos, pero no me dijo nada. Interpreté su silencio como una muestra de alegría, aunque desconozco la base científica o siquiera intuitiva de aquella fatídica conclusión. Matilde nunca volvió a dirigirme la palabra o el pensamiento. Simplemente, se dedicó a crecer sin mesura, sin límite, a lo grande. Empezó sitiando la cocina, de manera que me vi empujado al exilio del bar del barrio y a un consiguiente proceso de descuido, engorde y socialización forzosa con jubilados, trileros, peristas y proxenetas. Sus tentáculos ocuparon después el baño y tuve que mear cada día, y cada noche, en una bacinita, como los antiguos (me permitirán que omita dónde y cómo cago). El recibidor, los pasillos y el salón cayeron sucesivamente sin oponer la menor resistencia. Y sólo queda el dormitorio, desde donde escribo estas líneas parapetado como un mohicano, durmiendo en el suelo porque la cama hace de dique contra la puerta, alimentándome de polvo, solicitando ayuda desesperadamente, aullando, fíjense que ni mis padres se creen la historia y dicen que sí a todo y me sugieren que vaya al médico y me haga un TAC. En mis peores momentos, le suplico a Matilda. Invoco nuestro amor, nuestra vida en común, aquella edad de oro y fecundidades. Pero ella se ha transformado en un ogro insensible de largas espinas y terribles brazos musculosos. Quiere entrar y estrangularme. Quiere convertirme en un monigote invertebrado. Quiere destrozar nuestro hogar y seguir creciendo, crecer indefinidamente, como una fórmula compleja, hasta que el gobierno despierte y comprenda y movilice al ejército y nuestra historia nacional cuente ya con su propio King Kong. Un segundo. La puerta. La puerta está cediendo. Veo sus colmillos, ahí está, ha abierto una brecha y yo me tengo que despedir, porque es muy probable que ya sepan cómo acaba la cosa, y de todas formas me niego a morir en una postura tan ridícula como ésta, encorvado ante el ordenador y con la cara pegada a la pantalla.

Duendes de verano
Blog: Crónicas de un escéptico

Verán, somos los duendes de la noche, unos tipos parecidos a esas graciosas figuras que dibuja Liniers, aunque nuestro estilo sea, lógicamente, algo distinto, sin capirotes excesivos ni narices tan rojas. Pero vamos al grano. Ahora, con el calor, nos gustan los cines de verano. Nosotros volamos, así que comprenderán que nos situemos arriba, justito en el tejado, donde nadie puede vernos, donde todos son vistos. Cines de verano, decía. ¿Por qué? No me atrevo a hablar en nombre del colectivo, pero, personalmente, me recuerdan una barbaridad el ambientillo familiar y algo caótico de Cinema Paradiso, qué gran película. La oscuridad es un elemento clave. Crea una especie de intimidad ficticia, o quizás más bien un exhibicionismo suave o consentido, y los amantes se abrazan y los niños se sacan alguna cascarria y aquel tipo barbudo se lía un cigarrillo y apura el botellín de cruzcampo. Hoy ponen una de John Ford. Gales y la minería, paisajes de Tolkien, chimeneas de ladrillo, la revolución industrial que llega y pisa. Somos varios colegas sentados en el alerón, justo frente a la pantalla. Hay una fuente vacía y un pino mediterráneo con piel de Bárbol. Las cristaleras enmarcan los flancos del patio. Y los míos pronto comienzan la cháchara, y señalan, y se olvidan del carbón y los patronos y esa madre que es un torrente aglutinador. Ellos señalan y yo sigo sus índices distraído, de una silla a otra, cabezas sin pelo o rizadas, pies descalzos, comentarios al oído, los inquietos que deforman la línea siete de butacas y pegan sus respaldos a los pobres silenciosos de la línea ocho, demasiado pánfilos para fastidiar a los de la nueve. Vuelvo a la película, pobre señora, se le muere un hijo y se le exilia un par, vuelvo hasta que me topo con esos dos, aparentemente una pareja más, pero qué va, noto algo, una especie de vibración que me hace detenerme y observar algo más de la cuenta hasta saber qué ocurre a continuación. Y ocurre que sus besos son nuevos, sin ese pesado aire de rutina, y sus caricias incandescentes, desde arriba veo las marcas que se dejan en la piel. Me gusta cómo se mueven esos dos, cómo se hablan, cómo se miran. Aprovecho que mis colegas se enredan en una discusión sobre el vestuario promedio de los asistentes y redoblo mi interés por la escena. Me suena ese tío, tal vez lo haya visto antes, uno de esos lunáticos portadores de sueños, raza casi extinguida, todo sea dicho. Me suena también ella, o será que simplemente me parece preciosa, a nosotros también nos gustan las humanas. Ford quema sus últimos carretes y él saca una carta del bolsillo y se la entrega. Ella la guarda unos minutos, pero acaba rescatándola y abriéndola. Cuando empieza a leerla, ya no hay cine sino jazz, y varios de los míos sestean, qué gandules son. Sostiene la carta como si cada frase centellease un instante antes de pasar a sus ojos, donde todas las palabras desaparecen. Luego se gira y le mira, una mirada larga e intensa que incluso logra estremecer a un simple espectador como yo. Y entonces veo lo que nadie más en ese momento percibe: veo dos corazones que se abren en canal y emiten mensajes indescifrables para el lenguaje humano de las letras. Son mensajes mucho más profundos, mensajes intraducibles, mensajes que rápidamente quedan encapsulados en una especie de memoria compartida con forma de nuez. Veo, de cabo a rabo, uno de esos brotes tan difíciles de encontrar por primario, sincero y desnudo. Mis colegas roncan y me desconcentran, pero estoy emocionado, lo reconozco, y le suelto un codazo el primero, que instintivamente se lo propina al segundo, que a su vez ataca al tercero, y les digo chitón y les indico el lugar, justo ahí, donde el pino, y todos parpadean y se recobran y espían en silencio y al final asienten y agitan las manos y sonríen y me dicen que hay que celebrarlo porque en el fondo nos afecta, nos importa y nos obliga a prometer, aunque ellos nunca lo sepan, que cuidaremos su historia como se cuida cualquiera de las flores prometedoras de la vida.

La mujer sospechosa
Blog: Crónicas de un escéptico

Sí, verá, quisiera poner una denuncia. Se trata de una mujer asiática, cincuenta años, delgada y pequeña. Juraría que es japonesa, pero son sólo suposiciones, agente. ¿Mis motivos? Mis motivos están claros: es altamente sospechosa. ¿Cómo que de qué? Para empezar, vive en un edificio estrechísimo, como aquellos que se construían en Amsterdam. No, no, ella vive en TODO el edificio. Es suyo, ¿entiende? Y siempre sale a la calle a la misma hora, diez en punto de la noche, y con una bolsa de basura del mismo color, azul cielo, y el mismo tamaño, cincuenta litros. Mi teoría número uno es que se trata de una puta, o prostituta si es escrupuloso, que descuartiza a sus clientes antes, después o durante el acto. Las bolsas son ataúdes de plástico repletos de miembros. No, agente, yo no me dedico a comprobar esas cosas. Ni husmeo ni tampoco me hace demasiada gracia abrir una bolsa de basura y toparme con una cabeza sonriente sin ojos. Mi teoría número dos es que esa mujer sólo come insectos. Cucarachas, moscas, hormigas y mosquitos, la fauna autóctona de cualquier hogar. ¿Por qué, pregunta? Porque ya le he dicho que sólo sale de casa a las diez en punto de la noche, con una bolsa azul cielo de cincuenta litros. Vivo justo enfrente, no me subestime, por dios. Mi ventana me permite controlar su fachada al completo, desde la primera hasta la última grieta. Ahora que lo pienso, y ahí va mi anexo a la teoría número dos, quizás estemos ante un caso de canibalismo. Puede imaginárselo: aprovecha las partes más jugosas y se deshace de cartílagos, vísceras y criadillas, por utilizar el lenguaje al uso. Menudo matadero deber tener montado ahí abajo, en el sótano. Dios. Pero lo más inquietante, lo que sin duda me atribula más, agente, es la teoría número tres: la presunta japonesa practica diversas formas de brujería. Sólo tiene que mirarla a los ojos si alguna vez tiene la desgracia de encontrarse cara a cara con ella. Observará un brillo extraño, prácticamente negro, que le aguijonea el cogote y le vacía el espíritu. ¿Qué tiene que ver el calor de agosto en todo esto? ¿Piensa usted que no sé distinguir un calentón de un fenómeno paranormal? Además, yo siempre visto bermudas y calzo chanclas. Como policía, creo que le interesará especialmente la teoría número cuatro, intrascendente sólo en apariencia, significativa para cualquier mente preclara o bien adiestrada. Construya un retrato robot de la sospechosa: mujer soltera de cincuenta años, mujer solitaria, mujer bruja, mujer muda, mujer anclada pues a un edificio del que jamás sale si no es para tirar la basura, o lo que quiera que contengan esas bolsas diabólicas. ¿No se le enciende ninguna bombilla? La teoría de los villanos en la sombra, por dios santo. Sin darnos cuenta, contemplamos la vida discreta de la gran cabeza de hidra, agente. Ella es el núcleo de la mafia china. ¿Japonesa? Eran sólo suposiciones, no se me ponga quisquilloso. Tienen que hacer una redada. ¡Pues convenzan al juez! No querrá que encima le haga yo el trabajo. Ande, lea novela negra, le vendrá muy bien, que el suyo es un oficio creativo, agente. No cuelgue, no cuelgue. Quiero facilitar en la medida de lo posible y hasta donde mis esfuerzos lleguen el cauce de la investigación. Me queda la teoría número cuatro, no se me impaciente, joder, o leche, si en casa no le dejaban decir palabrotas: la sospechosa huele siempre, en cualquier circunstancia, llueva o nieve, a salsa de soja. ¿Qué en Sevilla nunca nieva? ¿Y qué tiene eso que ver? Procure ser más poético, hombre gris. Se me ocurre pensar, y es sólo otro apunte que dejo caer, que la mafia recurre a la soja para disolver algún tipo de droga. Claro que es posible. ¿No recuerda la peli ésa de los muñecos que en realidad eran pura coca? Benicio del Toro, ¿no? ¿Entonces qué, me permite o no me permite denunciar? ¿Qué? ¿Qué? Olvídese. Yo no pienso dar mi nombre, agente. Sólo soy un respetable ciudadano y leal vecino sin ningunas ganas de meterse en la vida de los demás. Por dios.

La isla de Fellini
Blog: Crónicas de un escéptico

La cola del pantalán y un barco viejo que mecen las olas. Caben bicicletas y perros, viejos y surferos, hippies y complejas almas esculpidas por la sofisticación. Al fondo está la isla, que nos espera con una mueca fea de viento y lluvia, no sabéis lo que os espera. Cielo gris, gaviotas ceñudas que nos cagarían encima si encontrasen el ángulo propiciatorio. Descubrimos un nicho libre justo a estribor. Enfrente, una señora muy mayor con los ojos tan tristes que parecen haber enviudado antes que ella. Su marido le ha cedido el balcón al mar y ella asoma la cabeza por si alguna gota se convirtiera en chispa y le devolviera con el impacto unos años de vida y fuerza. Luci y Bom fotografían y yo me despido de ellas en silencio, dejando que el fin de semana escriba un mensaje suficientemente sincero y emotivo durante sus largas horas de monólogo. Llegamos a la isla y otro pantalán más roído nos tiende la lengua y nos entrega a la tierra. Son las fiestas del pueblo, hay una carpa, alguien grita como si quisiera cantar. Atravesamos las calles de arena de playa cargados hasta las trancas con un campamento base muy huérfano todavía. Huele a sardina porque nadie cierra las puertas de sus casitas sin licencia. Dentro, a oscuras, las piezas sueltas de las familias recomponen un tablero de ensaladas y fritanga y cerveza y cubiertos con mangos de plástico. El camino se ensancha y empalma con una pasarela de madera bien barnizada y mejor flanqueada por papeleras de metro y medio que conduce al rincón prometido. Pienso en la puta nevera cargada de botellines cada vez que mis brazos rotan en la carga, pero el Atlántico irrumpe al fin como la bestia descomunal que es, tocado en esta ocasión por un faro a la derecha y una inmensidad nebulosa al otro lado. Alguien agita los dados y esparce aleatoriamente las tiendas de campaña. Muchos dormirán envueltos en la toalla, enamorados o solitarios, concentrados todos en sus pleitos invisibles, en sus charlas con el océano. Nos plantamos en un claro, bebemos, nadamos. Después buscamos un escondrijo para los trastos y regresamos al pueblo, donde de repente comprendo la postal: Fellini ha rodado esta película y ha elegido con esmero el reparto, compuesto por pescadores sin dientes y amas de casa asimétricas que se enzarzan en conversaciones repletas de saludos, bromas y bufidos sin dejar de observar al visitante con un brillo tolerante en los ojos. Me gusta la escena que se filma en esa mesa de la izquierda, donde un señor diminuto agarra por el cuello a su obeso amigo en una caricia de corte varonil, porque, claro, los hombres oficiales no se acarician de ninguna otra forma. Los niños son testigos mudos, pero están ahí, en primera línea, integrados como sacos en una trinchera de Normandía, zarandeados a veces, collejeados otras, en un escalón inmediatamente superior al de las mascotas, tan improbables como sus dueños, tan peregrinas, tan absortas en una nada más completa que muchos todos del continente. Cenamos en una mesa apartada de un restaurante apartado. Cenamos y llueve y deslizamos confidencias entre sorbos de cerveza y emprendemos la vuelta sin luz al escondite, donde nada se ha movido aunque el paisaje sí que hable, y mucho, de la eternidad de aquello que no cambia. Luci y Bom se meten en las sombras primero y en el saco después, apuran sus cervezas y hablan hasta apagarse. La noche nos parte en tres y cerramos los ojos y dejamos que el levante nos cuchichee mensajes cifrados de sueños envenenados. Mi cabeza se enreda con leopardos marinos y adiestradores frustrados. Y sueño que llueve justo cuando empieza a llover. Meto la cabeza en la sombrilla, que ya es un paraguas de pleno derecho, y la junto a las de Luci y Bom hasta que el hueco de nuestras nucas forma un triángulo, y entonces recuerdo el nombre de aquel grupo bizarro, y apoyo los brazos en la arena y me rindo al cansancio y a la ficción asilvestrada mientras en paralelo, por otro canal neuronal, empaqueto este momento para introducirlo en la cámara acorazada de la memoria, sección momentos estelares de la (pequeña, miope) humanidad.

Un metro de distancia
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Samoqueira es una playa que se equivocó de país. Tendría que estar en Birmania o Tailandia, tal vez en Filipinas, pero jamás aquí. El viento, el agua y la sal han cuarteado la piel de las rocas, que brotan arbitrariamente en el mar o la arena para restarle monotonía al mapa. La travesura innata de las mareas propicia la aparición de lagos esmeralda, garbosos vistos desde arriba, al borde de la muralla que forman los acantilados. Apenas hay gente y aquí estamos nosotros, con el Atlántico de frente, helado y pasota. Saco un par de cervezas de la nevera y la observo, tendida y levitando sobre la toalla, antes de tenderle una. No hay palabras, no hay voces, sólo hablan los elementos, sólo susurran esos rayos que el sol remite directamente a los párpados. Mi cabeza frena un instante. Ha dejado de trabajar, se toma una pausa que bajo ningún concepto quiero interrumpir. Dejo que gire trescientos sesenta grados y le añado otros cinco para que esté así un año. Yo también levito, y un cosquilleo alquila las mejores habitaciones de mis manos. La perfección, comprendo, ha decidido hacernos una visita muy fugaz, así que la dejo estar, como dejaría estar a un unicornio que se acerca de madrugada a darle unos mordiscos al jardín de atrás. Amortiguado al principio y más chillón después, me rompe en cien la sirena del móvil. Dudo. Dudo una milésima de segundo antes de doblar la espalda y agarrar el cacharro. Es un mensaje del jefe. Ok, dice, y eso es todo. O killed. Nadie muere, todos ganan. Me mandan un año a La India. Y Samoqueira ya no es Samoqueira sino un limbo donde los estímulos han enmudecido. No puedo evitar girarme hacia ella con un nudo en la garganta que mezcla tristeza y alegría. Es un nudo agridulce, ambiguo, hermafrodita. Un nudo que me impide abrir la boca. Y entonces suena su móvil, y se enfada, y lo atrapa a regañadientes, malencarada, y se produce una charla breve, monosilábica, y cuelga al fin y se gira hacia mí con una cara alegre donde detecto, o imagino detectar, un remoto rastro de amargura que también frena su primera frase. Luego mueve sus labios y lo dice: Me mandan un año a Suecia. El metro de distancia que nos separa se congela un minuto antes de estallar en mil pedazos, y esos pedazos son pura metralla que nos arranca jirones de carne al alzar el vuelo loco de los kamikazes. Sangramos invisiblemente, pero nos abrazamos igual, y el tacto cura las heridas, o anestesia el dolor, y poco a poco derrite esa masa de miedo que nos corta la lengua y nos asfixia. Aunque sé lo que quiero contarle, decido ser un cobarde. Mientras dura el abrazo, ensayo un discurso abortado que me recuerda aquel tremendo poema de Benedetti. No quieras con desgana, no te salves ahora, etc. Se separa de mí y le mete nuevamente a mi cuerpo ese metro de distancia. Alguien aprieta el botón y la brisa se reactiva y el Atlántico trota un poco y las rocas intercambian sus sillas para despistar. Me pregunta cuánto tarda un avión de Estocolmo a Nueva Delhi. Me invita a pensar lo que dura un año. Afirma que hay un núcleo inmune a los flujos y las modas del corazón. Opina que Sócrates, efectivamente, no sabía nada. Avanza medio metro, retrocede, sonríe, bascula. Se interesa por mi relación con el Atlántico. No, no tengo nada contra él. Vamos, pues. Y me coge de la mano y me lleva a la orilla. Yo camino con mi discurso abortado, como borracho, centrado en Benedetti, usurpándole una declaración bastante mejor que la mía, y el Atlántico, créanme que lo tolero, me lame los pies y me obliga a dar un respingo, y las olas redoblan su cháchara y aprovecho que ella apenas me escucha para decirle que ni me salvo ni la quiero con desgana ni mato el júbilo ni me pienso sin sangre ni me juzgo sin tiempo. Dejo que se aleje y la mujer se transforma en una figura diminuta que se parece a la isla del señor Moro, y sus costas están plagadas de puertos y pantalanes donde podría atracar, por qué no, una barcaza india cargada de especias.

Dieciocho whiskeys
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¿Dieciocho whiskeys, Dylan Thomas? Voy a por su marca. Sí, voy a por ella. Apártate, tío. Ya estoy aquí. El White Horse. Su templo etílico y también la primera palada de su tumba. Dieciocho de una tacada. Menudo poeta. Era el mejor, ¿no creen? Ah, se me olvidaba. Yo soy poeta, como él. Improviso estrofas, como él. Insulto y despedazo, como él. Y me emborracho hasta encontrar mi límite, o el de mi hígado, como él una vez más. Putos mezquinos/envueltos en humo/duendes sin alma/acabaréis en un agujero oscuro. Es sólo el calentamiento, ¿de acuerdo? Trataré de afinar tras la primera tanda de whiskeys. Wild Turkey, por favor. Sí, a la vieja usanza. Uno doble, camarero, pero doble de verdad, no intentes engañarme, tío. Qué de chusma. Detesto a los turistas, manchan el espíritu del lugar. ¿Qué opinaría Dylan de este circo? Seguro que ese retrato gigante suyo maldice de cuando en cuando. Hay un complot contra el Wild Turkey. No es sólo mi opinión, gilipollas, pregúntale a otros borrachos profesionales. ¿Las grandes marcas? A la mierda con ellas. Ninguna sería capaz de reproducir este sabor aunque sus consejeros delegados dieran cuenta de dos docenas de botellas por barba. Está bien, está bien, cambiemos de tema. ¿Qué qué pienso del amor? El amor es sólo para los sumisos. Para todos los demás, para los rebeldes y los marcianos, para los inquietos y los pesimistas, es un pozo sin fondo. Un hoyo muy, muy negro. Otra copa, camarero. Sí, sí, lo mismo, por dios, ¿me crees tan idiota como para cambiar de bebida en plena ascensión? Ahí va otro. Pero cierra la boca antes. He apretado la magnum contra mi sien cada mañana/pero mi dedo temblaba/he imaginado cuántas pesadillas borraría/pero la vida aún es mi doble heroína. ¿Mejor? Ya me quema la garganta, amigo. Nótalo tú también. Camarero, sírvele a mi compadre. Uno doble, sí, los simples son para las bailarinas y los notarios. Recuerdo cuando conocí a Kerouac. Venía de la mano de ese otro tío, el de las túnicas y la barba, Ginsberg. Me pareció que no apreciaban lo suficiente a Dylan, ¿sabes? Unos iconoclastas. A mí también me tentó la herejía. Uno es joven y comete errores que luego es mejor no reproducir por pura eficiencia energética. No asientas como un jodido orangután y di algo. Tienes que acostumbrarte a opinar. Dos más, camarero, y una de esas bandejitas de cacahuetes. Los frutos secos dan una energía increíble, amigo. Hay que cuidarse. Aquí estamos, en el White Horse, y Dylan nos mira desde su retrato. La voz era su principal arma de seducción, pero seguro que ignorabas ésa y muchas otras circunstancias. El tío declamaba y se convertía en un panal de miel al que se acercaban indistintamente mujeres y hombres. ¿Tom Jones, el tigre de Gales? Y una mierda. El tigre es ese flaco de ahí. ¿No le oyes rugir? Ruge el tigre y cada rugido es un verso/que penetra en las conciencias del pueblo/ruge Dylan y pestañeo/pensando que lo demás es un juego. Groarrrrrr. ¿Dónde está mi sirena? ¿Alguien la ha visto? Sí, yo también me enamoré. Pobre imbécil. Más, camarero, más. Me enamoré y me mudé a Nueva York y le rompí el corazón. Es lo que hacen los poetas, ¿no? Romper corazones en las pausas en que no se distraen recomponiendo los suyos. Después me acordé de ella. Le propuse que viniera. Le dije: casémonos, nena. Y ella ni siquiera contestó mis cartas. Paradojas, amigo. Probablemente se haya enjaulado con un funcionario del servicio de aduanas y reciba productos ingleses por navidad. Tendrá hijos terribles, amigo, hijos gordos y consumistas de esos que inundan la casa de llantos y gritos. Y yo sigo aquí, al pie del cañón, cabalgando el White Horse, intentando parecerme a Dylan, recitándole al mejor whiskey del mundo. Un momento. ¿Cuántos llevo, camarero? ¿Cuántos? Pues ten claro que no moveré el culo de aquí hasta llegar a diecinueve. Y no me mires como si fuera un lunático. ¿Acaso lo era Chin Gigante aunque muchos lo creyeran? Observa a ese tipo, amigo. Está tan asustado que sería incapaz de descolgar siquiera el teléfono para llamar a la policía. Parece un chimp? ¿Amigo? ¿Amigo?

Septiembre
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Emerjo del metro con una maleta para un mes. Bedford street, Brooklyn, Nueva York. En el avión ya he fabricado septiembre: si yo soy Woody, Mariel me esperará junto al puente. Llevo un papel arrugado en el bolsillo con varios números garabateados. Son la contraseña de mi bienestar. En cien metros escucho veinte idiomas. El ruido es música en la manzana más grande del Atlántico. Toco un timbre ennegrecido por la roña digital y una voz distorsionada me da la bienvenida. Gran santo, enorme seña. Como no hay ascensor, le pego un par de puñetazos a mi maleta, que redistribuye su peso a regañadientes, con un gemido sordo, y subo unas escaleras crujientes. Dos, tres, cuatro puertas le tapan la boca a dos, tres, cuatro apartamentos hinchados de gritos, radios, televisores, aspiradoras, pisadas cortas de niño y aceite de freidora. Planta tercera, puerta segunda, he llegado. Intento mantener una conversación matona con mi sudor, que aprende rápido y, faltón como un neoyorkino, me contesta que no tiene ninguna intención de disolver su sociedad con el calor. Antes de llamar, pienso en Jiminie Coltello, mi compañera de piso, una mujer a la que nunca he visto y a la que imagino de mil maneras distintas, todas benévolas en el peor de los casos. Puede vestir la piel de la hija rebelde de un gánster y seducirme bajo la amenaza latente de la pólvora. O ser una fotógrafa de guerra que se empapa de bohemia hasta su próxima caravana de sangre. Puede desfilar en la pasarela púrpura de París o estudiar económicas en Columbia. Tal vez sea una ninfómana, o una neurasténica, o una adicta a los fármacos. La puerta me silba. Eh, tú, ¿qué coño quieres?, así que llamo y escucho un choque de platos recolocados y a Jiminie que se acerca con una liviandad que elimina tajantemente el espectro de la obesidad y me atiborra de fantasía. La puerta se echa a un lado como un chulo cuando al fin te ve sacar la billetera y en el umbral se clava una figura breve, apenas metro y cuarenta centímetros, que me observa radiante. Confundido, arrastro la maleta al interior y le planto un beso en la mejilla tras dudar si tenderle la mano. Jiminie me hace pasar al saloncito, que además es comedor, cocina y casi dormitorio para invitados, y me dice que me siente y me prepara un café sin que se lo pida. La radiografío sin ningún pudor mientras ella me da la espalda aunque a veces lance un sondeo de reojo. No hay transición entre su tronco y sus caderas, que decaen en los tobillos como acumulándose en nudosas constelaciones. Sus brazos son cortos, su cuello grueso y su rostro ambiguo y grotesco, monopolizado por una nariz imposible que minimiza la asimetría de sus ojos y el contraste entre una barbilla redonda y puntiaguda y una descomunal papada. Lleva dos anillos en la mano derecha, ambos dorados, y me habla en un inglés de Brooklyn boicoteado por su voz de ardilla. Me hundo en el sofá abrumado por la fábula amasada durante meses. Jiminie Coltello es la negación de una expectativa. La soledad de Nueva York es la más concurrida del mundo, pero me siento radicalmente solo de repente. Jiminie trae una bandejita de plástico con dos tazas que humean y me la tiende con diligencia. Luego calcula bien la separación que nos merecemos y se sienta al otro extremo del sofá. Nos tanteamos con curiosidad, como animales, y crece en mí un sentimiento de ternura que intuitivamente atribuyo a sus propias radiaciones. Progresivamente, me avergüenzo de todas las falsas Jiminies almacenadas en mi vitrina del deseo. Le doy un sorbo al café y me sorprende no encontrarlo demasiado aguado. A los diez minutos comprendo que ella me cuidará a cambio de nada, el tiempo que sea, con esa sonrisa radiante empotrada en su extraña cara. Me levanto y abro la maleta sin ningún motivo y rebusco entre los pocos paquetes que traigo y desenvuelvo una botella de tinto y le digo que es un regalo y ella abre tanto los ojos que parece dispuesta a expulsarlos y rompe la distancia de seguridad y me abraza y revienta mis últimas reservas sin buscar nada a cambio.

Miedo, cloro y fuego
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Un salón en penumbra. Olor a tabaco. Varios libros esparcidos sobre una mesa baja. Una canción que viene y va, estando sin estar. En el techo, flotante, una extraña tristeza que nos mira con ojos líquidos. Aparto la vista de la suya y le hablo a la nada. Palabras apagadas, palabras frías con un poso de amargura. Me ausculto mientras me explico y apenas percibo algo más que una habitación vacía tapizada de polvo. Ése soy yo, concluyo sin asustarme. No entiendo su mirada. Nunca la he entendido. Lío un cigarrillo y noto cómo me tiemblan las manos. La canción ha vuelto un instante y me inyecta optimismo en vena. Amanecerá y la habitación estará iluminada. Echo la vista atrás. Qué larga es la estampa de mis pisadas, qué lejos quedan esos primeros pares de pies, cuánta fuerza se perdió por el camino. Estoy cansado. Cansado sin sueño. No me he dado cuenta, pero ella ya se ha ido. No volveremos a vernos porque cuando nos veamos seremos siempre transparentes. Tampoco importa. Y esa desgana me cansa aún más. Y entonces amanece y la luz baña el salón, que aún lanza al aire gargajos de tabaco, y me desperezo con un dolor sin forma que, con exquisita frialdad de mensajero, me explica que pasarán los días y nadie rellenará el cráter que mis pies calientes tantean a pocos centímetros de un sofá rojo cargado de magulladuras. La película que sigue no tiene escenas ni banda sonora, no hay actrices ni actores ni voces engoladas o escenarios. Dicen que la ceguera no es negra sino blanca, y blanco es ese carrete. Una noche, inopinadamente, vuelvo a estar en el salón sombrío, frente a ella, y el cráter desaparece y el cigarrillo vuelve a mis dedos sin temblar y la canción continúa sonando, y está estando, qué diferencia, y entiendo su mirada porque la llenan, ahora sí, palabras valientes que se aparean hasta formas frases hermosas y aceradas que se relevan para levantar un discurso. Ella termina y yo la espero porque quiero que hablemos a la vez. De nuestros labios brotan las mismas palabras. Primero, una tanda fatídica. Montaña rusa. Desazón. Miedo. Desconcierto. Después, un soplido reparador. El cloro, la playa, el fuego y las autopistas del tacto. Le pido que cierre los ojos. Le pido que tengamos un sueño común, que unifiquemos nuestro subconsciente. Acepta y aparecemos en una duna y detrás alguien canta un blues y delante rugen las olas y arriba se retan las estrellas y debajo nuestros pies se hunden en la arena. Pedimos dos cafés, estamos en Copenhage y alguien pincha un disco de José González que mata por amor. Coronamos la cima de un volcán a menos tres grados y vemos a lo lejos un lago sitiado por picos grises. Bebemos sake frío en Yanaka mientras la gente nos sonríe al pasar y una tumba protege nuestra lona azul. Aterrizamos en la cama envueltos en ese sueño dual que ninguno ha desbaratado todavía y el reloj gira sobre sí mismo para seguir como estaba y suena un bip y veo y miro y mi brazo le rodea la cintura y me extraña la proximidad, tan inhabilitada comúnmente en mi lenguaje físico. Abrimos los ojos. Miedo. Cloro. Montaña rusa. Fuego. Quiero decir algo, pero ella se lleva un dedo a la boca y pide silencio. Me dice ven. La canción es una serpiente que juega con nuestros cuellos. Me acerco y ya no sé si estoy despierto. Quiero preguntárselo, pero no me deja. Me dice bésame. Doy otro paso, y otro, y ya estoy allí. Cierro otra vez los ojos y absorbo su olor sin besarla aún. Su olor. Su olor es un paisaje. Bésame, escucho embriagado, pero finalmente desobedezco y congelo el instante con el mando a distancia porque albergo mis sospechas, porque no sé si estoy realmente allí o esto es sólo un papel que alguien pisará cuando lo encuentre, arrastrado por el viento, en una esquina meada del gueto.

Brigada de Desatascadores de Lisboa
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Sí, señor, como lo oye. Ya se lo he dicho. Me llamo Joao Borba, sí. De la brigada de Desatascadores de Lisboa, exacto. Se lo repetiré las veces que haga falta, pero el contenido de mi explicación no va a cambiar por su insistencia. Y me parece que la realidad tampoco. La centralita recibió una llamada de la señora Catarina a primera hora. Nos explicó que su váter no tragaba. Lo que en la brigada consideramos una situación rutinaria, señor. Yo estaba tomando un café en el Barrio Alto con mi amigo Pedro. Pura casualidad, ya sabe, uno está de servicio entre casa y casa y hace una pequeña pausa para saludar a un hermano. La mujer y los hijos bien, pero tiene reuma y ha perdido el cincuenta por ciento del oído izquierdo. Aún le da para el fado, algo es algo. Decía que andaba por ahí, apurando un café con mi primo Paulo, cuando va y me suena el busca y apunto la dirección de la señora Catarina y me despido apresuradamente y ya pienso en la misión cuando justo me choco con Gilberto, pobrecito, mi cuñado tuerto. Menudencias, señor. El caso es que aparecí en el domicilio de la citada señora minutos después del mediodía. Sigo aquí, afirmativo, señor. Y la señora se encuentra bien, aunque eleva la voz un poco más de lo recomendable. Claro que recordar es importante, señor. Claaaaaro. Cuantas veces quiera: me puse los guantes, coloqué mis herramientas sobre una toalla para no estropear el suelo y le pedí a la señora Catarina que se apartase un poco. Es muy voluminosa, la señora Catarina, pero omita este detalle en su informe, se lo ruego. ¿Quién se anda por las ramas? No, señor. Me puse los guantes, flexioné los dedos y levanté la tapa para tener una visión panorámica y cenital de la taza, según el procedimiento reglamentario. No quisiera sonar vulgar, señor, pero esperaba encontrarme un inmenso mojón. La gente mayor caga a lo bestia, sin control alguno. Pues bien, allí no había mojón alguno, lo que había y sigue habiendo es una mano, señor, una mano con un reloj y un anillo y una manga y lo que parece ser un brazo que se pierde en las profundidades de la tubería. Por supuesto que he tirado de ella. Un desatascador debe estar preparado para todo. Pero no sale, señor, no hay manera de que salga. La señora Catarina opina que ahí dentro hay un hombre entero. Pues claro que está muerto. No soy forense, señor, pero su reloj está en hora, así que seguro que estaba vivito y coleando no mucho tiempo atrás. ¡Y yo qué sé cómo ha llegado al váter de la señora! Igual se estaba duchando y se escurrió por el desagüe. O estaba en la playa y lo succionó el túnel de una de esas depuradoras. Igual traspasó una puerta dimensional y a la vuelta se equivocó de pomo. ¿Cómo que qué pienso hacer? Pues traspasarle el asunto a la autoridad competente, señor, que es usted mismo. ¿Y cómo quiere que recupere el cuerpo? No, no, no. Eso tendrá que negociarlo con la señora Catarina. Yo no voy a martillear ninguna loseta. Es un material caro, ¿sabe? Y la gente mayor, aparte de cagar muchísimo, tiene el corazón sensible. ¿Qué cuál será mi versión oficial? Obstrucción de mano y antebrazo con anillo, reloj y manga. Imposibilidad de desatascar conforme al procedimiento reglamentario. Remisión del asunto a la autoridad competente. ¿Qué espere hasta que llegue el inspector Cordeiro? Verá, señor, doña Catarina está perfectamente. Muy entretenida. No para de inventar teorías de lo más disparatado. Perdone que baje la voz; aquí las paredes son de papel. Y además, yo tengo varios asuntos familiares pendientes. Eso es, señor, de vital importancia. Un sobrino huérfano, el típico drama. No se moleste, tendré el busca apagado. Un problema de batería, señor. Dosificar o morir. Vaya historia, ¿no le parece? Si fuera más cachondo le habría pedido la hora. Qué va, la señora no le tiene ningún miedo. Yo creo que le molesta que una mano haya atascado su váter. No me extrañaría que intentase arrancarla de cuajo. ¿Vigilarla? Eso es inviable, señor. Asuntos de vital importancia. Más vale que su inspector apriete el paso. Nunca se sabe con esta gente mayor. ¿Qué? No le oigo, señor. La señal. ¿Señor? Que se va. Se va. Se fue.

El reflejo negro
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No. Esta noche el frío y el viento tampoco van a avisarme cuando desplieguen su lengua inmensa sobre el campamento. Salgo de la ducha y me seco como puedo y rebusco en la tienda de campaña y vuelvo a salir a esa noche a medias del verano islandés. Alzo la vista y contemplo ese cielo ambiguo y ese entorno abigarrado donde los glaciares, las montañas peladas, la tierra de volcán y los ríos bravos conviven sin partirse la cara. He rescatado mi kit de fumador ocasional, busco un banco de madera y me pongo a liar un cigarrillo con los dedos atontados por los caprichosos saltos de la temperatura. El aire te entra tan desnudo que cada inhalación parece curarte. A unos metros, los otros preparan el infiernillo para el menú habitual: salchichas, pasta y puré. Una botella de pacharán refulge un instante y vuelve a apagarse. Trago un poco de humo y siento el pecado del desprecio al aire desnudo que parece curarte. Insisto en buscarle una explicación al cielo, pero no me salen los colores. Cierro los ojos unos segundos y vuelvo a abrirlos. Sigo aquí, no es un sueño. Justo cuando creo aproximarme a algo parecido a la paz interior, un reflejo negro me sacude las entrañas. Es un viejo conocido, ese reflejo. Aparece poco en mi vida, hiberna furiosamente, pero a veces se manifiesta, y cuando lo hace, siento el pinchazo del miedo. Ha venido a verme, el reflejo negro, y me cuenta que mi abuelo ha muerto en Cádiz, a muchos kilómetros de distancia, y yo soy tan estúpido que cierro otra vez los ojos y me centro en las caladas y sus pausas, en el olvido que genera ese ritual y que podría permitirme, si el reflejo negro no fuese tan implacable, considerar su presencia una simple fantasía preñada de melancolía y autodestrucción. Pasan dos semanas y estoy en el aeropuerto, recién llegado a casa, y mi madre respeta la tradición del encuentro inmediato tras las vacaciones y me espera en la terminal y se mezcla con otras madres que también esperan con la misma sonrisa incondicional. La beso y lanzo el suspiro del aventurero urbano en su áspero reencuentro con la madriguera de todos los días. Llamamos al ascensor y esperamos sin mirarnos. Dentro, en la claustrofobia de la caja metálica, levanto la cara y la veo y lo comprendo todo, porque su cara siempre es un mapa exhaustivo. Elevándonos, hablándonos sin hablar, me desdoblo. Estoy en Sevilla y en Islandia, fuego y hielo, suciedad y pureza, ciudad y desierto. Suena el ring del ascensor y mis dobles se unifican y me toco la barriga porque sé que ahí dentro, incubando su próxima mala noticia, dormita el reflejo negro. El abuelo ha muerto y no le he dicho adiós. Una culpa muy perra toquetea mis debilidades. Quizás el reflejo negro no sea tan despiadado, al fin y al cabo. Quizás sólo actúe como un transmisor asociado a la sobriedad. Quizás me haya permitido tenderle un hilo final a Cádiz en el momento adecuado, cuando de ninguna otra forma podría haberlo logrado. Me subo al coche, donde espera el resto de la familia. Nadie habla, todos esperan mi reacción. Decido hacerme fuerte y dilatarla hasta llegar a casa. A la pena uno se adapta mejor solo. Porque a la pena hay que decirle lo que uno piensa.

Caramelos
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Ahí está el hall de la estación, con sus paneles de llegadas y salidas, el puesto de flores, los señores con sombrero y gabardina, los pillos y los limpiabotas, los niños con globos y caramelos y esas mujeres solitarias que siempre tienen cara de esperar a alguien especialmente decisivo. Yo podría ser, y de hecho soy, aunque con matices, una de ellas. Mi marido viene en tren desde Barcelona. Trae los papeles del divorcio, inexorables desde que me atreva a firmarlos, quizás allí mismo, apoyada en la pared para no derrumbarme, aunque él insistirá en que desayunemos juntos y hablemos con voces de velatorio, viéndonos pasar, cavando la zanja casi sin darnos cuenta, mientras el café se enfría. He imaginado esta escena cien veces. He endurecido mi corazón con toda clase de trucos, al menos para que hoy no estalle en mil pedazos. Frente al espejo, me he mirado a los ojos dos mil segundos hasta saber quién hay detrás, dentro de mí, y he rogado a ese espíritu cuya llave son mis ojos que me acompañe, que no me traicione, que mastique la escena y la guarde después en un refugio nuclear cuya puerta nadie nunca pueda volver a abrir. Trae los papeles de mi vida pasada y futura y un ciclón de sentimientos y augurios me revuelve el alma y me deja sin aire en los pulmones. Sin mover los labios ni derramar una sola lágrima, río y lloro y siento cómo la esperanza y el miedo golpean mi pecho, pero al final sólo me fijo en los sedimentos, en los rescoldos que quedan cuando el fuego se apaga, y me siento tranquila. Es una tranquilidad fría como la nieve, azul como un cielo soleado de invierno, áspera pero saludable. Un muchacho desenrolla los periódicos que vende y me da tiempo a intuir un titular que me aferra a este mundo. Espero. Espero que los minutos trepen en el panel de las llegadas y suene el pitido de la locomotora y baile un penacho de humo. Se abrirán las puertas y muchas Marilyn caminarán como si fueran dulce de membrillo y los hombres las mirarán y yo los miraré a ellos, a ver si encuentro en alguno, fugazmente, el rastro de esperanza que me permita mantener el equilibrio. Mi marido se acerca, kilómetro a kilómetro, con el certificado de defunción de una apuesta lejana. Inesperadamente, esa certeza, la de su proximidad física, me colma y me calma. Ninguna tempestad ruge bajo mis pies; sólo noto el piso plano de una llanura rastrillada y sin polvo. Me han bañado con granito. Y descanso, al fin descanso mi ingravidez. De repente, una voz desconocida me llama por mi nombre, sin señora ni apellidos ni formalismos de ninguna clase. Doy media vuelta y un señor de mediana estatura me sonríe con los dientes ocultos tras un espeso bigote de canas. Inmita, repite, y yo no muevo ni una pestaña y por si acaso aprieto el bolso y doy un paso atrás. Inmita, dice por tercera vez, y entonces echo un vistazo a mi alrededor en busca de un policía, el bolso casi empotrado en mi estómago, incapaz de moverme un milímetro más. ¿No me recuerdas?, pregunta antes de tenderme una mano lisa como el mármol que finalmente acepto sin desprenderme del todo de esas capas de alerta y desconfianza. Soy don Julián, me cuenta. El hombre que te regalaba caramelos cada mañana cuando tu mamá te llevaba al cole. Don Julián recuerda la cara de una niña de cinco años que ahora tiene cuarenta y espera a su marido para decirle adiós. Un pasado más antiguo interrumpe mi más reciente pasado y dos vías se mezclan y confunden mi infancia y mi madurez y el dolor del fracaso tiñe las huellas de mi inocencia fósil. Don Julián se queda petrificado. ¿Qué te pasa? Y va y me acaricia el hombro con una cara de preocupación muy, muy grande. Y yo rompo a llorar como una niña de cinco años y entiendo que ya no tiene remedio, que estoy desnuda en mitad del hall de la estación, que tendré que improvisar sin maquillaje. Don Julián me mira pensativo, me ofrece un pañuelo, rebusca en los bolsillos de su abrigo y saca un caramelo arrugado con una expresión tan absoluta de victoria que no me queda otra que sonreír y hacerlo con la misma convicción con que hace un instante lloraba.

Muerte en el puente de Brooklyn
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Acabamos de doblar Water Street a la izquierda para entrar de lleno en el puente de Brooklyn. El atasco es de tres pares de pelotas. Suena la emisora del hospital y Walter nos comenta, menuda puta casualidad, que hay una emergencia justo en mitad del puente. Dominic, ese francés hijo de perra, enciende las sirenas, y ambos nos ponemos los cinturones y nos repeinamos como si fuéramos en un jodido descapotable. Agosto, Nueva York, hace un calor endemoniado. ¿Qué esperaban? Aunque el climatizador funciona a todo trapo, bajo mi ventanilla para oler el mar y sentir más de cerca el cuerpo de nuestra misión. Aprendes a relativizar, con el tiempo. Un matrimonio se muere a varios cientos de metros, pero nosotros no podemos hacer demasiado. El atasco es monumental. Cinco carriles por sentido y todos hasta la jodida patilla. Está muy bien que las sirenas se desgañiten, así destrozan el tímpano a los capullos que no se aíslan adecuadamente; lo que no consiguen las muy putas es generar espacio, ensanchar nuestro hilito de asfalto. Unos tíos se están muriendo allí en medio y nadie, ni siquiera nosotros, puede esquivar el embudo. Se lo digo a Dominic, que cabecea una canción de mierda con sus cascos de mierda, actitud radicalmente ilegal, por otra parte. Se lo digo: ni siquiera el condenado presidente podría modificar el estado de la cuestión. Sí, me gusta soltar este tipo de frases. Es bueno que mis interlocutores sean conscientes de que leo el New York Times, joder, ni que vivir en una ambulancia implicara lo contrario. Añado: ostia, Dominic, está bien que te protejas contra el dolor ajeno, pero estás escuchando puto rap de las Antillas y dos blancos se desangran entretanto con las piernas amputadas y los dientes clavados al salpicadero de un Cadillac. Una enorme mierda de gaviota interrumpe nuestra conversación, o mi monólogo, y Dominic reacciona ágilmente activando el limpiaparabrisas. Se quita los cascos de mala gana y me dedica una mueca ofendida. Joder, negro, no te pongas así, ya sabes cómo es el negocio y cuánto nos cuesta desconectar. Tiene razón. Nos cuesta un mundo desconectar. Las sirenas chillan y nuestras inversiones en indiferencia se van quedando en nada conforme la silueta de la impotencia crece. Conocemos al dedillo nuestra misión, y ni siquiera la repetición del fracaso, la estrechez de este maldito puente o el olor del Atlántico mezclado con monóxido de carbono nos consuelan una mierda. Cargamos con un fardo de amargura. Y lo digo no sólo porque lea a Auster o porque de pequeño mi abuela me regalase varios libros de Morrison y Mosley, sino porque es la verdad pura y dura. Avanzamos muy despacio y los cláxones se anulan unos a otros y los gritos desgarradores de esos dos blancos taladran nuestros oídos poco a poco, cada vez con más nitidez. Procuro pensar en Coney Island y en mis chicos, en unas Bud y en el cielo naranja del anochecer en la playa. Tarareo mis canciones preferidas, sin cascos, más aseadamente que el jodido de Dominic, y endurezco la mirada y aprieto el mentón para contener ese puñetero amago de llanto que, no sé por qué, aún a veces amaga con destrozarme en plena faena. Miro el reloj y han pasado tres horas. ¡Tres horas! Al fin llegamos. Un montón de gente atrapada entre carrocerías que reverberan. Sus pieles huelen a quemado. Es el sol. O el olor del pellejo de ese matrimonio que ya no se mueve tras el cristal. Bajo yo primero, luego se acerca Dominic, que se tapa la nariz con un pañuelo cuando los ve ahí dentro, tiesos, momificados. Nos ponemos las caretas de hombres duros y apartamos a los demás a empujones. Dominic da media vuelta y busca la camilla, cubierta de sábanas blancas, qué color tan puto para un muerto. Yo abro la puerta del conductor y desabrocho el cinturón de seguridad del varón de raza blanca, cincuenta y seis años, metro setenta, ochenta y tres kilos que mira al techo con la boca abierta y los ojos cerrados. Compruebo su pulso. No creo en los milagros, es sólo que tampoco sé qué otra cosa hacer. Un manojo de sirenas se escucha a lo lejos, en las extremidades del puente. Si quieren, tardarán tres horas en llegar. Y nosotros otras tres en huir.

Tuyos son mis ojos
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Acaban de arrancarme los ojos y me han llevado del brazo a la zona de exposiciones. He escuchado cómo crujía una caja y un señor me ha dicho que ya está, que elija tranquilamente mi par favorito, que él estará mientras por ahí, dando una vuelta, atento a mis órdenes. A tientas, toqueteo distintos pares de ojos y una voz sin un origen definido me explica sus características. Ojos azules, marrones, café, verdes; ojos rojos y amarillos. La voz me molesta ligeramente porque añade pequeñas frases prefabricadas a cada movimiento mío. Buena elección, caballero. Esos ojos realzan el color de su piel. O le dan a su mirada un aire ausente muy seductor. Escojo para empezar unos ojos amarillos (color miel, caballero) y se me acerca una azafata diligente y silenciosa que me los coloca en apenas unos segundos. Parpadeo un par de veces y el vacío negro da paso a una habitación blanca con un sofá en medio y una mujer tumbada que me observa sonriente mientras un cigarro se le consume sin prisa ni pausa entre los dedos. Me fijo en sus dientes y en sus cejas. Hace calor. Y huele a gazpacho. Inmediatamente paso a una propuesta bicolor donde conviven el caoba y el verde. Estoy en un depósito de cadáveres. Coloco etiquetas en los pies de los muertos y pienso en la hora del almuerzo y en costillas de cerdo y salsa barbacoa. Olvido el verde y el caoba y me inclino por el celeste y de repente camino junto a un glaciar y el viento me corta la cara y unos turistas agitan las manos desde la cima de una montaña que suma tantos colores que parece pintada. Paso al negro y entonces me derrumbo en una chabola con tejado de chapa y sostengo tembloroso una jeringuilla que quizás, con el pulso suficiente, me eleve al cénit del chute. Con el iris rojo empuño un cuchillo de carnicero y lo alzo amenazante y un hombre muy ridículo con cara de comadreja y cuello de avestruz implora sujetando con fuerza mis tobillos y yo lo aparto de una patada y busco con la punta de mis botas sus dientes y oigo el chasquido de una mandíbula rota y descargo todo el peso de mi brazo en su cráneo con un placer que me asusta. Un barco en el Mediterráneo, velas plegadas y noche de luna mora, es el par violeta. Ella me mira como si fuera a blindar una promesa, pero ambos sabemos que todo es mentira. Naranja en mis órbitas y me dirijo a miles de personas desde un estrado vigilado por guardaespaldas con pinganillos y gafas de sol kilométricas y exhibo los trucos de la dicción y la telegenia y calumnio y engaño y propongo un saco de cosas en las que jamás he creído, pero la gente aplaude y corea y el pecho se me inflama y comprendo que siempre tendré razón. El rosa es un adolescente que quiere ser mujer mientras palpa el tamaño de su miembro y llora tan desconsoladamente que con cada lágrima se le va un pedazo de alma. Me quito el último par y lo dejo caer al suelo. La azafata se agacha apresuradamente y emite una especie de bufido censurado, el suelo, polvo y pisadas. Silbo y resurge el señor que me trajo del brazo hasta la zona de exposiciones. Le pido que me devuelva mis ojos. Unos instantes de silencio y una orden en voz baja y unos pasos que se alejan y que vuelven al cabo con un estuchito donde flotan mis ojos, que no son ni marrones ni azules ni rosas sino mucho más indefinibles porque tengo cataratas, miopía y astigmatismo y el color original quedó sepultado por todas esas deformaciones. La azafata me los coloca en apenas unos segundos y regreso a mi habitual celosía. Trago aire y ensayo mentalmente unas palabras y me lanzo y doy las gracias por el tiempo invertido y la atención prestada y añado que mis ojos son terriblemente imprecisos pero también entrañablemente familiares y que el rosa, el negro, el marrón verdoso y el amarillo son enormes opciones para cualquier persona atrevida e inquieta pero que yo soy como soy, un tipo plano y ramplón sin la ambición necesaria. Digo adiós y me marcho y a mi espalda florece un murmullo y otros clientes abren cajas repletas de ojos y parpadean satisfechos y sacan sus tarjetas de crédito.

Diario del Pelusa
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13 de mayo. Finalmente, he descubierto el secreto. La pelusa que se mueve con demasiada frecuencia bajo mi caballete es en realidad un ratón. Por una vez, he sido rápido y menos miope de la cuenta y lo he visto, a dos patas, frotándose las manitas y mirándome fijamente. 17 de mayo. La pelusa es el Pelusa. Y no me da asco. Detecto cierta sintonía entre nosotros. Dejo que corretee bajo mi caballete y entre mis piernas y mientras quemo mis apuntes de Biología y de paso también mi vista. 18 de mayo. He decidido mantener abierta la puerta de mi cuarto para que el Pelusa sienta que tiene espacio suficiente para ir a su aire. Quién sabe, quizás le puede la claustrofobia. Y a mí me gusta ser amable. 25 de mayo. Su residencia oficial está en las entrañas de mi armario, un agujerito insignificante que me impide ver más allá. Igual el Pelusa tiene cocina, despensa y dormitorio. Igual el agujerito apenas penetra cinco centímetros en lo desconocido. 26 de mayo. Me preocupa su espalda. ¿Está preparado para colarse por esas rendijas sin peajes de futuro? Como medida de refuerzo, mantendré abiertas también las puertas del armario. Me gusta ser solidario. 1 de junio. Hemos preparado una comida familiar y han venido tíos, primos y abuelos. He guardado un poco de queso para el Pelusa. Y lo he echado en falta. Quizás haya asomado el hocico desde su agujerito. Pero le asustan las multitudes. Cuando todos se han marchado, he entrado en mi cuarto y he cerrado la puerta. He colocado el queso junto al agujerito. Al rato, me ha entrado sueño. El queso seguía ahí cuando apagué la luz. 3 de junio. Llegan los exámenes finales. Quemo apuntes y parpadeo y me rasco las pelotas de los nervios. Hoy no he visto al Pelusa. Y la verdad es que me decepciona esa especie de deslealtad. 5 de junio. Dos exámenes menos. He vuelto a casa tarde y muy cansado. Creo que aprobaré. Me he echado en la cama para leer un par de cómics. Me pareció que algo se movía en el suelo justo antes de que el sueño me matara. 6 de junio. Acabo de levantarme y ya se ha ido el sol. Pongo un casete mal grabado de Soundgarden y estiro el cuello para que crujan los engranajes y echen a andar. Me siento ante el caballete y aparto los apuntes y comprendo que ese claro que queda en mitad de la madera simboliza todas mis aspiraciones. 7 de junio. Me parece imperdonable lo del Pelusa. ¿Se habrá emparejado? ¿Preferirá otro agujero? 8 de junio. He cenado solo en casa. Duna, nuestra perra, se ha mostrado extrañamente distante, o tal vez ensimismada, y me he acercado a acariciarla y he notado que masticaba algo, y en casa le hemos enseñado que no se mastica cualquier cosa, y la he obligado a escupir lo que quiera que tuviera entre dientes, y ha caído al suelo una especie de guiñapo, una masita de carne y huesos que ha resultado ser el Pelusa. 8 de junio. Pienso en esa boca torcida y en esos ojitos cerrados y lívidos, en la sangre y en el cuerpo deshilachado. Se me han saltado las lágrimas. Me gusta sentir. 9 de junio. Le he preparado una ceremonia de despedida. Dormirá para siempre en una lata de berberechos tamaño extragrande. Le he amarrado una flor con hilo de pescar y he grabado su nombre en la lata con una navaja multiusos. Voy a enterrarlo en el jardín, entre arbustos, para que sus genes los absorba la tierra y con ella los gusanos y las polillas y toda la secuencia evolutiva que ustedes quieran plantear. 10 de junio. He visitado su tumba con una radio a pilas. He buscado una emisora de música clásica. Ha sonado algo muy triste y me ha parecido muy apropiado. 11 de junio. El caballete vomita apuntes. O los numero o me pierdo. Me cuesta concentrarme. A veces noto algo abajo, entre mis pies, y echo un vistazo rápido confiando en que el Pelusa haga de las suyas. Pero abajo no hay nada, ni siquiera pelusa de verdad. 12 de junio. Le he dicho a papá que tape el agujerito. Me molestaría que otro ratón lo ocupe y yo me encariñe y una noche cene solo en casa y aparezca Duna y se muestre distante, o más exactamente ensimismada, y note cómo mastica y la fuerce a escupir un cuerpito gris y tenga que buscar otra lata de berberechos extragrande y otro hueco en el jardín y otra canción en las ondas. 18 de junio. He terminado los exámenes y me he comprado un billete de bus a la playa.

Cumpleaños feliz
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Estoy en mitad de la calle con un ramo de flores. Cuarenta y cuatro grados, el sudor que florece, el portal pequeñito con grietas en las paredes. Me he duchado, afeitado, peinado y perfumado. Radicalmente estilizado, luzco mis mejores blasones. Nadie puede verme, la calle está desierta. Escucho cómo las moscas se disputan una porción de aire caliente. La basura se superpone a mi colonia, codazo a codazo, bocado a bocado, y se me instala en la nariz muy decidida a quedarse. Cuarenta y cinco grados y la espalda mojada. En la esquina se descompone una mierda de perro. Creo que las flores no sobrevivirán, algunas se doblan por la tortura. Voy a canturrearlo una vez más: cumpleaños feliz, cumpleaños feliz. Sigo desafinando. Y no tiene remedio. Uno no aprende a cantar. La voz se tiene, no se obtiene. Venga, prueba de nuevo, ahora más bajito: cumpleaños feliz, cumpleaños feliz. Caen al suelo un par de pétalos. Tendría que haber comprado margaritas en vez de rosas. Me queman los pies, me chorrean las manos. El portalito me mira curioso. Supongo que no me entiende. No sé si voy a llamar. Me siento ridículo aquí en medio, cargado de flores, tieso como un tótem, enjuiciado por la nada. Primero efe. Lo recordé por la efe de fracaso. Suena a madera podrida y a hierro oxidado, fracaso. Suena a canción mal entonada. Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz. Un comando de gotas de élite se desplaza espalda abajo, camino de la rabadilla. Me retumban las sienes. Las moscas no se cansan. Lo pasan bien, las moscas con sus pleitos. No sé qué me pasa. Es como un gas que te aprieta. No me suelto, no empalmo dos pasos. Un entrenador de la estima me diría que llame al telefonillo y suba las escaleras y entregue las flores y cante lo convenido y luego espere a ver qué pasa. Pero yo no sé cantar ni tomé clases ni aprendí cómo dejar de sudar o cómo sujetar las flores sin que pierdan sus pétalos. Levanto la vista, primero efe, y me veo reflejado en una ventana abierta. Qué gordo estás. Y qué arrugado. Y qué horribles son tus zapatos y qué poco se entienden tu camisa y tus pantalones y ese cinturón sin fuelle. Cuarenta y seis grados y doy un paso atrás. Todo sería más fácil en la playa, o en un puente colgante que separa dos pulmones de selva, o estando flaco y depurado, o contratando a una banda de mariachis. Sí, sería más fácil, pero no más estoy yo y estas flores deprimidas y esta calle polvorienta donde las moscas danzan y las mierdas se evaporan. Y está ella, arriba, ajena a mi tribular, con una ventana abierta que me dice que soy feo y sudo y me muero por saber cantar apenas un cumpleaños feliz, cumpleaños feliz que la alegre o al menos la conturbe, porque la inquietud es mejor que la indiferencia. Cuarenta y siete grados y tengo sed y me pica el cuello y proyecto una escena con mariachis y comprendo lo chingones que son y lo poco que me gustan, yo detrás, en segundo plano, y ellos lanzándole guiños alegremente, como si el protocolo fuera una colilla que se pisa y se mata sin derecho a esa chispita final. Me queman las manos, me chorrean los pies. ¿Cómo era esa canción que me animaba cuando me sentía ruinoso y alelado? En verdad no importa. Tampoco la sabría cantar, ni con la garganta ni con la memoria. Miren, pensándolo bien, yo me voy a marchar. Ya le dejo el ramo acá, en una esquinita, acostado como un bebé, para que se lo recoja la telepatía. Yo vendré otro día, ahorita se me fue la onda, y pasaré por la esquina y comprobaré que ya no están las flores y sabré que alguien las recogió y las puso en un jarrón con agua y las vio todas las mañanas durante un tiempo, hasta que murieron y se apagó el cumpleaños feliz que entono mientras me alejo, envalentonado por la derrota y la distancia, seguro de que cada paso me aleja del daño y me hace menos feo, menos gordo, menos calvo y menos torpe de lo que me siento. No me compadezcan. Llegaré al apartamento y enchufaré el ventilador. Abriré una chela y como que se me aclarará todo y entonces me acercaré a la ventana del living y se lo gritaré al barrio, a ver si me empuja, el barrio, y le lleva el mensaje a ella. Cumpleaños feliz. Cumpleaños feliz.

Manías desde el catre
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Honestamente, no me considero un maniático. Es sólo que necesito unas pautas orientativas. Ahora, por ejemplo, me revuelvo en la cama porque no sé qué hacer con mi brazo izquierdo. Si duermo bocabajo, procuro acercarlo a la almohada, pero entonces me duele el codo. Si trazo una línea paralela al tronco, también me molesta el hombro. No soy maniático, pero necesito saber cómo colocar mis brazos cuando duermo. Ahora, por ejemplo, me revuelvo en la cama pensando en la final del Mundial. Sueño que la hemos ganado aunque no me quede claro, en este velo nebuloso de la subconsciencia, si la hemos jugado siquiera. Pienso en Piqué y en Iniesta, canto un gol de Villa, me imagino al Santo sacando una mano de oro y fuego. No soy maniático, pero prefiero colocar mi nueva cámara de fotos en la mesa del comedor, despiezada e inerte, hasta saberme capaz de leer las instrucciones. Pienso en primeros planos y retratos en blanco y negro. Pienso en ella bien encuadrada, guasona y con la nariz pequeña porque su nariz jamás será grande, menuda ocurrencia, vaya mal gusto. A veces, incluso, pienso que pienso. Y procuro pensar una historia suficientemente buena, una que toque la tecla y me abra las puertas del sistema. Pero no me considero un maniático, así que a veces dejo de pensar en ello y tan solo me dedico a improvisar y a calcular cómo sonarían mis palabras si fueran notas musicales y alguien tuviera a tiro una trompeta. No me considero un maniático, pero aquí sigo, revolviéndome, ligeramente peleado con las sábanas, y atento, muy atento al zumbido del aire acondicionado, que no sé si me envenena o me resfría o me abate o tan sólo me distrae. Aquí sigo, en la cama, primera fila, sección espectáculos transversales, antología de lo híbrido. Pienso en un patio zen y en un ryokan en Nagano y en la percusión oriental de un jardín nevado donde dos mujeres se rebanan la cabellera. Pienso en un indio con ojos de mapache que me llama estúpido hombre blanco antes de escupir hierbajos en mi herida. Pienso en una esquina oscura de Harlem y unos zapatos de charol. Como no soy en absoluto maniático, me olvido por unos instantes de mi codo doliente y proyecto en el techo (recuerden que sigo en la cama) un mapa tridimensional de Portugal. Sagres, Carrapateira, Zambujeira. Como para nada soy maniático, bebo agua de un biberón de ciclista, camino descalzo, compruebo la temperatura ambiente y apago la luz con la izquierda (soy diestro salvo cuando se me olvida). Vaya. Me duele el brazo. Por debajo de la almohada no sirve. Quizás si trazo una uve. O lo enrollo bajo el pecho. A todo esto, ¿por qué siempre me molesta el mismo brazo? ¿Qué pasa con el derecho? Por razones puramente democráticas, considero imprescindible que ambos brazos intercambien equitativamente sus roles en la balanza del placer y el sufrimiento. Si no llegan a un acuerdo, tendré que hablar con ellos. Sí, sí, sigo en la cama. Miro el despertador y aún quedan dos horas. Se lo agradezco a quien corresponda: al tiempo, al dios de la pereza. Pienso en un montón de banderas y en un pulpo y en un galgo negro que se acerca y me mira sin mirarme, tímido y dócil, un atleta tranquilo sin ganas de revivir problemas. Pienso en una pasarela flotante, y en un monasterio capturado por una chica de ojos rasgados, y en la textura de aquel salmorejo, y en un Wallander alcohólico y putero que tiene que reaccionar, joder, reacciona, amigo, te necesitamos. Pliego en cuatro tiempos las servilletas, evito las calles estrechas, hablo en catalán cuando tengo prisa y en italiano cuando me enfado, lanzo conjuros, canto baladas, plancho camisas, robo cerillas, colecciono tallos de coliflor, me muerdo las uñas, vuelo como si buceara, me rasco los ojos, me lavo las manos, camino rápido, calculo despacio, informo e invento, doblo los brazos, extiendo las piernas, beso sin ver, abrazo sin respirar, pero, honestamente, no me considero un maniático.

Efecto Terciopelo
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Quizás no se trate tanto de medir el impacto de una victoria deportiva en el campeonato de la economía -mucho más largo y exigente-. Quizás, simplemente, se trate de recuperar la autoestima y reafirmar la vieja y abandonada máxima de la unión como factor de fuerza. España es, en la correlación habitantes-éxitos, la primera potencia del mundo. Colecciona triunfos en las principales disciplinas por equipos (fútbol, baloncesto, balonmano) y también en la romántica y racial toma individual del deporte (Nadal, Lorenzo, Contador). Sea por cuestiones genéticas, ambientales, psicológicas o alimentarias, el país cuenta con un producto líder que el resto del globo a menudo envidia y alaba. Y ésa es probablemente la veta del mejor paralelismo posible: si el talento y el esfuerzo propician un producto tan salvajemente ganador, y añadimos como vector adicional la inspiración, parece claro que España debe aspirar a más en todo aquello que no ha sabido hacer tan bien. Y el económico, ay, es hoy un campo de minas donde los inspectores rivales (el bloque anglosajón más Alemania, básicamente) procuran desgastarnos cada vez que pueden.

Con una buena red bajo el trapecio, es decir, con una Administración decidida a eliminar burocracia y facilitar aventuras emprendedoras, el sector privado podría asumir el reto del campeonato del mundo. Las excepciones pasarían a ser norma. Irrumpiría la marca-país, esa cantera tan ridículamente explotada en comparación con Italia (diseño), Alemania (motor) o Francia (moda) -y fíjense que en los tres casos los ejemplos son perfectamente intercambiables-. Aprenderíamos a hacer dinero sin renunciar a la calidad, como Terciopelo Rojo suma estrellas sobre el escudo sin soltarle el cepo al jogo bonito. Definitivamente, los empresarios han de ser como Del Bosque, un hombre preocupado por la felicidad del colectivo, el equilibrio entre artistas y currelas, el prestigio, la memoria colectiva y el resultado sin resultadismo. O quizás pedimos demasiado. Quizás nuestros genios del deporte sólo sean el envés de nuestros míseros de la economía.

Dos musas y un galán
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Hola. Soy Jack Lemmon. Muchos de ustedes habrán oído hablar de mí. Incluso puede que me hayan visto en el cine o la tele. Sí, exacto, ese tipo que hacía el ganso bastante a menudo y bastante bien. Ya saben que me he retirado, claro. También que he muerto. Escribo desde un lugar indeterminado, pero no me pregunten más, porque hay secretos que uno debe descubrir solo. Yo quería hablarles de dos mujeres a las que recuerdo insistentemente. Entiéndanme, aquí, en este lugar indeterminado y amorfo, es muy fácil aburrirse. Seguro que adivinan cuál es la primera. Muy bien. Shirley. Disfruté mucho a su lado. Creo que llegué a enamorarme. En la pantalla, me lo hizo pasar mal. Le prestaba mi apartamento para que se acostara con otro. Qué contradicción. Tantas mujeres en el rascacielos de aquella maldita empresa y justo me fijo en la que se beneficia el jefe. Cuando era puta en París las cosas se suavizaron. Digamos que ella cuidaba de mí. O eso creía, porque en realidad era yo quien cuidaba de ella. Da lo mismo. Me gustaba ese desequilibrio tan equilibrado. Disculpen si sueno presuntuoso, pero estoy convencido de que ignoran cuál es la segunda dama. Les dejo unos segundos de cábalas. Nada, ¿verdad? Venga, lo soplo en confianza: Monica Vitti. Hagan memoria. Perfecto. Ahí está, en Roma. O en un yate. O en un desierto rojo. Es preciosa, ¿verdad? Tiene cara de felino y voz de sirena. Es mejor amarrarse al mástil para contemplarla sin sufrir. Nunca pude trabajar con ella. Aún me tiro de los pelos al pensarlo. No es que Billy haya dejado de parecerme divino, pero me gustaba ese tío, Michelangelo. Europa, cine de autor, ya saben. Podría haber saltado el charco, podría haber comido pizza y descorchado un buen vino en alguna terraza estrecha del Trastevere. La habría mirado tanto que probablemente hubiera desgastado sus ojos negros. No te enfades, Shirley. Tú eres especial. Siempre serás esa princesa frágil, esa muñeca lista, ese emblema de los amantes heterodoxos. Prepárense, que llega una confesión. También pienso en un hombre. Como lo oyen. Buceen en la videoteca. Yo me llamaba Jerry. Y después Daphne. Tocaba el contrabajo. Me travestí para borrarme del mapa una temporada. Ya conocen la historia. Se me cayó un zapato y apareció él. Osgood Fieldieng III. Ridículo y descarado. Bajito y muy feo. Millonario. Bufón. Galán de medio pelo. Sí, le concedí algunas citas, pero también saben por qué. Todo por Tony, todo por Marilyn. Admiré tanto su tenacidad que me acabé encariñando. Luego pasó lo que pasó. Aquél paseo en lancha y mi ristra de verdades y esa peluca que no sirvió para nada y su mente abierta y su boca de buzón siempre ondulante. ¿Imaginan lo que ocurrió después? No sean perversos. Redirijan sus pensamientos hacia un epílogo mucho más convencional. Soy varón y me gustan las mujeres. Adoro a Shirley e idolatro a Monica. Pero en este limbo secreto las horas no existen, y uno debe modelarse para seguir teniendo forma, o para que al menos la tenga la mente, y en éstas repasas lo que hiciste y lo que fuiste, y echas tanto de menos cada toma, cada chasquido de la claqueta, cada cerveza con Walter, cada beso, cada perro y cada par de zapatos que cualquier escena, ficticia o real, soñada o vivida, filmada o ensayada cobra una importancia crucial. Y, cuando uno piensa mucho, la cabeza acaba imitando al caleidoscopio, o a una noria de Long Island, y Osgood Fieldieng III se te incrusta entre neuronas y asoma esa jeta de simio y yo vuelvo a ser Daphne y estoy rodeado de mujeres en un tren nocturno camino de la costa, litera superior, y me hacen cosquillas y temo que descubran mi cuerpo velludo y agarro el freno de emergencia y los vagones retumban y se comprimen y comprendo qué divertido era todo aquello, y cuánto importa sentirse vivo, y qué listo fue Billy al dejar abierto el The End, para que cada uno lo remache como le dé la gana y nos rememore, a Osgood y a mí, en una escena que nunca jamás caducará.

Wang al cubo
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Les puedo contar la versión A o la versión B. La versión A diría, detalle arriba o abajo, que soy una periodista danesa que vive en Londres desde hace seis meses y comparte piso con un mexicano y un chino. La versión A añadiría que pago 400 libras mensuales, que mi apartamento está en Candem Town y que mis compañeros se llaman José David y Wang. La versión A incluiría un predecible informe de rutinas: saludos por las mañanas, desayunos compartidos antes del trabajo, televisión y sofá, alguna fiesta de borrachos hacinados e interminables turnos de ducha. La versión B me disgusta algo más, porque Wang no es Wang. Y lo afirmo por triplicado. Wang no es Wang, ni mucho menos Wang. O, por simplificarlo, Wang es tres hombres a la vez. No me tomen por lunática. José David comparte mis sospechas. Él es latino, yo soy blanca, pero nuestros ojos funcionan básicamente igual. Hemos debatido, José David y yo. ¿Se trata en realidad de racismo? Es decir, ¿piensan los tres Wang, o el Wang al cubo, que no nos damos cuenta? Todos los chinos son iguales. Es una frase tan estúpida como prejuiciosa. Soy una chica nórdica, recuerden. Leo a Mankell. Seré una madre joven, me divorciaré cuatro veces (disculpen si eludo el número tres) y reuniré a todos mis hijos y ex maridos junto a un pino sintético en Navidad sin que a nadie se le ocurra pensar que la idea es desafortunada o directamente macabra. Verán, en la versión B, Wang mide uno setenta los lunes y los miércoles, uno setenta y cinco los martes y los jueves, y uno ochenta y tres los fines de semana. Ocasionalmente, Wang cambia de talla varias veces al día. Por ejemplo, cuando se amontonan sus necesidades fisiológicas. O cuando montamos una party. Wang es un beodo, y en eso se parece bastante a sí mismo. A menudo, sufre terribles cambios de humor. Su mandarín oscila entre la balada de crooner asiático y una especie de llanto disléxico. Wang puede oler bien o mal indistintamente, eructar a traición o sonreír como una monjita, devorar un tabloide o consumir discos de Mozart y Bach. Se preguntarán si, conforme a la versión B, José David y yo hemos tratado el asunto con Wang. O al menos con el Wang original, que por cuestiones organizativas y de proceso es quien primero nos mostró su rostro, no quien primero usó el horno o el váter. Pues bien, sí hemos hablado con Wang. Lo hemos tenido de frente, le hemos explicado la situación con exquisita sutileza y sólo hemos obtenido a cambio una enigmática sonrisa. Añadiré que también hemos hablado con Wang. Y con Wang. Y jamás la reacción ha sido diferente. Una sonrisa. Es lo que hay. Barajábamos alternativas, José David y yo. La principal era planificar un allanamiento de habitación. Porque, mientras un Wang ocupaba los espacios comunes, los otros dos debían pasar el rato allí, en ocho metros cuadrados, apurando quizás los turnos de cama, planchando las segundas y terceras unidades de camisas y pantalones idénticos, entrenando la memoria para que el discurso que uno nos soltaba tuviera continuidad en la garganta asimétrica del siguiente. La invasión, no obstante, sonaba dura. Insisto: soy nórdica y leo a Mankell. Nuestros son Kierkegaard y Andersen. Cultivamos la mente, instalamos saunas en nuestros sótanos, comemos salmón ahumado y contemplamos la aurora boreal. Finalmente, me opuse. Y Wang sigue multiplicándose por tres, y nosotros alargamos la mentira a sabiendas de que lo es y de que él, o ellos, también lo saben. Ninguno vivirá en ese apartamento dentro de unos años. Lo convertirán en una residencia de ancianos. Una regresa a veces a sus recuerdos, y siente la tentación de hablar de ellos, pero sabe que nadie la creerá cuando recuerde esta historia, y entonces recuperará la versión A, mucho más convencional y aseada, y la tarareará como ese viejo estribillo aprendido en el coche de papá y mamá camino de Helsinborg, un estribillo con el que jamás pudieron identificarse los hijos, aunque, caprichosamente, irrumpa mañana, por sorpresa, y te arranque una risa y te haga pensar que todos, incluidos los tres Wang, José David y yo, estamos rematadamente locos.

La carta invisible
Blog: Crónicas de un escéptico

No dejo de darle vueltas al asunto. Mi carta era transparente, casi translúcida, si no fuera porque entonces nada podría leerse. Una carta escrita con el corazón en un puño y en cada párrafo. Mientras la escribía, con cada nuevo renglón, pensaba que ése era el camino. Todo saldría bien, me dije. Creo recordar que incluso me permití una sonrisa de esas que anteceden al triunfo. Por más que la machaque, aunque ya la haya memorizado, la carta era clarísima. Señor. Clarísima. Me lo repetí una y otra vez antes de sentarme y descorchar el bolígrafo. Nada de jueguecitos de palabras, nada de dobles o triples sentidos, nada de metáforas o perífrasis. Acota el tablero, me dije. Y lo acoté. Quise plantearle el dilema tal cual yo lo veía: conmigo o sin mí. Y date prisa. Señor. Date prisa. Detesto cuando los pensamientos de descontrolan y la cabeza cabalga sin bridas. ¿Lo ven? Pienso una metáfora y aparecen John Wayne y su maldito caballo y hasta una escopeta que mira al suelo y aquel borracho desgraciado y el viejo desdentado que reía como una hiena. Conmigo o sin mí, era el lema del dilema. Y date prisa. Señor. Yo no sé si se ha dado prisa. No ha contestado, así que quizás sea mejor pensar que no, que no se ha dado puñetera prisa. Pero esa respuesta ausente también podría ser una maravillosa señal. La señal de su propio dilema con lema: contigo o sin ti. Necesita tiempo. Tiempo para madurar una respuesta más profunda, más sólida que la anterior. Y yo necesito otra cabeza, una más plana, una que invierta en pensamientos rentables y no en basura subprime. No, no, no. No contestará nunca. Dará por zanjado el asunto. Está en su derecho, claro. Ya me dijo que no. Ya se despidió. Ya me abrazó con esa furia adherente del último baile de salón. Vigila esas metáforas, palurdo. Ya me abrazó y se despidió y se dio la vuelta y enfiló ese pasillo extraño que a veces parece un corredor de la vida y otras uno de la rendición más absoluta. Pero ella no contaba con la carta. Y yo confío en su contenido, que es un salivazo de amor incipiente y por lo tanto razonablemente incierto. Y si ella necesita pensar, que piense. Y entonces es posible que conteste (fíjense: posible, no probable ni seguro). Y a lo mejor me da una sorpresa y dejo de liar cigarrillos cuando el reloj marca las horas de los solitarios insomnes. Sería perfecto, porque ahora ni siquiera me entra Billy Wilder. Y no quiero ver ni en pintura a Peckinpah, me amargaría casi tanto como Antonioni. Señor. ¿Cómo he podido tener esos gustos? Yo creo sinceramente que no contestará la carta. Además, ¿qué carta? ¿La he escrito o la he imaginado? Sospecho que hay veces en que el destino te ahorra parte del trabajo: una carta que no tiene que llegar no llega, aunque la hayas escrito escupiendo y empeñando las sobras de tu corazón. Me interesa este enfoque: si la carta no existe, es una victoria del silencio. ¿Sirve para algo, el silencio? Quién sabe. Quizás no hacía falta ningún gesto. El lenguaje lo estropea todo. Traiciona, manipula, maltrata. Me arrepiento en este mismo instante de haberle escrito y confío, oficialmente, en que la carta no haya existido nunca. Porque si el silencio es la respuesta, las frases que lo generaron no valían la pena. Y una frase hueca es una frase muerta. Espero al menos que piense en mí. Alguna vez, de alguna forma. Paradójicamente, yo deseo pensar cada vez menos en ella. Ojalá desaparezca. Significará que fue una más, la penúltima de una suma tendente al infinito. Los fracasos pueden ser eslabones. Así suena menos patético. Y, por favor, a ver si aprendo a no escribir cartas que nunca existieron. Las cartas son una ingeniería demasiado preciosa, demasiado sutil como para correr la suerte de las cloacas. Señor. Sé que aún se me cuela. Está ahí, a la vuelta de la esquina, latiendo indiferente. A lo mejor me da una sorpresa y responde y escucho de nuevo su voz y huelo su piel y borro su sudor con la mía. A lo mejor, después de todo, aún me ama.

Cucarachas en la Niebla
Blog: Crónicas de un escéptico

No se lo van a creer. Son las dos de la mañana y acabo de ver una cucaracha. Es decir, la habitación está oscura y es muy complicado distinguirla, pero estoy casi seguro. Se movía como una cucaracha, no como una pelusa o un extracto bancario. No tiene por qué molestarme, lo de la cucaracha. Es decir, no va a matarme ni a contagiarme una enfermedad irreversible. Pero, todavía tumbado en la cama, me planteo algunos problemas. El primero es que mi amante duerme a mi lado, de espaldas, con esa silueta de contrabajo tan femenina. No la quiero despertar. Y, si me levanto, si empuño la chancla, si busco a la cucaracha hasta acorralarla, la asustaré, volverá de su sueño y pensará que toda la noche, o lo que vino antes de esta otra fase automática de la noche, fue un verdadero desastre. Y yo quiero que mis besos perduren, como ustedes comprenderán. Que mi olor se impregne en sus labios y todas esas ñoñerías que se dicen cuando uno merodea un cuerpo cálido. Así que sigo aquí, en calzoncillos, con un calor de muerte y los ruidos insondables de las horas muertas. Hay crujidos y chirridos que no entiendo. Pero la cucaracha sigue ahí, arrastrándose y moviendo sus antenas y quizás comiendo polvo o migas de pan, porque en realidad no tengo ni idea de qué comen las cucarachas. He visto algunas pelis de James Bond. Como todo hijo de vecino. Me gustan los espías en general, sobre todo si reciben de cuando en cuando un buen sopapo. El sopapo del héroe es la credibilidad del villano. Pues bien, Bond lo haría. Es decir, saldría de la cama sigilosamente, con esa sonrisa pícara de tres martinis después, y encontraría al malo, o sea, a la cucaracha. Les ruego ahora que repasen las líneas quinta y sexta de esta crónica espontánea. Algunos problemas. Es decir, más de uno. Es decir, que a la cucaracha hay que matarla. Y eso requiere un esfuerzo. ¿Han matado antes? A una cucaracha, me refiero. Como la jerga insondable de la noche, las cucarachas crujen si se las aplasta. Evoquen el crujido. Y, sobre todo, estudien sus consecuencias: un cuerpo viscoso, una pata temblona, una marca contra el suelo. Alguien tiene que hacerse cargo, por supuesto. Yo no me veo. Porque, ahora que lo pienso, James Bond y yo tenemos estilos bastante distintos. No bebo martini. Ni batido ni revuelto. Y soy pacifista en un sentido amplio. Supongo que esa cucaracha será lista y se largará. Porque los bichos, vuelvo a suponer, tendrán también instinto de supervivencia. Es un buen pacto que transmito telepáticamente a la cucaracha. Lárgate y los dos viviremos mejor. Personalmente, prefiero seguir aquí, pegado al contrabajo, reconfortado con su vaivén respiratorio. Escuchen. Escuchen su respiración. No dice nada pero en realidad lo dice todo. Es una partitura. No, ni de coña quiero que se despierte por una condenada cucaracha. Que se despierte sedienta, que me busque y me encuentre, que me pregunte la hora y sonría y se desvanezca. Vaya. Llevo un folio hablando de cucarachas y pisotones, y a mí el que me llena es Carver, Raymond. Qué difícil es titular bonito, ¿verdad? Carver, o su traductor, sabría moverse en este terreno. Caballos en la Niebla. Es el primer relato que me viene a la cabeza. Precioso, ¿no creen? Entonces, a modo de homenaje, finalizaré con escaso glamour pero tremenda admiración. Cucarachas en la Niebla. Un contrabajo que se gira sudoroso y te mira sin verte, tan espeso es el velo de las sombras, y sonríe como si nada hubiera sucedido, como si no existiera la noticia, como si jamás hubiera recibido esa carta fatídica donde cierto sentido de la decencia obliga a una confesión moral. Cucarachas en la Niebla. Deslizantes, ladronas de guante negro, culebreras. Son las dos y cuarto. Quince minutos de dilema. Espero que se haya largado ya.

Cucarachas en la Niebla
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No se lo van a creer. Son las dos de la mañana y acabo de ver una cucaracha. Es decir, la habitación está oscura y es muy complicado distinguirla, pero estoy casi seguro. Se movía como una cucaracha, no como una pelusa o un extracto bancario. No tiene por qué molestarme, lo de la cucaracha. Es decir, no va a matarme ni a contagiarme una enfermedad irreversible. Pero, todavía tumbado en la cama, me planteo algunos problemas. El primero es que mi amante duerme a mi lado, de espaldas, con esa silueta de contrabajo tan femenina. No la quiero despertar. Y, si me levanto, si empuño la chancla, si busco a la cucaracha hasta acorralarla, la asustaré, volverá de su sueño y pensará que toda la noche, o lo que vino antes de esta otra fase automática de la noche, fue un verdadero desastre. Y yo quiero que mis besos perduren, como ustedes comprenderán. Que mi olor se impregne en sus labios y todas esas ñoñerías que se dicen cuando uno merodea un cuerpo cálido. Así que sigo aquí, en calzoncillos, con un calor de muerte y los ruidos insondables de las horas muertas. Hay crujidos y chirridos que no entiendo. Pero la cucaracha sigue ahí, arrastrándose y moviendo sus antenas y quizás comiendo polvo o migas de pan, porque en realidad no tengo ni idea de qué comen las cucarachas. He visto algunas pelis de James Bond. Como todo hijo de vecino. Me gustan los espías en general, sobre todo si reciben de cuando en cuando un buen sopapo. El sopapo del héroe es la credibilidad del villano. Pues bien, Bond lo haría. Es decir, saldría de la cama sigilosamente, con esa sonrisa pícara de tres martinis después, y encontraría al malo, o sea, a la cucaracha. Les ruego ahora que repasen las líneas quinta y sexta de esta crónica espontánea. Algunos problemas. Es decir, más de uno. Es decir, que a la cucaracha hay que matarla. Y eso requiere un esfuerzo. ¿Han matado antes? A una cucaracha, me refiero. Como la jerga insondable de la noche, las cucarachas crujen si se las aplasta. Evoquen el crujido. Y, sobre todo, estudien sus consecuencias: un cuerpo viscoso, una pata temblona, una marca contra el suelo. Alguien tiene que hacerse cargo, por supuesto. Yo no me veo. Porque, ahora que lo pienso, James Bond y yo tenemos estilos bastante distintos. No bebo martini. Ni batido ni revuelto. Y soy pacifista en un sentido amplio. Supongo que esa cucaracha será lista y se largará. Porque los bichos, vuelvo a suponer, tendrán también instinto de supervivencia. Es un buen pacto que transmito telepáticamente a la cucaracha. Lárgate y los dos viviremos mejor. Personalmente, prefiero seguir aquí, pegado al contrabajo, reconfortado con su vaivén respiratorio. Escuchen. Escuchen su respiración. No dice nada pero en realidad lo dice todo. Es una partitura. No, ni de coña quiero que se despierte por una condenada cucaracha. Que se despierte sedienta, que me busque y me encuentre, que me pregunte la hora y sonría y se desvanezca. Vaya. Llevo un folio hablando de cucarachas y pisotones, y a mí el que me llena es Carver, Raymond. Qué difícil es titular bonito, ¿verdad? Carver, o su traductor, sabría moverse en este terreno. Caballos en la Niebla. Es el primer relato que me viene a la cabeza. Precioso, ¿no creen? Entonces, a modo de homenaje, finalizaré con escaso glamour pero tremenda admiración. Cucarachas en la Niebla. Un contrabajo que se gira sudoroso y te mira sin verte, tan espeso es el velo de las sombras, y sonríe como si nada hubiera sucedido, como si no existiera la noticia, como si jamás hubiera recibido esa carta fatídica donde cierto sentido de la decencia obliga a una confesión moral. Cucarachas en la Niebla. Deslizantes, ladronas de guante negro, culebreras. Son las dos y cuarto. Quince minutos de dilema. Espero que se haya largado ya.

Flashes en la residencia
Blog: Crónicas de un escéptico

Tengo ochenta y tres años. A veces, cuando despierto por la mañana, la espalda deja de dolerme y entonces tengo cincuenta. Me gusta tener cincuenta. Tener cincuenta es tener más posibilidades. Cuando tengo cincuenta, pienso en María. También cuando tengo ochenta y tres, claro, pero ahí me fallan las fuerzas. No logro ilusionarme como debiera. Y soy muy exigente para estas cosas. El caso es que han montado una exposición. En la residencia. Unos artistas, nos han dicho. Y me motiva saber que esto se va a llenar de gente nueva. Quizás pueda hablar con alguien de libros o del Gobierno. Quizás aparezca María con sus vestidos de colores y su pelo de muñeca. Conservo un traje elegante. Podría probar. Alguien me planchará una camisa blanca y yo me pondré los gemelos de plata con forma de ancla. Me queda suficiente pelo para peinarlo hacia atrás, como Humphrey. En el cajón de la mesilla guardo un bote de colonia Atkinson, mi favorita. Aún queda la mitad. Sí, podría intentarlo. Quiero bajar al salón y pasearme entre los demás dignamente. Quiero irradiar caballerosidad. Yo soy un caballero, por si no lo sabían. Uno a la vieja usanza, con sus reverencias y sus juramentos y un sentido muy sólido del saber estar. Un hombre de palabra, un guardián del honor. A María le prometería muchas cosas. Le prometería una cena con velas o un disco de Gardel. Le prometería una rosa, o muchas, y un crucero por el Nilo. Hasta le prometería tener siempre cincuenta años y despertar sin dolores ni canas. Habrá hombres y mujeres en el salón. Personas curiosas y jóvenes, curiosas por jóvenes y jóvenes por curiosas. Estoy bastante seguro de que querrán charlar conmigo. Tengo buena conversación. Sé escuchar, además. Nadie quiere escuchar. Yo sí. Rogaría a quien lea estas líneas que convoque a los jóvenes. Me gustan sus caras luminosas, sin arrugas, y sus ojos brillantes no de llanto sino de vida. Sus figuras rectas, su garbo. Aquí, quien más quien menos, todos nos encorvamos. Odio esa curva, es como una metáfora de la derrota, del vencimiento. Quizás mañana me levante con cincuenta y pida permiso para salir a dar una vuelta. ¿Quién me dice que no pueda toparme con María? Me van a perdonar, pero nadie tiene ni idea del destino. Puedo tropezarme con ella y darle los buenos días y sonreír sin que se note demasiado que me faltan algunos dientes. Tengo cincuenta años. Llevo cincuenta sin ir al dentista. Iría peinado como Humphrey y no llevaría sombrero. Ya nadie lleva sombrero, y yo no quiero sentirme tan distinto. Le daría un beso en la mano y esperaría su rubor. No me malinterpreten. Un rubor emocionado, porque los caballeros no importunan, tan sólo aman. Por las mañanas, cuando despierto, me quedo un rato en la cama. Echo atrás las sábanas con los pies y permanezco ahí, pensativo, mirando al techo porque el blanco ayuda a la concentración. Intento recordar cómo es un beso, cuántos he dado, quién recibió el último. No sé si sabría hacerlo. Besar, digo. Me pone nervioso pensarlo. Es mejor un beso en la mano. María lo entenderá. También he barajado la posibilidad de tener ochenta y tres el día de la exposición. Si tengo ochenta y tres será más difícil. Disimularé, ¿no? Disimularé para que nadie lo note y me cruce con María y ella piense en Casablanca y en un tocadiscos y un tango. Tendré que asumir la posibilidad de bailar, aunque bailen más bien mis huesos. Tampoco sé si recuerdo cómo se baila. Ni tan siquiera si con cincuenta bailaba apenas dos pasitos. Y habrá canapés. Y flashes. Y las enfermeras cambiarán sus batas por vestidos. Y no sabré a quién mirar porque todos tendrán algo distinto, todos sugerirán. Lo más inteligente es despertar con cincuenta. Sin duda. Trataré de conseguirlo. La noche de la víspera, hablaré con mi mente. La mente es fuerte y a menudo engaña al cuerpo. Lo conseguiré. Me levantaré de la cama con cincuenta años y no recogeré las sábanas del suelo ni miraré al techo. Me peinaré hacia atrás, como Humphrey, y me echaré unas gotas de colonia Atkinson, mi preferida. Me pondré la camisa, que estará planchada y todavía caliente. Los gemelos con forma de ancla. Hago buenos nudos de corbata. El alfiler. La flor en el ojal. Bajaré despacito, paso a paso, agarrado a la baranda, sin ningún miedo, olvidando que el pulso tiembla. El ascensor es para viejos. El ascensor es otra caja, como el ataúd. Cuando baje me apretaré la corbata. Habrá mucha gente en el salón y yo distinguiré el brillo de María, que estará en medio, como enfocada, y cruzaremos nuestras miradas, y sabremos de qué hablar.

Flashes en la residencia
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Tengo ochenta y tres años. A veces, cuando despierto por la mañana, la espalda deja de dolerme y entonces tengo cincuenta. Me gusta tener cincuenta. Tener cincuenta es tener más posibilidades. Cuando tengo cincuenta, pienso en María. También cuando tengo ochenta y tres, claro, pero ahí me fallan las fuerzas. No logro ilusionarme como debiera. Y soy muy exigente para estas cosas. El caso es que han montado una exposición. En la residencia. Unos artistas, nos han dicho. Y me motiva saber que esto se va a llenar de gente nueva. Quizás pueda hablar con alguien de libros o del Gobierno. Quizás aparezca María con sus vestidos de colores y su pelo de muñeca. Conservo un traje elegante. Podría probar. Alguien me planchará una camisa blanca y yo me pondré los gemelos de plata con forma de ancla. Me queda suficiente pelo para peinarlo hacia atrás, como Humphrey. En el cajón de la mesilla guardo un bote de colonia Atkinson, mi favorita. Aún queda la mitad. Sí, podría intentarlo. Quiero bajar al salón y pasearme entre los demás dignamente. Quiero irradiar caballerosidad. Yo soy un caballero, por si no lo sabían. Uno a la vieja usanza, con sus reverencias y sus juramentos y un sentido muy sólido del saber estar. Un hombre de palabra, un guardián del honor. A María le prometería muchas cosas. Le prometería una cena con velas o un disco de Gardel. Le prometería una rosa, o muchas, y un crucero por el Nilo. Hasta le prometería tener siempre cincuenta años y despertar sin dolores ni canas. Habrá hombres y mujeres en el salón. Personas curiosas y jóvenes, curiosas por jóvenes y jóvenes por curiosas. Estoy bastante seguro de que querrán charlar conmigo. Tengo buena conversación. Sé escuchar, además. Nadie quiere escuchar. Yo sí. Rogaría a quien lea estas líneas que convoque a los jóvenes. Me gustan sus caras luminosas, sin arrugas, y sus ojos brillantes no de llanto sino de vida. Sus figuras rectas, su garbo. Aquí, quien más quien menos, todos nos encorvamos. Odio esa curva, es como una metáfora de la derrota, del vencimiento. Quizás mañana me levante con cincuenta y pida permiso para salir a dar una vuelta. ¿Quién me dice que no pueda toparme con María? Me van a perdonar, pero nadie tiene ni idea del destino. Puedo tropezarme con ella y darle los buenos días y sonreír sin que se note demasiado que me faltan algunos dientes. Tengo cincuenta años. Llevo cincuenta sin ir al dentista. Iría peinado como Humphrey y no llevaría sombrero. Ya nadie lleva sombrero, y yo no quiero sentirme tan distinto. Le daría un beso en la mano y esperaría su rubor. No me malinterpreten. Un rubor emocionado, porque los caballeros no importunan, tan sólo aman. Por las mañanas, cuando despierto, me quedo un rato en la cama. Echo atrás las sábanas con los pies y permanezco ahí, pensativo, mirando al techo porque el blanco ayuda a la concentración. Intento recordar cómo es un beso, cuántos he dado, quién recibió el último. No sé si sabría hacerlo. Besar, digo. Me pone nervioso pensarlo. Es mejor un beso en la mano. María lo entenderá. También he barajado la posibilidad de tener ochenta y tres el día de la exposición. Si tengo ochenta y tres será más difícil. Disimularé, ¿no? Disimularé para que nadie lo note y me cruce con María y ella piense en Casablanca y en un tocadiscos y un tango. Tendré que asumir la posibilidad de bailar, aunque bailen más bien mis huesos. Tampoco sé si recuerdo cómo se baila. Ni tan siquiera si con cincuenta bailaba apenas dos pasitos. Y habrá canapés. Y flashes. Y las enfermeras cambiarán sus batas por vestidos. Y no sabré a quién mirar porque todos tendrán algo distinto, todos sugerirán. Lo más inteligente es despertar con cincuenta. Sin duda. Trataré de conseguirlo. La noche de la víspera, hablaré con mi mente. La mente es fuerte y a menudo engaña al cuerpo. Lo conseguiré. Me levantaré de la cama con cincuenta años y no recogeré las sábanas del suelo ni miraré al techo. Me peinaré hacia atrás, como Humphrey, y me echaré unas gotas de colonia Atkinson, mi preferida. Me pondré la camisa, que estará planchada y todavía caliente. Los gemelos con forma de ancla. Hago buenos nudos de corbata. El alfiler. La flor en el ojal. Bajaré despacito, paso a paso, agarrado a la baranda, sin ningún miedo, olvidando que el pulso tiembla. El ascensor es para viejos. El ascensor es otra caja, como el ataúd. Cuando baje me apretaré la corbata. Habrá mucha gente en el salón y yo distinguiré el brillo de María, que estará en medio, como enfocada, y cruzaremos nuestras miradas, y sabremos de qué hablar.

Chris Ware y la burbuja vital
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cowles-big

Este fin de semana he aprovechado la tregua forzosa del levante para darle un poco al último cómic de Chris Ware publicado en España: Catálogo de Novedades Acmé. Ya he hablado del autor otras veces, y, aunque quisiera, tampoco descubriría la pólvora si dijese que es uno de los grandes de este arte. Lo suyo en realidad es el metacómic, una propuesta donde cuentan las historias pero también el formato en que se despliegan ante el lector, de forma que una suerte de todo estético-filosófico-creativo escala hasta la parte alta de tu cerebro y te deja medio tocado, sorprendido, bastante angustiado a veces, sonriente otras. Las historias de Ware, aparte de transmitir un importante poso cultural, inyectan una melancolía muy bruta, muy pura, muy penetrante, que refleja a la vez la sordidez de esas infinitas carreteras secundarias del sueño americano, tan venido a menos cuando uno mira debajo de la alfombra. Especialmente sórdidas, y tiernas, y condenadamente tristes, y muy conectadas estilísticamente con su gran obra maestra (Jimmy Corrigan), son las tiras de Big Tex, el hijo indeseado y retrasado del típico blanco poliperturbado del medio oeste. Rocketsam tampoco está nada mal: mezcla romanticismo y crueldad en arrebatos tan aleatorios que al final sólo puedes tenerle miedo. Está Rusty Brown, el coleccionista freaky de juguetes; pulula por ahí el ratón Quimby; menudean los recortables, los panfletos, la mordaz visión del ayer y el mañana… Échenle un ojo a este libro rojo, inmenso, enorme, un libro que te obliga a abrazarlo, que te pide paciencia, que te mete en la cama o te tumba en el sofá con una espina en el corazón porque ves, a cuatro o cinco palmos de tu frente, todo esos sentimientos que procuras mantener alejados, desterrados, confinados, aunque sepas que existan, de tu burbuja vital.

Instrucciones de uso
Blog: Crónicas de un escéptico

Pesimismo. Un estado del espíritu tremendamente instalado en la piel española. Hay dos opciones: leer todo lo que escupe la actualidad económica o no hacerlo. Quienes no lo hacen, pueden verse expuestos, puntual y punzantemente, a las malas noticias del núcleo básico social. Un amigo que pierde el trabajo, una tienda mítica que cierra. Luego están las cosas mundanas: nuestras cabezas y sus giros, los sueños proyectables o utópicos, los círculos más o menos camaleónicos del afecto. La vida, instrucciones de uso, que titularía Georges Perec. Al final comprendes que el pesimismo, un concepto aparentemente bien acotado, tiene doscientas mil capas. Es como un chinche chingón que se te mete bajo el pellejo hasta que te acostumbras a él. Automáticamente, según qué tipos de almas, los desenlaces no escritos inclinarán su curva hacia el agujero negro del desengaño. Pero, por los mismos misteriosos hilos del azar, la atmósfera y el corazón, a veces, sólo a veces, un potente haz de luz natural le echa varios kilos de clarividencia a tu habitación existencial. Y entonces sonríes. Y el pesimismo te parece una soberana gilipollez porque sigues ahí, en forma, risueño, dispuesto y valientemente expuesto. Porque la noche es un tranvía llamado deseo. Porque la música sigue sonando. Porque aún no ha llegado el día en que el mar huela a derrota. Porque, cuando menos lo esperabas, te topaste con ella.

Instrucciones de uso
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Pesimismo. Un estado del espíritu tremendamente instalado en la piel española. Hay dos opciones: leer todo lo que escupe la actualidad económica o no hacerlo. Quienes no lo hacen, pueden verse expuestos, puntual y punzantemente, a las malas noticias del núcleo básico social. Un amigo que pierde el trabajo, una tienda mítica que cierra. Luego están las cosas mundanas: nuestras cabezas y sus giros, los sueños proyectables o utópicos, los círculos más o menos camaleónicos del afecto. La vida, instrucciones de uso, que titularía Georges Perec. Al final comprendes que el pesimismo, un concepto aparentemente bien acotado, tiene doscientas mil capas. Es como un chinche chingón que se te mete bajo el pellejo hasta que te acostumbras a él. Automáticamente, según qué tipos de almas, los desenlaces no escritos inclinarán su curva hacia el agujero negro del desengaño. Pero, por los mismos misteriosos hilos del azar, la atmósfera y el corazón, a veces, sólo a veces, un potente haz de luz natural le echa varios kilos de clarividencia a tu habitación existencial. Y entonces sonríes. Y el pesimismo te parece una soberana gilipollez porque sigues ahí, en forma, risueño, dispuesto y valientemente expuesto. Porque la noche es un tranvía llamado deseo. Porque la música sigue sonando. Porque aún no ha llegado el día en que el mar huela a derrota. Porque, cuando menos lo esperabas, te topaste con ella.

El tercer beso
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CANADA-DEMONSTRATOR

No son los amantes de Doisneau, ni tampoco, claro, los de Klimt, pero se trata igualmente de un beso simbólico. Atrás, amurallada como una de aquellas tortugas del imperio romano, la policía. Ella y él, a tiro de pelota de goma, exquisitamente contemporáneos: tatuajes, uñas negras, sudadera con capucha. La foto la tomaron en Toronto, durante la cumbre del G-20, ese corrillo de poderosos consolidados y aspirantes a serlo donde jamás se pacta de verdad. Ignoro si la escena fue natural o forzada. Ignoro si esos compadres buscaban la gloria efímera o el mensaje concienzudo. Pero a mí me gusta el resultado. Un beso siempre es mucho más esencial, y por lo tanto mejor, que veinte tíos en una mesa redonda.

Tan suave y tan cutre
Blog: Crónicas de un escéptico

Alguien me pidió el otro día que redactara una miniguía sevillana con los itinerarios que me parecieran más sugerentes y asequibles. Sólo tuve que imaginar una jornada estándar para dibujar las huellas de mis pasos, que arrancarían del Vizcaíno, quizás un jueves, atravesarían el mercadillo más marciano, costumbrista e imprescindible de la ciudad; compraría después el periódico en el quiosco de Eli y le preguntaría por la última colección/promoción de pelis, tomaría un café en el Hércules (o una tapa en el Ambigú), doblaría por la Ilustre Víctima, dejaría a mi izquierda el Sonoro y las putas adyacentes, atravesaría la Alameda procurando robarle alguna sombra a los árboles, enfilaría hacia San Lorenzo en busca de Casa Rafita, me perdería por el laberinto que se despliega paralelo al río, escucharía la música, los informativos, las conversaciones que escupen las ventanas abiertas de verano, pillaría la bici para llegar hasta el Alamillo cuando el sol se cansa y da tregua, buscaría la pasarela flotante de madera, consultaría el programa de Nocturama por si pudiera ser que sí, pensaría en el Sabina y Santa Cruz, en los olores cuando los coches se apagan, en La Carbonería y el Ánima, en San Bernardo y esa casa de Aníbal González que sobrevive por el empeño de unos pocos, en el Pumarejo, siempre al borde del problema sin que el problema llegue nunca, en San Luis y el Contenedor, en los inmensos palacios que son escuelas, o museos, o palacios sin más, en el sello moro y judío, en lo cerca que están el mar y la montaña, en lo difícil que es desengancharse de un lugar tan bello e imperfecto, tan frustrante y absorbente, tan suave y tan cutre a la vez.

Hogueras
Blog: Crónicas de un escéptico

La vida y sus contrastes. Tengo ganas de (re)ver toda la filmografía de Billy Wilder, aún me derrito cuando suena el último disco de A&The Johnsons, no me olvido de las agujetas de mi primer San Bartolo y espero con ganas que llegue el viernes para ver el final, o no, del pulso que España mantiene contra España en el Mundial más extraño de la historia. A la vez, respiro aliviado tras solventar mis asuntos con Hacienda (por cuarto año consecutivo, estos tíos han pasado de enviarme el borrador), bramo contra la jeta de la Junta y sus ITV, me cago patas abajo al intuir lo que van a clavarme en la revisión del coche y sufro en la antesala de las notas de inglés, examen oficial de elevada y espero que nunca más desembolsada tarifa.

Contrastes los de la desilusión de un país sin demasiadas oportunidades frente al ímpetu de quienes aún no quieren bajar la cabeza. Realidades contra sueños, protocolos contra espontaneidades, cabrones contra honestos, la vida y sus monedas.

Pero esta noche cierra el día más largo del año. Días de 36 horas. Buena medida política sería ésa. Días de 36 horas con banda sonora, canciones al despertar y al acostarse, canciones al caminar, al nadar, al comer y al discutir. Hogueras como las de hoy donde quemar deseos para que se cumplan o al menos la mente juguetee unos minutos con esa fantasía. Días de 36 horas con bandas sonoras personalizadas, hogueras perennes y papeles con deseo doblado y secreto y utópico.

Buen San Juan, amigos.

La era de los cinco duros
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Los cascos de la casera, las chapas que eran futbolistas, las culebrillas del descampado, las guerras de piedras, los hormigueros, las monedas de 25 pts que significaban una partida de maquinita, el carrito de la compra, el panadero yonqui, el butano, Juan el portero y su eterno olor a basura, las tardes a cuarenta grados, las carreras en la explanada, las incursiones clandestinas en las oficinas del Icona para lograr algún póster del lince ibérico o el gato montés, el bocata con chocolate, los partidillos (y los sangrientos derbis entre barrios), la tv de dos canales, Astérix y Tintín, Superlópez (y los petisos carambanales), los burros y sus dueños, el hombre elefante y el de las camisas blancas (o la camisa blanca: todas eran iguales), la vieja y el viejo, la mítica G.A.C. verde, el Tour de Francia, Corbalán y Solozábal, los charcos y las lombrices, la sierra, la playa sin basura ni construcciones (pelada, desnuda), Córdoba y Cádiz, los capitanes del puerto, las mierdas de perro, el pisha y el padre, Confecciones Bahía, El Anteojo, el Bar Luna, las sardinillas, los peroles, los grillos y saltamontes, el olor a tierra, un citroën tiburón naranja y otro amarillo, las gafas con esparadrapo, los jardines, la habichuela, los vecinos que acaban siendo hermanos, tu primer meyba, los álbumes del Mundial, los abuelos cuando son jóvenes… A veces me da que en este país fuimos mucho más felices cuando menos tuvimos/presumimos/pretendimos.

Terciopelo Cojo
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Neurosis1. f. Med. Enfermedad funcional del sistema nervioso caracterizada principalmente por inestabilidad emocional.

Forofo1. adj. coloq. Partidario entusiasta de un equipo deportivo. U. t. c. s.

 Españala ~ de pandereta. 1. f. U. para aludir a una visión que en el extranjero se tiene a veces de España, basada en lo llamativo y folclórico. cierra, ~. 1. loc. interj. Era u. en la antigua milicia para animar a los soldados y hacer que acometiesen con valor al enemigo.

Mundial1. adj. Perteneciente o relativo a todo el mundo. 2. adj. ant. Perteneciente o relativo al mundo humano. 3. m. Dep. Campeonato en que pueden participar todas las naciones del mundo.

Si mezclan las palabras anteriormente referidas, se harán una idea del estado anímico del país en una fase, polvorienta y achacosa, donde tendríamos que estar pendientes de negocios más importantes. La reforma laboral, por ejemplo, bien camuflada por Zapatero entre vuvuzelas, cantadas y críticas feroces a Perro-Pachón Del Bosque. Yo me declaro víctima de su táctica, porque es cierto que ayer, viendo, o sufriendo el España-Suiza, me olvidé de las cajas de ahorros (la madre que las parió), los sueldos de coña, el paro, las agencias de calificación y los berrinches de la Merkel. Lo que le achaco a la selección es que no nos haya dado una alegría ante un rival menor, porque el drama de la eliminación redoblaría nuestra sensación de ser una nación ruinosa en todos los sentidos. Espero que estos tíos, que van a cobrar 600.000 euros  por barba (el salario de muchos trabajadores juntos) si levantan la copa (harto improbable como ya hemos intuido) suden la zamarra y nos hagan al menos traspasar la puerta de la primera y penosa ronda.

Por otra parte, agradecería al entorno, y creo que me lo agradecería también a mí mismo con idéntico entusiasmo, dejar de pensar en la derrota, los cruces, las matemáticas y la ilustre opinión de la prensa patria y extranjera. Se trata de una pelota que, entre o no, difícilmente cambiará nuestras rutinas, frustraciones y sueños.

PD: eso sí, a Honduras ni agua. Y a Chile menos.

Terciopelo Rojo
Blog: Crónicas de un escéptico

Terciopelo Rojo. No piensen en un vestido de noche sino en algo más abstracto, un movimiento contracultural y semiobsesivo, por ejemplo. Terciopelo. El juego de la selección española. Rojo de zamarra y de bandera. ¿Naranja mecánica? Bah, un concepto indudablemente menos poético. Se acerca el Mundial (con mayúsculas) de Sudáfrica y un par de tíos deciden crear un grupo en facebook (otra vez, sí, Mbarea, disculpas anticipadas) para glorificar el pasado reciente de la selección y sus espumosas e inciertas expectativas de futuro. Con los días, crecen las adhesiones y los comentarios, meritoria curva ascendente dado el aroma de la apuesta: surrealismo a raudales mezclado con un inconfundible aunque gamberro amor a la Roja.

La Roja es una evolución natural de otros productos menos perfectos. Y vive, en su vertiente Terciopelo, con la vista puesta en submundos paralelos e intrigantes: Terciopelo Azul, la peli de David Lynch, es uno de ellos. Dennis Hopper (Fabio Capello) pretende poseer (humillar) a Isabella Rossellini (Terciopelo Rojo). Pobre Hopper, por cierto. Le deseo lo mejor cualquiera que sea la carretera que recorra ahora con su sombrero vaquero.

Morgan Mandela y Nelson Freeman también cuentan con su cuota de protagonismo. Y la Reina Daisy II. Hay una lista de Enemigos de Terciopelo, un goteo constante de datos sobre nuestros rivales en la competición, el seguimiento más exhaustivo de la actualidad deportiva, vídeos-homenaje, música, montajes fotográficos. El talento al servicio de una idea que también es un experimento sobre el impacto y el recorrido de las redes sociales.

Como integrante del grupo, sólo me queda sugerirles una visita a Terciopelo Rojo. Al menos, tienen un par de sonrisas garantizadas. Y la libertad de participar en la construcción de tan abigarrado, sorprendente y estimulante mural internáutico.

No me chilles que no te veo
Blog: Crónicas de un escéptico
En un país donde las cuotas, y no el talento, marcan el diseño de las grandes estructuras del poder político, las averías son mucho más frecuentes. Sobre todo, cuando el escenario habitual, basado en cruces de declaraciones, promesas vacías e histeria gestual, deja paso a una función mucho más exigente donde la economía marca el paso y atrae las miradas internacionales de los más adiestrados. José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del Gobierno, largó a Pedro Solbes por su excesiva rigidez -dogmatismo, diría aquél-. Solbes, pensó Zapatero, era espartano cuando tocaba ser generoso: la deducción de 400 euros en el IRPF, el cheque-bebé o los aún vigentes 426 euros para los parados, además de la (todavía mayor) flexibilización del subsidio agrario de 35 a 20 peonadas, fueron compromisos con el ideario socialista.

Elena Salgado, vicepresidenta segunda y ministra de Economía, llegó sin referencias demasiado claras -la polémica del vino y la ley antitabaco pocas pistas aportaban sobre su pericia- pero aparentemente dispuesta a lidiar con el toro bravo de la crisis. Sin entrar en su competencia, insondable aún a estas alturas, el sello que queda no es sólo suyo. Lo estampan distintos miembros del Ejecutivo: José Blanco, Miguel Sebastián, Celestino Corbacho, José Manuel Campa, Carlos Ocaña, Maravillas Rojo… cada uno de su padre y de su madre, con opiniones a menudo dispares en materias altamente sensibles para el ciudadano, ocupado y preocupado, quién lo diría, por su supervivencia laboral y la viabilidad de su microcosmos financiero familiar.

Corbacho, gestor del Ministerio de Trabajo, opina con frecuencia de economía. Sebastián, titular en Industria, de empleo. Blanco, sorprendente especialista en Fomento, de lo divino y humano. Zapatero ha dado un sutil paso atrás para rebatir la crítica de que no repartía juego. Los subalternos han saltado briosos a la palestra. Pero el efecto caos se ha multiplicado. La reacción fue introducir como secretario de Estado de Comunicación a Félix Monteira, veterano del periodismo con muy respetable pedigrí. Es pronto para saber si el marasmo tiene remedio. Monteira es un buen entrenador, pero necesita también buenos jugadores.

Comunicar, divino tesoro en política. Y materializar, más aún. Con el paquete de medidas antidéficit, el Gobierno ha deconstruido desde el mazo y la tijera. Le queda, sin embargo, el bisturí, reservado para las operaciones más delicadas. En la camilla aguarda el principal paciente, un mercado de trabajo que boquea y exige ayuda. Standard & Poor’s y más recientemente Fitch han rebajado la calificación de la deuda española por el tamaño de sus dos puntos negros: la reforma laboral y el formidable lío de las cajas.

Acabe como acabe, la reforma ya es un sainete por la superposición de retractaciones y la reinvención de plazos. Zapatero se resiste a asumir el rol de tipo duro pese a que ése ya es un camino iniciado con la guerra a los funcionarios, el sangriento recorte de la obra pública (que puede importunar, no lo olviden, a gigantes como FCC o ACS) o el capón a las cajas, demasiado politizadas y demasiado reacias a dejar de estarlo aunque el Banco de España haya afilado ya su guadaña.

¿Qué importa en realidad una huelga general, presidente?, podría sugerirle un asesor al jefe del Ejecutivo para darle el empujoncito final. Los retrasos cuestan dinero porque la economía, por suerte o por desgracia, es una suma de eslabones: el paro crece, el déficit se dispara, las agencias rebajan el rating nacional (y los particulares; que se lo digan a las cajas), el diferencial del bono español crece sin techo aparente, Obama toca la corneta y Alemania se cabrea.

La subida de impuestos es otra interesante cuestión: afectará a dos de los tres tipos del IVA a partir de julio, pero apenas se sabe qué ocurrirá con las rentas más altas, a las que Salgado promete apretar “sólo temporalmente”. Cuanto antes se aclare la fórmula, mejor, porque no es lo mismo -ni en términos reales ni en términos electorales- endurecer las (suaves) condiciones con que hoy funcionan las sociedades de inversión de capital variable (Sicav) que meter mano al IRPF, cuyo tipo máximo es actualmente del 43%.

La congelación de las pensiones y, especialmente, la rebaja salarial decretada para (o contra) los funcionarios tiene asimismo una lectura paralela, pues traslada al sector privado la necesidad de contener el coste salarial. Ningún indicio pronostica, sin embargo, que el otro plato de la balanza -los precios, que crecieron dos décimas en mayo según el IPCA- corra la misma suerte. Y he ahí el cogollo de la cuestión española, ya que el empobrecimiento de la población sería en ese caso mucho más impactante.

Dame pistas, Mario
Blog: Crónicas de un escéptico

Ayer tuvimos la oportunidad de escuchar y preguntar a Mario Tascón, cuya mano de director de orquesta estuvo detrás de la web de El Mundo, primero, y de la modernización de El País digital después (desde junio camina con un proyecto propio: www.lainformacion.com).

Mario fue uno de mis profesores en el master. Ya entonces se le notaba un paso por delante. Visita asiduamente EEUU, el templo de la prensa digital, en busca de ideas y comparativas. Nos dio pistas sobre el presente y el futuro del sector. Y nos puso ejemplos de cómo funciona su invento y de la dirección que está tomando su marca para elegir butaca anticipadamente en busca de un nicho de negocio.

Mario tiene una redacción de 30 periodistas dedicados a producir, es decir, a olvidarse de los teletipos y construir temas propios. Unos motores de búsqueda (reprogramados por la redacción) hacen el trabajo sucio a partir de un entrenamiento bastante modernizado: destácame lo que destaquen las grandes webs, pero también lo que los usuarios prioricen en las redes sociales (interesante medidor: facebook, tuenti y twitter son la mejor lupa de las nuevas tendencias).

30 redactores que cubren España y una asociación internacional de periodistas que le permite contar, a cambio de algunas traducciones e intercambio de reportajes, con ¡70! corresponsales diseminados por las principales ciudades del mundo.

A Mario le gusta el modelo de The Huffington Post (citado anteriormente en este blog) o de Craiglist, un tablón de anuncios digital que revolucionó el mercado y funciona exitosamente en ciudades como Nueva York o San Francisco (de hecho, desde ahí busco mi próximo alojamiento en Brooklyn, verano de 2010, oh yeah).  

Durante la exposición, me llamó la atención una plantilla de power point en la que Mario comparaba los viejos logos góticos de las mejores cabeceras del mundo con el colorido desenfadado de las marcas actualmente dominantes (google o apple, por ejemplo). Me parece una metáfora perfecta del desconcierto y la lentitud con que la prensa aborda el fenómeno de la transformación digital.

Se habló del poderío de los blogs de blogs (redundante pero reveladora expresión), del contenido adaptado al continente (es mejor crear una versión de tu periódico/web para, digamos, un iPad que volcar directamente el contenido) y de la personalidad (o diseño) del producto. Google lo borda en este ámbito (¿recuerdan el muy reciente homenaje al famoso Comecocos?).

El pastel de la publi es nuestra gasolina. El papel aún manda. Con mucha diferencia. Pero internet le arranca metros cuadrados y millones año a año, ejercicio a ejercicio, con nuevos anuncios que se mueven por la pantalla, que te silban o te cantan, y que exigen un estudio cuidadoso del perfil de quien accede a tu página, del público que atrae al anunciante. La revolución ya está aquí. O allí (en EEUU). España llegará tarde, como casi siempre, pero en la mano de los editores nacionales está espabilar antes y asegurarse un asiento y palomitas en el palco, o después, desgracia que obligará a cambiar el paso mala y bruscamente.

España: un himno… o un grito
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¿Es buena idea subir los impuestos justo ahora? Retrato robot de la España actual: decenas de amigos y/o conocidos sin trabajo, cierre de empresas y negocios, productividad exagerada por el esfuerzo laboral de los que afortunadamente han conservado su empleo, rebajas salariales por la curva descendente del IPC o la tijera del Gobierno, consumo bajo mínimos, tasa de ahorro récord, viviendas vacías sin nadie dispuesto a pagarlas a los precios de esa otra era borrada ya del sentimiento colectivo. Respuesta global: No.

Marco legal: a partir de 53.407 euros anuales, el tipo (y el techo) del IRPF está en el 43%. Quien ingresa eso o más pierde pues casi la mitad del salario. Los beneficios de las SICAV (sociedades de inversión colectiva) tributan al ¡1%! siempre que cumplan un par de requisitos bien asequibles. Las principales están en manos de apellidos tan conocidos como Koplowitz, Mera, Del Pino, Ortega (Amancio)… darles el mordisco estaría bien. La amenaza de una fuga de capitales no cambiaría mucho las cosas (salvo que ese 1% represente una auténtica barbaridad recaudatoria… en el primer trimestre del año, el patrimonio gestionado por las 3.232 Sicav y sus 443.509 accionistas ascendía a 24.682 millones).

Marco alegal: nadie sabe dónde empiezan y acaban las “clases medias”, a salvo según Zapatero del clavazo que se nos viene encima.

Guarnición: los tramos medio y alto del IVA subirán desde el 1 de julio del 7% al 8% y del 16% al 18%. En junio del año pasado crecieron los Impuestos Especiales para el tabaco y los carburantes.

Matiz: la presión fiscal no depende únicamente de la mayor o menor carga impositiva de un país sino de parámetros adicionales como la economía sumergida (cuanto menor sea, más tributación y por lo tanto también más presión) o el nivel de actividad. En 2008, España cerró al 32,8% del PIB. Ése es el peso de la recaudación en nuestra economía. Uno de los más bajos de la UE.

Contexo: Grecia y Portugal suben los impuestos; Francia y Reino Unido se lo piensan; Italia lo descarta y Alemania renuncia a su idea inicial de bajarlos.

Dudas fruto de la angustia:

1. ¿Se va a cargar el Gobierno este país? Lo pregunto sinceramente.

2. ¿Qué soluciona un adelanto electoral? ¿Está más preparado el equipo de Rajoy para gestionar nuestro rumbo económico? ¿Quién sería el ministro del ramo? ¿Montoro?

3. ¿Por qué no se sientan en Moncloa 24 horas, en plan tormenta de ideas, para decidirlas todas las medidas de una vez y no día a día o semana a semana, previo espectáculo de contradicciones y desmentidos?

4. ¿Pertenecemos en verdad al Segundo Mundo en contra de lo que imaginábamos hasta ahora? Rogaría a los españoles que cruzan la frontera portuguesa que a partir de ahora, por pura humildad, procuren gritar menos cuando visitan Lisboa o el Algarve. Ellos ya saben que estamos ahí. Y no nos admiran tanto.

5. ¿Nos largamos todos? ¿Nos quedamos sin ellos (políticos, parásitos, aprovechados)?

Qué te gusta una reunión
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Aprovecho el repor de Josep Garriga en El País para abordar el mal de la reunionitis e invitar al lector a que describa sus propias experiencias. ¿Qué pasa en una redacción? Pues básicamente que los jefes de cada sección se reúnen con la cúpula (director y subdirectores) dos veces al día, es decir, 14 a la semana en un tramo de cinco días (en los periódicos también hay guardias de fin de semana, pero afortunadamente quedan fuera del círculo absorbente).

En nuestro oficio, una reunión permite tomarle el pulso a la jornada, ver quién está más (informativamente) tieso y quién puede tomar las riendas de la página 2-3 (la más importante, aparte de la portada, por ser la que ofrece en primer término las tripas, la intención del diario). La utilidad máxima del elemento es pues encajar las piezas del puzle e inyectarle cierta coherencia geográfica y espacial a las noticias.

¿Son una herramienta imprescindible? No lo tengo claro. Quizás sí. Pero en una versión reducida que bien podría combinarse con correos electrónicos o llamadas, tal y como sugieren los expertos con elemental sabiduría. En esta terrible fase de productividad multiplicada, el esquema es bien simple: menos empleados para el mismo trabajo. El tiempo escasea. Y las reuniones roban tiempo y a veces también concentración. Especialmente si los retrasos son la norma.

Me gustaría tasar antes de despedirme las diferentes subrazas detectadas en mi década de experiencia laboral no sólo como periodista sino también como abogado: están los siniestros, esos jefes cuya única misión parece ser acojonar al personal; están los pelotas, dispuestos a reír frases que ni siquiera pretendían resultar divertidas; los hay adictos al chiste, a la intervención permanente y desinformada, a la cara larga, a la introspección melancólica… y, por fortuna, aunque escaseen, existen tipos curtidos de los que aprendes, con los que debates sin que influyan los carnés jerárquicos.

Universo Blog
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El periodismo necesita carreteras secundarias ya mismo. Se quema el papel, se estancan los sueldos e irrumpe internet sin que ningún ideólogo sepa todavía demasiado bien hacia dónde sopla el viento (y, sobre todo, cómo captar recursos vía publicidad).

Una vez más, Estados Unidos nos da pistas. Allí florece, aunque con castas y divisiones, el universo blog, donde un autor/gestor puntero (Michael Arrington y su Techcrunch) gana la muy gloriosa cifra de 155.000 euros al mes. Weblogs SL es la versión española del fenómeno. Pero disponen de toda esta información y mucha más en un buen reportaje de Tino Fernández para Expansión.

Siempre he creído que la gran ventaja de internet es que abre una enorme puerta a la participación. Cierto que no todos acuden a la llamada con espíritu constructivo, pero la vida es así también fuera de la pantalla. Una asignatura pendiente (de este espacio que firmo) es lograr más adhesiones no necesariamente ideológicas sino esencialmente participativas. Es tarea del bloguero captar atenciones y fidelidades ideando propuestas atractivas. Y yo me apunto un suspenso hasta la fecha, aunque disfrute como un enano alimentando de cuando en cuando las Crónicas.

¿Qué nos muestran los anglos? Diría que fundamentalmente un espíritu comanditario donde el blog no se asocia a una firma o un esfuerzo sino a una suma de perspectivas. El lector, insisto, deja de ser un consumidor pasivo (digámoslo así, sin ánimo alguno de ofensa) para ofrecer sus propias ideas, sugerir enlaces o corregir imprecisiones. Como en un diario, los flujos mandan. Y una buena masa de visitantes atrae ingresos. Otro reto es lograr la música mágica sin el manto de un gran grupo de comunicación. La red es una jungla tan vasta que lo fácil es enredarse en la telaraña de los subproductos sin aspirar jamás al foco del gran público.

Estoy seguro de que poco a poco afinaremos. Entretanto, les remito un enlace con los 25 mejores blogs del mundo según The Times. Ya les adelanto que algunos son carne de cabecera, si me permiten la extraña figura.

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