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Visto en la distancia, da la sensación de que Zapatero ha abordado la designación del candidato del PSOE para la Comunidad de Madrid con la misma delicadeza con la que Alemania invadió Polonia. ¿Resultado? Al final, el presidente y el secretario regional que se le ha puesto díscolo, Tomás Gómez, se han devuelto los regalos de compromiso que se intercambiaron hace tres años y se han citado a duelo para el tres de octubre. En castellano: que habrá primarias. Salvo sorpresa monumental, Trinidad Jiménez versus Tomás Gómez. Y no porque se haya asumido como un principio inmutable que una confrontación interna para la designación de un candidato es una señal de salud democrática (que lo es), sino porque ambos no quieren saber ya nada el uno del otro.
Zapatero alega que las encuestas dan como mejor candidata socialista para la Comunidad de Madrid a Trinidad Jiménez. La ministra de Sanidad ya intentó ser alcaldesa de Madrid y se largó cinco minutos después de perder las elecciones, pero los sondeos dicen que le puede hacer daño a Esperanza Aguirre. Y ante eso, el pasado importa bien poco.
Tomás Gómez, por su parte, entiende que se ha pasado tres años de secretario regional de Madrid, que un partido no puede fiarse sólo de las encuestas (a este paso, también mirarán las cabañuelas para las designaciones) y que se ha ganado al menos un par de derechos: 1) a ser el candidato del PSOE, como le pidió el 95% de los militantes de su federación, y 2) a que no lo ninguneen ni lo humillen con una defenestración retransmitida en directo por los medios de comunicación.
Desde luego, no se le negará una cosa al ex alcalde de Parla. Decían sus compañeros de Ferraz que no era nada conocido y que así no iba a ninguna parte frente a Esperanza Aguirre. Bueno, pues ya por ahí no le podrán atacar. Un par de tertulias más y como sigan atacándole con ese frenesí lo van a hacer más famoso en Madrid que Belén Esteban.
¿Qué puede pasar ahora? Al dirigente del PSM le espera un tormentazo de gota fría sobre su cabeza por parte de una ejecutiva federal a la que ni por asomo se le pasa por la cabeza perder unas primarias que cuestionarían la autoridad del inquilino de la Moncloa. Y Tomás Gómez, mientras tanto, hará ver que es una víctima del sistema y exprimirá en su favor el cabreo soterrado de quienes han asistido al ‘linchamiento’ del compañero.
Veremos qué pasa. En política, el victimismo vende, pero tiene un recorrido muy corto y muchos terminan cambiando de bando en menos menos tiempo que lo que tarda Usain Bolt en correr los cien metros lisos. Al tiempo.
La visita de Michelle Obama a Marbella tiene los niveles de lectura que se quieran. ¿Quién piensa que se trata de una visita privada y que, por tanto, hay que dimensionar a la baja el espacio que se le da en los periódicos, en las emisoras y en los portales de internet? Calculo que bien pocos. Salvo que a alguien le dé un arrebato de purismo mal entendido, nadie puede pretender que los periódicos no informemos de esto. No somos una sucursal escrita del Sálvame, pero tampoco unos espartanos que rechazan airados la información social. ¿Por qué tendríamos que hacerlo? Estamos en agosto y ha venido a Marbella una señora que se ha convertido en la primera dama de los Estados Unidos y que es, junto a su marido, la pareja más famosa del mundo en los últimos dos años. En cuanto al beneficio de su presencia para Andalucía, no es despreciable. Vivimos en una comunidad global en la que la información se mueve en millonésimas de segundo. ¿De verdad que se puede desperdiciar la oportunidad de poner el nombre y la marca de Andalucía en tantas televisiones y revistas del mundo? ¿Cuánto valdría eso si se pagara a una agencia para hacer publicidad de nuestras excelencias turísticas en Estados Unidos? Hay razones, en consecuencia, para este recibimiento con ribetes galácticos en una sociedad en la que la información se convierte muchas veces en entretenimiento y espectáculo. Ahora bien, esta comprensión de las reglas del juego no debe cegarnos. Salvo que hayamos perdido el sentido del pudor, no podemos más que concluir que en la visita está habiendo también momentos para el estupor. Y también que es lógico que haya habido cierta rechifla con escenas que se han asemejado a una versión moderna del Bienvenido Mister Marshall, con ese puntito macarra que algunos se gastan en la tierra adoptiva de Jesús Gil y Julián Muñoz. Ha llegado todo a un punto tal de paroxismo que ya nos hubiera parecido hasta normal que Manolo Escobar hubiera recibido a Michelle a los pies de la escalerilla del avión a los sones de ¡¡¡que viva España¡¡¡ o que alguien le pusiera un traje de faralaes a su hija Sasha y la obligaran a escuchar una canción de Los del Río del tipo de ?Obama tiene un color especial?o algo igual de tenebroso. El typical spanish versión kitchs al que algunos están intentado someter a la señora Obama está siendo de tercer grado.
El Ayuntamiento acaba de anunciar que el coche ponemultas circulará otra vez por la ciudad en octubre después de cinco meses en secano por un problema con el renting del vehículo. Dicho así, parece más o menos que Moisés ha bajado otra vez de la montaña sagrada con las tablas de los diez mandamientos, pero no, pese a la parafernalia mediática, las aguas del Nilo no se han abierto. Se trata tan sólo de un coche, y no precisamente el que conduce Alonso en Montecarlo, sino uno que si fuera propiedad suya o mía nos gastaríamos todo nuestro sueldo en reparar sus continuas averías. El ponemultas lleva ya más tiempo en el taller que en la calle, así que el anuncio de su ?regreso? a la vía pública debe ponerse en cuarentena por una mera cuestión de sentido común. Han sido tantas las veces que hemos hablado de él por sus desventuras que parece el protagonista del show de Truman. Pero no, no se dedica al espectáculo, sino a imponer multas, una actividad muy legítima de la que hay que informar y a la que hay que apoyar sin ambages (no estamos aquí por la apología de los infractores), pero sin llegar al papanatismo de que nos hagan creer que se trata más o menos de un robocop con cuatro ruedas ante el que debemos mostrar el mayor de los entusiasmos.
La huelga anunciada esta tarde por los controladores aéreos de este país tiene un aspecto positivo que no hay que despreciar: al menos, esta vez han avisado con tiempo de que van a hacer huelga. Las últimas veces que han hecho mutis por la torre han hecho más teatro que Moliere y se han puesto enfermos en masa cinco minutos antes de entrar en su puesto de trabajo. Como a ingenuo no me gana ni Heidi, no diré aquí que estuvieran echándole rostro de cemento armado a la cuestión, pero bueno, tampoco es que me haya sorprendido que los inspectores médicos hayan concluido de dos de cada tres controladores no se tendrían que haber dado de baja cuando les dio esa ansiedad colectiva y contagiosa de hace tres fines de semana. Ahora, al menos, van por derecho. Estos señores, cuyos sueldos no llegan ni a los 350.000 euros al año, están muy irritados con el Gobierno porque el ministro de Fomento, José Blanco, dijo en Navidad que se les iban a acabar los privilegios y ha terminado por firmar un decreto que, en la práctica, les amplía la jornada, les reduce los descansos y les recorta el sueldo un 40% a base de quitarles unas horas extra que estaban pagadas como si en vez de controlar el tráfico aéreo se dedicaran a viajar a Saturno los sábados y a Plutón los domingos. ¿Que están enfadados? Pues claro que sí. ¿A quién le gusta que le metan la mano en el sueldo? Pero hay recortes y recortes, y lo mismo que se puede entender el enfado de un funcionario que gana mil euros y le quitan cien, se comprende mucho menos la indignación de otro que gana veinte veces más y ahora, en plena crisis mastodóntica, sólo ganará un poco menos. Los controladores no han dicho todavía qué día harán huelga, pero casi da igual: sea el 18, el 20 o cuando sea, el enredo que se puede montar en los aeropuertos españoles en pleno lío de las vacaciones de agosto será estratosférico. Han sabido elegir cuándo hacer daño. Lo que no sabemos todavía es a qué precio.
Si me hubieran dicho hace tan sólo un mes que una jueza iba a entregarle las acciones de Lopera a Rafael Gordillo, le habría dado a la noticia la misma credibilidad que si me hubieran asegurado que Isabel Pantoja ha descubierto una vacuna contra el sida. Esto es, ninguna. Ocurre, sin embargo, que el Betis se ha convertido en el reino donde todo es posible. Lo mejor y, en los últimos años, también lo peor. No digo que lo de Rafael Gordillo pertenezca a este último apartado. Todo lo contrario. Pero no les niego que su nombramiento y el traslado de las acciones desde la calle Jabugo al Polígono de San Pablo me parecen propias de una trama surrealista firmada por el guionista de Buñuel y sólo pueden ser fruto de la deriva esperpéntica que ha tomado esta entidad centenaria en los últimos años del loperismo rampante. No dejan de ser una guinda asombrosa para un pastel con la nata caducada, un giro novelesco de 180 grados para intentar enderezar un rumbo de desvaríos que hacía real ese dicho que dice que todo lo que es susceptible de empeorar, empeora. Fijarse ustedes, que diría uno que yo me sé, en este julio diabólico que están viviendo los verdiblancos. En 16 días intervienen las acciones del máximo mandatario por la supuesta comisión de un delito delito societario (en román paladino, que presuntamente estaba vaciando las arcas del Betis en favor de sus empresas) , imputan por el mismo delito al que fue su vicepresidente, Ángel Martín; Luis Oliver, el supuesto comprador de las acciones del vecino de la calle Jabugo, se hace con el control del club pese a que tiene sólo dos acciones y, este jueves, el consejo de administración, repleto de afines a Don Manuel, se carga la Junta de Accionistas que se iba a celebrar el 20 de agosto para evitar que la oposición pueda meter mano en el caos institucional. No hay que estar en Quinto de Parapsicología para adivinar que la jueza del caso, Mercedes Alaya, le ha dado el control de las acciones de Lopera a Rafael Gordillo para evitar algo que tiene pinta de pantomima , de farsa de alguien que quiere seguir controlando el Betis a través de persona interpuesta. Algunos ven ya hoy a Gordillo como una especie de Mesías, un Moisés que llegará con las tablas de la ley para conducir a su pueblo. Seguramente dé un paso al frente, pero vaya la que se le viene encima.
No me gustan los toros. O mejor dicho, me son indiferentes. Si se me apura, hasta puedo comprender la argumentación de los animalistas. La lidia no de deja de un arte que se vale de la muerte de un animal como cauce de expresión de la creatividad de un artista. Cómo no voy a entender que esto le chirríe a algunos. Pero de ahí a ponerse tan exquisitos de prohibir una fiesta milenaria que entronca con la historia, la tradición y la cultura de España hay un trecho muy largo. Ya sé que los toros sufren. Pero tampoco creo que las vacas se sientan felices cuando las deguellan en los mataderos ni puedo imaginarme que los peces disfruten enganchando sus pescuezos en el anzuelo o que las cucarachas estén dispuestas a inmolarse bajo el efecto de un pesticida. La vida es así. A un lado, los humanos. Y al otro, los animales. Y de momento estos últimos no tienen derecho a ir al Tribunal Constitucional a hacer valer sus derechos.
¿Qué la prohibición en Cataluña ha sido un ejercicio antidemocrático? Seamos sinceros. No ha sido así. Se recogieron 180.000 firmas en pro de la abolición, hubo un debate amplio en el Parlament de Cataluña en el que se confrontaron opiniones, sentimientos, razones y documentos y al final se decidió la prohibición en una votación en la que los dos principales partidos, PSC y CiU, dieron libertad de voto a sus diputados. ¿Aceptamos el juego democrático cuando nos va bien y lo denostamos cuando nos molesta? ¿A que no? Pues eso.
Dicho esto. Lo mismo que elogio la pulcritud democrática del procedimiento elegido, me reservo el derecho a pensar que las hadas existen, que es probable que Papa Noel venga del Polo Norte y que en la abolición de los toros en Cataluña no ha pesado el ajuste de cuentas de quienes estaban como locos por darle una patada a España en el trasero de los toros de Osborne.
La medida, nos pongamos como nos pongamos, rezuma revanchismo identitario, ganas de hacer creer que la sensibilidad catalana es mayor que la del resto de España (¿Y los correbous del sur de Cataluña? ¿ponerle bolas de fuego a un toro y perseguirlo hasta dejarlo extenuado es un síntoma de sensibilidad exquisita) y de decirle adiós a una tradición que forma parte de la historia secular de España. Y todo esto adobado con una mentalidad prohibicionista que, como dice Savater, recuerda a algo tan españolísimo como es la Santa Madre Inquisición.
No me gustan los toros. O mejor dicho, me son indiferentes. Si se me apura, hasta puedo comprender la argumentación de los animalistas. La lidia no de deja de un arte que se vale de la muerte de un animal como cauce de expresión de la creatividad de un artista. Cómo no voy a entender que esto le chirríe a algunos. Pero de ahí a ponerse tan exquisitos de prohibir una fiesta milenaria que entronca con la historia, la tradición y la cultura de España hay un trecho muy largo. Ya sé que los toros sufren. Pero tampoco creo que las vacas se sientan felices cuando las deguellan en los mataderos ni puedo imaginarme que los peces disfruten enganchando sus pescuezos en el anzuelo o que las cucarachas estén dispuestas a inmolarse bajo el efecto de un pesticida. La vida es así. A un lado, los humanos. Y al otro, los animales. Y de momento estos últimos no tienen derecho a ir al Tribunal Constitucional a hacer valer sus derechos.
¿Qué la prohibición en Cataluña ha sido un ejercicio antidemocrático? Seamos sinceros. No ha sido así. Se recogieron 180.000 firmas en pro de la abolición, hubo un debate amplio en el Parlament de Cataluña en el que se confrontaron opiniones, sentimientos, razones y documentos y al final se decidió la prohibición en una votación en la que los dos principales partidos, PSC y CiU, dieron libertad de voto a sus diputados. ¿Aceptamos el juego democrático cuando nos va bien y lo denostamos cuando nos molesta? ¿A que no? Pues eso.
Dicho esto. Lo mismo que elogio la pulcritud democrática del procedimiento elegido, me reservo el derecho a pensar que las hadas existen, que es probable que Papa Noel venga del Polo Norte y que en la abolición de los toros en Cataluña no ha pesado el ajuste de cuentas de quienes estaban como locos por darle una patada a España en el trasero de los toros de Osborne.
La medida, nos pongamos como nos pongamos, rezuma revanchismo identitario, ganas de hacer creer que la sensibilidad catalana es mayor que la del resto de España (¿Y los correbous del sur de Cataluña? ¿ponerle bolas de fuego a un toro y perseguirlo hasta dejarlo extenuado es un síntoma de sensibilidad exquisita) y de decirle adiós a una tradición que forma parte de la historia secular de España. Y todo esto adobado con una mentalidad prohibicionista que, como dice Savater, recuerda a algo tan españolísimo como es la Santa Madre Inquisición.
Casi todos nos quedamos la semana pasada con una frase de Zapatero en el debate sobre el Estado de la Nación que decía más o menos que tomaría todas las medidas necesarias para sacar a España de la crisis ?me cueste lo que me cueste?. Pues anda que ha tardado mucho. Esta tarde se ha confirmado una de esas medidas que se supone que son necesarias pero que también le van a arrear más de un disgusto al presidente y a los suyos. Esto es, y en su propia jerga, que le van a costar. Y mucho. La ministra de Vivienda, Beatriz Corredor, ha anunciado a los consejeros de las comunidades autónomas que tiene que recortar el presupuesto de su departamento y que ha decidido potenciar el alquiler y las rehabilitaciones de inmuebles? a cambio de cargarse las ayudas a la compra de VPO y a la adquisición de suelos para hacer viviendas protegidas. Eso y pegarle un zurriagazo mortal a las políticas sociales de vivienda es lo mismo. Al menos como las concebimos hasta ahora. ¿Qué va a pasar, por ejemplo, con esa ley andaluza que ?garantizaba? el derecho a una vivienda porque se suponía que iba a promover todas las necesarias para los demandantes de esta tierra? Se entiende el cabreo supino de la Junta con lo que se ha anunciado. Y otro caso más: ¿Desbarata este tijeretazo la ingente cantidad de proyectos de quienes se embarcaron en construir VPO porque les dijeron todas las veces que fueron necesarias que se iba a apostar por este mercado? Esto, que lo sepan, será seguramente necesario, pero también puede tener un coste muy directo. Y donde más les duele. En las urnas.
No llegaré al punto de decir que tendrá una incidencia reseñable en el PIB de Andalucía, pero tampoco le negaré un ápice de su importancia a la visita de los Obama a Marbella. Lo primero una puntualización. No es seguro que el presidente norteamericano recale finalmente en la Costa del Sol, así que cuidado con montar una versión andaluza del Bienvenido Mister Marshall, incluidas las faralaes, para que luego no aparezca . La que ha confirmado su presencia es su mujer, Michelle, que viene con las dos hijas. Y lo que sí es cierto es que hay muchas posibilidades de que también aparezca su marido, quien por cierto cumplirá 50 años durante su pretendida estancia marbellí. Dicho esto, lo que ya se puede certificar es que el impacto mediático de su presencia, y hasta el mero anuncio de su llegada, será más que evidente. Hace ahora trece años, Clinton vino a Granada deslumbrado por la Alhambra y sus elogios pusieron Andalucía en el punto de mira de millones de estadounidenses. Su sola mención valió lo mismo que una campaña publicitaria para el mercado norteamericano de las que se pagan con muchos ceros en el talón. Pues bien, si ya supuso tanto en una época en la que algunos podrían pensar que internet se escribe con hache, qué puede valer ahora, en términos publicitarios, una visita que aparecerá millones veces en el buscador del Google.
P.D. Y, por Dios, que le pongan un cordón de seguridad aún más grande del normal no vaya a ser que quieran ir a verle Gunilla, Maite Zaldivar o Julián Muñoz, que eso no lo resiste ni el hombre más poderoso de la tierra.
No llegaré al punto de decir que tendrá una incidencia reseñable en el PIB de Andalucía, pero tampoco le negaré un ápice de su importancia a la visita de los Obama a Marbella. Lo primero una puntualización. No es seguro que el presidente norteamericano recale finalmente en la Costa del Sol, así que cuidado con montar una versión andaluza del Bienvenido Mister Marshall, incluidas las faralaes, para que luego no aparezca . La que ha confirmado su presencia es su mujer, Michelle, que viene con las dos hijas. Y lo que sí es cierto es que hay muchas posibilidades de que también aparezca su marido, quien por cierto cumplirá 50 años durante su pretendida estancia marbellí (por cierto, que no le organicen una fiesta, no se vayan a colar Gunilla o Julián Muñoz). Dicho esto, lo que ya se puede certificar es que el impacto mediático de su presencia, y hasta el mero anuncio de su llegada, será más que evidente. Hace ahora trece años, Clinton vino a Granada deslumbrado por la Alhambra y sus elogios pusieron Andalucía en el punto de mira de millones de estadounidenses. Su sola mención valió lo mismo que una campaña publicitaria para el mercado norteamericano de las que se pagan con muchos ceros en el talón. Pues bien, si ya supuso tanto en una época en la que algunos podrían pensar que internet se escribe con hache, qué puede valer ahora, en términos publicitarios, una visita que aparecerá millones veces en el buscador del Google.
Ante todo una premisa: no nos vayamos a quejar ahora de que la grúa en Sevilla se está poniendo pantagruélica o algo así por el estilo. Sí, es verdad. El Gobierno municipal ha dado orden a la Policía Local para que las grúas den grandes batidas por la ciudad y los agentes se han puesto a ello con evidente fruición, para disgusto de quienes aparcan en la puerta cada vez que van a tomarse una cerveza al Jota, al Tremendo y a lugares similares. La razón, la de siempre: esa doble fila que es tan característica de Sevilla que deberían de ponerla en los folletos turísticos junto a una foto del termómetro del Prado para que los foráneos sepan a dónde vienen. ¿Debemos quejarnos? Bueno, si nos llevan el coche no digo yo que haya que tener un arrebato cívico y ponerse a aplaudir, pero seamos sensatos: en el 99,99% de los casos, si se llevan un vehículo suele ser por una causa que está incluida en las ordenanzas de tráfico. Y además, ¿no hemos criticado tanto que el Ayuntamiento se ha pasado los últimos diez años anunciando una tolerancia cero con la doble fila que luego nunca se cumplía? Pues ahora que parece que está en ello, no caigamos en la incoherencia de criticarles. En todo caso, llamemos la atención sobre el hecho de que esta llamada al orden vial coincide en el tiempo con un toque de rebato para recaudar más dinero, ahora que las arcas se han quedado limpias de tanto usarlas. ¿O no es así?
Los primeros tramos de la SE-40 deberían estar listos en 2011. Y los 77 kilómetros de la ronda, en otros dos años más. Hasta hoy, porque lo de las fechas es mejor dejarlo ya en una cuarentena bondadosa. Esta mañana, el ministro de Fomento, José Blanco, ha confirmado que las obras de la SE-40 seguirán, lo que no deja de ser una buena noticia, ahora que la guadaña de los recortes amenazaba con segar la obra civil más importante de Sevilla. Pero la buena nueva tiene su apostilla un tanto tenebrosa: las obras seguirán ?a menor ritmo?. ¿Y eso qué significa? ¿Qué los obreros trabajarán más sosegadamente? No seamos tan antropológicamente optimistas como nuestro presidente del Gobierno. Buena parte de las obras que esperan la mayoría de los sevillanos llegarán más tarde de lo previsto o simplemente tardarán más en ejecutarse. Estamos asistiendo a la mayor reprogramación de obras de la democracia, fruto de un ajuste inevitable pero también doloroso. Hay que recortar casi 4.000 millones de euros en infraestructuras y eso no se quita eliminando señalizaciones de las rotondas. Hay que cancelar contratos, suspender proyectos y ralentizar algunas de las obras en marcha. No hay otra. Y se agradece que se diga con tanta claridad como ha hecho el ministro: A menos dinero, menos obras. Y quien quiera pensar lo contrario es que está aquejado del síndrome de Peter Pan o es que no quiere pensar que los recortes no serán pasajeros.
Ahora bien, el que aceptemos la necesidad de los recortes no quita para que estemos atentos a cómo se van a pelear los ajustes y para que exijamos saber cuanto antes la letra pequeña del tijeretazo. Los retrasos podrían oscilar entre un mínimo de un año y un máximo de cuatro. Y es evidente que no es lo mismo un retraso que otro. ¿Qué se puede hacer? Pues no digo que haya que ponerse como esos nacionalistas de sensibilidades indignadas que cada vez que les sale mal algo dicen que la culpa es de que España no les quiere y reclaman más cesiones, pero sí que debemos ser capaces de mostrar nuestra fuerza donde corresponda para evitar discriminaciones que beneficien a quienes viven permanentemente instalados en la cultura de la queja y el agravio.
Salvo que IU dé una espantada que no está en el guión lógico de los hechos, el Ayuntamiento de Sevilla aprobará mañana en un pleno extraordinario la continuación de las obras de los parasoles de la Encarnación pese al informe en contra dictado por el Consejo Consultivo de Andalucía. Este organismo entiende que no hay causas que justifiquen una desviación presupuestaria tan abusiva del proyecto y concluye que se debe paralizar la construcción. Monteseirín alude al interés general para defender el mantenimiento de la obra, un argumento al que nos abonamos sin recato. Si no yerran una vez más, que todo puede ser, las populares setas de la Encarnación deberían estar listas para finales de este año, es decir, dentro de no más de cinco meses. ¿Merece la pena dejar inconclusa la obra cuando queda tan poco para acabar? ¿Es lógico dar marcha atrás con todo lo que eso conlleva? Ya no se trata de un debate estético entre quienes entienden la propuesta de Mayer como un icono que simbolizará una Sevilla emergente en pleno centro de la ciudad y quienes piensan que los parasoles no dejan de ser un adefesio con forma de platillo volante. Se trata de una cuestión económica y también de crédito ante los ciudadanos. Este Ayuntamiento no puede caer ahora en el descrédito de tirar por la borda tanto trabajo y tanto dinero invertido sólo porque un organismo refrenda (por cierto, con toda la razón) lo que ya sabíamos todos: que las desviaciones presupuestarias de la Encarnación son escandalosas. Pues claro que ha sido así. ¿Cómo si no calificar una obra que iba a costarle al contribuyente 51 millones y que terminará con un coste de casi 90 millones de euros? Seguramente estemos todos de acuerdo, pero ¿de qué serviría ahora dejarlo todo como estaba? No parece desde luego una buena idea. Ahora bien, que nadie entienda tampoco que debemos ir de fatalistas por la vida y que hay que resignarse ante lo acontecido. El Gobierno municipal insiste una y otra vez en que cuando acabe la obra dilucidará responsabilidades con la adjudicataria de la obra, Sacyr, pero parece haberse olvidado de las responsabilidades propias. ¿O no tiene ninguna un ayuntamiento que adjudicó una obra megalómana sin enterarse de que el proyecto no era viable técnicamente? ¿O no tiene ninguna un gobierno local que ocultó durante dos años a los ciudadanos que existían esos problemas estructurales? Digo esto porque si se escucha al alcalde, empieza uno a pensar que las obras se adjudican solas y que quien firma los contratos es un ente abstracto al que no se pueden pedir responsabilidades. En fin, adelante con la Encarnación, pero no estaría de más que alguien del Gobierno municipal pidiera de una santa vez disculpas a los sevillanos por la enorme cantidad de errores cometidos en la Encarnación. Hacerlo les honraría. No hacerlo, les desacredita.
Salvo que IU dé una espantada que no está en el guión lógico de los hechos, el Ayuntamiento de Sevilla aprobará mañana en un pleno extraordinario la continuación de las obras de los parasoles de la Encarnación pese al informe en contra dictado por el Consejo Consultivo de Andalucía. Este organismo entiende que no hay causas que justifiquen una desviación presupuestaria tan abusiva del proyecto y concluye que se debe paralizar la construcción. Monteseirín alude al interés general para defender el mantenimiento de la obra, un argumento al que nos abonamos sin recato. Si no yerran una vez más, que todo puede ser, las populares setas de la Encarnación deberían estar listas para finales de este año, es decir, dentro de no más de cinco meses. ¿Merece la pena dejar inconclusa la obra cuando queda tan poco para acabar? ¿Es lógico dar marcha atrás con todo lo que eso conlleva? Ya no se trata de un debate estético entre quienes entienden la propuesta de Mayer como un icono que simbolizará una Sevilla emergente en pleno centro de la ciudad y quienes piensan que los parasoles no dejan de ser un adefesio con forma de platillo volante. Se trata de una cuestión económica y también de crédito ante los ciudadanos. Este Ayuntamiento no puede caer ahora en el descrédito de tirar por la borda tanto trabajo y tanto dinero invertido sólo porque un organismo refrenda (por cierto, con toda la razón) lo que ya sabíamos todos: que las desviaciones presupuestarias de la Encarnación son escandalosas. Pues claro que ha sido así. ¿Cómo si no calificar una obra que iba a costarle al contribuyente 51 millones y que terminará con un coste de casi 90 millones de euros? Seguramente estemos todos de acuerdo, pero ¿de qué serviría ahora dejarlo todo como estaba? No parece desde luego una buena idea. Ahora bien, que nadie entienda tampoco que debemos ir de fatalistas por la vida y que hay que resignarse ante lo acontecido. El Gobierno municipal insiste una y otra vez en que cuando acabe la obra dilucidará responsabilidades con la adjudicataria de la obra, Sacyr, pero parece haberse olvidado de las responsabilidades propias. ¿O no tiene ninguna un ayuntamiento que adjudicó una obra megalómana sin enterarse de que el proyecto no era viable técnicamente? ¿O no tiene ninguna un gobierno local que ocultó durante dos años a los ciudadanos que existían esos problemas estructurales? Digo esto porque si se escucha al alcalde, empieza uno a pensar que las obras se adjudican solas y que quien firma los contratos es un ente abstracto al que no se pueden pedir responsabilidades. En fin, adelante con la Encarnación, pero no estaría de más que alguien del Gobierno municipal pidiera de una santa vez disculpas a los sevillanos por la enorme cantidad de errores cometidos en la Encarnación. Hacerlo les honraría. No hacerlo, les desacredita.
Pues sí que da de sí una semana. Siete días fuera en un aperitivo vacacional con vistas al mar y cuando vuelvo, se están pensando parar el proyecto de la Encarnación, han entregado Cajasur al BBK y han paralizado la venta del Betis. Dios, como para que alguien diga que en verano no pasa nada.
Lo primero, lo de la Encarnación, no es más que el certificado de que este proyecto lleva torcido más de tres años y que para arreglarlo hace falta un dinero que igual debería de emplearse para otros fines. El Consejo Consultivo ha emitido un informe contrario a la modificación al alza del presupuesto de la obra porque no tiene otra elección. La desviación del proyecto es abusiva ?18 millones más: un 70% más de lo previsto? y eso no hay experto que lo pueda avalar. Ahora el Ayuntamiento tiene que decidir si es más costoso seguir con la obra o paralizarla. Un dilema bochornoso que dice bien poco de cómo se desempeñan en la gestión algunos de jerifaltes locales.
Lo de Cajasur también ha sido de impacto, pero no porque se haya entregado a una entidad vasca (si el Banco de España entendió que era la mejor oferta desde el punto de vista financiero, poco más se puede decir, por mucho que nos hubiera gustado que permaneciese en Andalucía y tributase aquí), sino por el estado en el que se quedan el Gobierno andaluz y el PSOE después de haber apostado tan fuerte para que Cajasur quedara en manos de Unicaja o, en su defecto, de Cajasol. A lo mejor, no ha sido nada prudente quemarse tanto. A lo mejor, hay que pensarse mejor tantas cosas que se han dicho y quiénes las han dicho.
Y, por último, el Betis. Penúltimo capítulo del sainete loperiano. La jueza Mercedes Alaya le impone una fianza millonaria por la supuesta comisión de delitos societarios y por apropiación indebida y paraliza la venta de sus acciones a Luis Oliver. ¿Fin de Manuel Ruiz de Lopera en el club? Bueno, bueno, digamos que la picaresca está tan en alza por donde asoma el platillo volante al final de la Palmera que, igual que hemos asistido a una pantomima de venta con más pinzas que en un tendedero, podemos estar asistiendo a una representación del final de Loperismo, pero con el mandamás de la calle Jabugo manteniéndose con el control a través de un consejo de adeptos inquebrantables que actuarían de marionetas del ex máximo accionista. Surrealista y esperpéntico, pero me temo que verosímil.
Lo he dicho ya en alguna ocasión y lo certifico: me niego a participar de ese dislate común de considerar que todos los políticos son unos golfos y que todos hacen lo mismo, esto es, trincar del bote común en beneficio propio y de los suyos. No, no es verdad. Y mal haremos en no decirlo una y otra vez antes de que la erosión del crédito de nuestros políticos derive en algo peor, como por ejemplo el advenimiento de un émulo de Berlusconi o algo por el estilo. Los primeros interesados son los ciudadanos. Sí, todos nosotros, pero en especial todos aquellos que depositan su confianza (y su voto) en políticos a los que luego pillan con el carrito de las mordidas y las comisiones. Ellos son los primeros que tendrían que repudiar a quien ha traicionado su apoyo en las urnas. Por eso me sorprenden tanto esas imágenes que se ven tan a menudo de vecinos que defienden a sus alcaldes como si fueran víctimas de conspiraciones de Estado cuando en realidad hay multitud de pruebas que avalan su condición de truhanes con vara de mando. Lo hemos visto una y mil veces cuando detienen a un regidor con mil trampas en los cajones y sus vecinos lo reciben como si los hubiera torturado la Gestapo. Esas adhesiones inquebrantables sólo se pueden entender como la consecuencia de las redes clientelares que montan estos politicastros para perpetuarse en el poder. Y hacen mucho daño cuando terminan convirtiéndose en máquinas electorales que permiten a estos malandrines perpetuarse en el poder mediante pérfidos equilibrios cimentados en el enchufismo, los favores ilegales y unas raciones brutales de la demagogia más zarrapastrosa que pueda verse hoy en día.
Les anticipo que soy casi incapaz congénitamente de racionalizar mi pasión por el fútbol. Pese a mi natural relativamente tranquilo, no puedo. Hay quien mide el paso del tiempo por el curso de las estaciones. Yo lo hago por los calendarios de la Liga. Me viene de pequeño. Un día vi en una televisión en blanco y negro la imagen de Asensi, un tipo con pinta de comercial de fábrica textil que jugaba de centrocampista del Barcelona. Llevaba la camiseta de la Selección. No me acuerdo a quién le pregunté si España era buena en fútbol. Lo que sí sé es que me contestó que éramos los campeones del mundo. Tenía siete años. Y me lo creí a pies juntillas. No tardé en darme cuenta de la bola que me había tragado. Poco después empezó el Mundial del 74 y recuerdo que no entendía por qué no estábamos nosotros. Sólo veía a tipos desgarbados y melenudos, pero ninguno se apellidaba Sánchez o Pérez. Por lo menos me ahorré el disgusto de saber que Yugoslavia nos había dejado fuera de un mundial con un gol de Katalinski, y no fue hasta 1978 cuando empecé a sufrir como un condenado. Tenía 12 años y la candidez suficiente para creer que España podrá hacer algo en el Mundial de Argentina. Escuchaba a José María García por las noches metiéndole guantazos sin manos a Pablo Porta y me indignaba por lo mal que lo pasaban nuestros jugadores en la concentración de La Martona, pero tenía esperanzas de que nos sobrepusiéramos. A mi lado, el optimismo antropológico de Zapatero sería pura farfolla. De nada sirvió. Todavía me mortifica el gol de Cardeñosa. Y luego la impotencia del padre de Perico Alonso, el padre de Xabi, cuando empatamos con Honduras en el hazmerreír del mundial de Naranjito; el fallo de Arconada en la Eurocopa del 84; el planchazo del penalti fallado por Señor en México; el repaso que nos dio Yugoslavia en el 90; el codazo de Tassotti a Luis Enrique cuatro años después con Baggio remachándonos; nuestro fiasco clamoroso con Nigeria en el 98; el penalti de Joaquín contra Corea que no pude ni ver o la cara de tontos que nos quedó cuando Francia nos mandó para casa en 2006. Hoy, como casi todos ustedes, no me puedo ni creer que estemos en la final de la Copa del Mundo. Veo a los jugadores y me pregunto si es verdad lo que nos está pasando. Y como soy español, tengo 43 años y llevo unos 36 o 37 asumiendo nuestro destino con fatalidad, ahora, que lo tenemos tan cerca, todos nuestros rivales me parecen molinos gigantes imposibles de derribar. Hoy sueño con que los tulipanes son tanques, que Pujol se tropieza cuando Van Persie o Robben van a rematar a puerta y que Casillas se hace un lío con el Jabulani cuando Sneijder le pega un zambombazo. Supongo que muchos estarán como yo, es decir, acojo… Menos mal que estos tipos que nos representan en Sudáfrica parecen estar hechos de otra madera. A estos chavales no les corre por la sangre el ADN del fatalismo ni se sienten víctimas propiciatorias de un sacrificio. Podrán ganar o perder contra Holanda, pero han cambiado ya el curso de nuestra pasión y han subvertido nuestro destino derrotista. Y eso es algo que vale mucho más que una victoria. Bueno, retiro esto último. Vale más que una victoria, pero por Dios, que ganen mañana y que podamos ver a Casillas besando la Copa de Jules Rimet. Como diría el gran Míchel tras marcale tres tantos a Corea, nos lo merecemos. ¿A que sí?
Por una tozudez de origen recaudatorio, y si no ya me dirán, el Ayuntamiento de Sevilla insiste en considerar que las multas firmadas por los controladores de la zona azul son más o menos lo mismo que la palabra de Dios. Ahora esgrimen un informe de la Agencia Tributaria del Estado (ya podían elegir un organismo un poquito más imparcial) en el que se avala la legalidad de estas sanciones, pese a que no estén validadas por un policía local. En realidad no le veo cambios al asunto. Por mucho que se empeñen, y salvo que hayan cambiado las leyes y yo no me haya enterado, para que a uno le pongan una multa tiene que venir firmada por un funcionario público investido de la condición de agente de la autoridad. Esto es, o un policía local, o si te pasa en carretera, un guardia civil. Lo de que te pueda multar un vigilante de Aussa con el aval de un compañero suyo no se sostiene, a menos que aceptemos que una ballena es un animal de compañía. Podrán darle las vueltas que quieran, pero ya verán la de jueces que terminan desmontándole esta tesis a quienes mandan en la Plaza Nueva.
Lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible. Y si se trata del Betis, pues lo dicho, pero elevado al cubo de la calle Jabugo. La operación de venta del Betis podía ser cualquier cosa menos normal. Después del pitorreo de la venta a un jeque menos creíble que los de ?se acabó el petróleo? del gran Pepe Da Rosa y de la farsa de Bsport, ahora resulta que el Betis lo compra un señor que dice estar en el paro ?como otros dos millones de españoles que lo están pasando mal?. Bueno, hay una diferencia un tanto sustancial entre esos dos millones de españoles y el tal Luis Oliver, quien, por cierto, se da un aire a Sergio Scariolo, sólo que con más pinta de pasearse por la Feria de Jerez como comercial de Osborne que de entrenar a los chicos de la Eñe. Y es que esos dos millones de ciudadanos no utilizan la prestación del desempleo o sus ahorros en cosas tan poco prosaicas como comprar un club de fútbol, una actividad un tanto más cara que devanarse el seso para llenar el carro de la compra con marcas blancas. Por lo demás, tampoco se sabe quiénes son los empresarios que están detrás de la compra del Betis, lo que no deja de acrecentar el toque oscuro de esta operación, salvo que el comprador sea Intermón-Oxfam, pero como que no va a ser. Y encima, el club se vende por 16 millones de euros, que es cuatro veces menos dinero de lo que dijo Lopera que quería por sus acciones. Y todo esto, a menos de una semana de que el hasta ahora máximo accionista declare ante la juez por, supuestamente, haber vaciado las arcas del Betis para favorecer a sus empresas. Dios, como para no escamarse.
Hace un par de semanas, un juez de Granada absolvió a un hombre de una denuncia de malos tratos, entre otras cosas, porque apreció en el testimonio de la supuestamente agredida ?excesiva parquedad ? y ?escasísima pasión?. Ocurrió el 21 de junio en un juzgado de lo Penal de Granada. Diez días después, el denunciado cogió una azada y golpeó con fiereza a Rafaela Rueda Contreras hasta dejarla muerta en una calle de Pinos Puente. Al agresor no le faltó esa ‘pasión’ de la que hablaba el togado. Ahora las miradas se dirigen hacia el magistrado que no se creyó la denuncia de la mujer ni apreció una conducta violenta en un tipo que sólo días después se lió a golpes con su pareja hasta dejarla sin vida. Es lógico que sea así, pero hay que cuidarse de evitar los linchamientos morales. Y también de establecer relaciones de causa-efecto que no son más que hipótesis que nunca se podrán confirmar. Podemos pensar, desde el asombro y la indignación, que si el juez hubiera impuesto una condena al agresor, éste no hubiera matado luego a su mujer, pero esto no son matemáticas y nadie sabe qué habría pasado. Y no creo, o al menos no quiero creer, que el juez estuviera predispuesto a no emitir una sentencia condenatoria al pensar que se trataba de una denuncia falsa. Tomó la decisión que estimó más correcta. Y ahora, por mucho que quiera huir de ello, cargará en su conciencia con lo ocurrido , por mucho que dictara su fallo de la manera más honesta posible.
Entre los localismos andaluces de pandereta y el nacionalismo plañidero que ha salido en tromba a atacar la sentencia del Estatut de Cataluña hay una distancia sideral, pero no les niego similitudes. En ambos casos me imagino a señoras y señores que en cuanto se levantan por la mañana lo primero que murmuran antes de tomarse un café es algo así como que ?hay que ver cómo me oprime España? o, en nuestro caso, ?Dios, cómo nos machacan desde Sevilla? (y aquí pueden poner también desde Málaga, Granada, Almería, Cádiz, Huelva, Jaén y Córdoba. Todas, sin excepción, que aquí no nos libramos ninguno).
Me supera tanto victimismo casposo, tanto agravio sustentado en incomprensiones que empiezan por quien es incapaz de hacer el más mínimo ejercicio de empatía en pro de la convivencia. Tres ejemplos:
1. Podrá gustar o no, pero lo que ha hecho el Tribunal Constitucional es decidir qué artículos deben retirarse del Estatut por ser claramente contrarios a lo que dicta la Carta Magna Española. Ya lo dije hace unos días. No hay más. No hay conspiraciones de opresores contra oprimidos. El fallo sólo puede interpretarse como una agresión a Cataluña si uno se cree de verdad esa ficción reaccionaria de que España trata a Cataluña como si fuera una colonia. Y, por cierto, me creo el concepto de la España plural, pero no comparto que sólo valga cuando conviene a mis intereses y no cuando alguien osa disentir de lo que pienso. Ah, y que no se me olvide, las sentencias se acatan, no se reinventan para esquivar lo dictado.
2. Bajamos al sur. La Junta decide reagrupar las empresas públicas de cada una de sus consejerías en agencias que coordinarán todas las políticas instrumentales de cada departamento. En Granada, la reordenación se reinterpreta de una forma cuanto menos torticera: se quieren llevar el control de la gestión de la Alhambra a Sevilla. El mensaje, devastador, cala: la Consejería de Cultura rectifica y deja la gestión de la Alhambra como estaba. Seguramente faltase sensibilidad a la hora de explicar el plan autonómico, pero de ahí a poner en escena una versión rasgada de La Casa de Bernarda Alba hay un mundo.
Y 3. El gran debate que nos faltaba, ése en el que están inmersos los más grandes economistas de la tierra. Andalucía se juega tener peso específico en el nuevo sistema financiero español que se está fraguando, las cajas andaluzas se posicionan en pro de su supervivencia y fortaleza en el medio y largo plazo? y algunos de nuestros políticos, con vistas a las municipales de 2011, ?elevan? el debate y se pelean por dónde se ubicará la futura sede de la gran caja. De puro sonrojo.
Intereconomía es para este país lo que la Fox a Estados Unidos, un paraíso para los nostálgicos del Santiago y cierra España. Manejan tres o cuatro ideas pardas y las desparraman por todas sus tertulias como si se tratara de un mantra obsesivo que se repite como el rosario . A saber: 1) Zapatero odia a media España, incluyendo curas, niños y soldados; 2) Zapatero nos lleva al desastre por no haber aprendido economía en las dos tardes de lecciones que le dio Jordi Sevilla y 3) Maldito sea el día en el que Zapatero se le ocurrió nombrar ministra a Bibiana Aído, otra a la que, por cierto, le tienen un cariño especial en esa casa. Resultado: si es menester, culpan al presidente leonés del terremoto de Haití y de la subida del pan en Kuala Lumpur. Lo que sea. Ni que decir tiene que pueden pensar lo que quieran, pero está claro que cuando se desbarra a diario, te puede pasar lo que ahora: que te sancionen con 100.000 euros por difundir un anuncio que destila un tinte homofóbico infumable. La promoción en cuestión decía que si había un día del orgullo gay, había 364 días de gente normal y corriente. Tampoco hay que hacer un silogismo sutil y perverso para entender por dónde van. Ahora bien, ¿aquí quién no es normal? Ellos dirán que los gays. Yo empiezo a pensar que los que no son normales son ellos.
Tirando de tópicos manidos, creo que habremos dicho no menos de un millón de veces que el turismo es para Sevilla su gallina de los huevos de oro. Bueno, pues seamos sinceros, más bien es el gallinero entero. Hoy lo pueden comprobar quienes lean el informe elaborado por la Cámara de Comercio y la Confederación de Empresarios sobre la economía sevillana. El paisaje que dibujan los redactores del informe es tan devastador como siempre. En dos años se han perdido en la provincia cinco mil empresas que equivalen al diez por ciento de nuestro tejido productivo. No es un retrato apocalíptico de la realidad, sino un muestrario de datos que dan muestra de nuestra inconsistencia. Ahora bien, también hay fortalezas que actúan de antídotos contra la espiral de pesimismo que nos ahoga. Y los expertos coinciden en señalar que una de ellas, sino la mayor, es la que se cimenta sobre nuestro sector turístico. El turismo no es inmune al derrumbe, pero aguanta las turbulencias internacionales y sigue siendo un donante ejemplar de ingresos para el PIB de la provincia. ¿Recomendación? potenciarlo lo máximo posible. Y que conste que eso no significa que debamos convertir Sevilla en un parque temático o que tengamos que vestirnos de faralaes para recibir a los turistas como hacían los vecinos de Bienvenido Mister Marshall. Lo que hablamos es de mimar nuestra principal industria, sabiendo además que, de una y otra manera, todos participamos de ella, aunque sólo sea cuando le decimos a un turista por dónde se va a la catedral o dónde puede coger un taxi para ir al aeropuerto.
Tirando de tópicos manidos, creo que habremos dicho no menos de un millón de veces que el turismo es para Sevilla su gallina de los huevos de oro. Bueno, pues seamos sinceros, más bien es el gallinero entero. Hoy lo pueden comprobar quienes lean el informe elaborado por la Cámara de Comercio y la Confederación de Empresarios sobre la economía sevillana. El paisaje que dibujan los redactores del informe es tan devastador como siempre. En dos años se han perdido en la provincia cinco mil empresas que equivalen al diez por ciento de nuestro tejido productivo. No es un retrato apocalíptico de la realidad, sino un muestrario de datos que dan muestra de nuestra inconsistencia. Ahora bien, también hay fortalezas que actúan de antídotos contra la espiral de pesimismo que nos ahoga. Y los expertos coinciden en señalar que una de ellas, sino la mayor, es la que se cimenta sobre nuestro sector turístico. El turismo no es inmune al derrumbe, pero aguanta las turbulencias internacionales y sigue siendo un donante ejemplar de ingresos para el PIB de la provincia. ¿Recomendación? potenciarlo lo máximo posible. Y que conste que eso no significa que debamos convertir Sevilla en un parque temático o que tengamos que vestirnos de faralaes para recibir a los turistas como hacían los vecinos de Bienvenido Mister Marshall. Lo que hablamos es de mimar nuestra principal industria, sabiendo además que, de una y otra manera, todos participamos de ella, aunque sólo sea cuando le decimos a un turista por dónde se va a la catedral o dónde puede coger un taxi para ir al aeropuerto.
Hay decisiones que es mejor no justificarlas, porque es peor. Dice el concejal socialista y hasta ahora vicepresidente de Mercasevilla Alfonso Mir que la reducción de miembros del consejo de administración de esta empresa de 23 a nueve miembros responde a la necesidad de ?despolitizar? la empresa, tal y como se recomendaba en el plan de viabilidad de la compañía. Perfecto, pero sin haberlo leído, casi podría asegurar que en ese plan no se decía que la ?despolitización? incluía cargarse al único representante del PP en el consejo de administración del Merca, Beltrán Pérez. Eso más bien es restarle a la oposición su legítimo derecho a controlar la acción municipal, en este caso en una empresa pública que está en los tribunales por delitos más que graves que habrían cometido sus dirigentes, Fernando Mellet y Daniel Ponce. Se puede entender que algunos concejales de Gobierno sientan dolor en las tripas cada vez que el PP los pone más o menos a la altura del primo de Alí Babá y les acusa de estar en la cúspide de una trama de corrupción generalizada. Pero hay que apechugar. Y si no, se va uno a los tribunales en busca del honor perdido y que decida un juez. Son las reglas del juego. Lo que ya no forma parte de las convenciones tácitas de la política es que como estás tan molesto con lo que dicen de ti, prescindas del representante de la oposición. Eso es injustificable y, por cierto, tampoco va a conseguir que se recupere el buen nombre de una empresa que si está donde está no es por culpa de quien denuncia (tenga o no razón), sino de quien está siendo investigado por la justicia.
Hay pros y contras en la inminente aplicación de la ordenanza que restringirá el tráfico en el centro de Sevilla. De primeras, me parece aconsejable, e incluso obligado, que se arbitren medidas para reducir una circulación en el casco histórico que en ocasiones llega a ser caótica. Más de cien mil vehículos apelotonados a diario en la trama urbana más enrevesada de España aconsejan que se haga algo. No sé si esto en concreto, pero algo así o parecido, desde luego. Ahora bien, hay que reconocer que medidas tan contundentes como la que tenemos por delante requieren también de alternativas igual de potentes. Y éstas ya no se ven tan claras: queda mucho por hacer en materia de transporte público (el Metro no llegará hasta dentro de unos cuantos años y la indefinición sobre la ampliación del tranvía es antológica) y la oferta de aparcamientos en la periferia de la ronda histórica también es escasa para lo que se avecina. Dicho esto, lo que tampoco veo tan claro es el momento ?procesal? en el que se aplicará esta medida? si es que llega a entrar en funcionamiento. Reconozco que no hablo en términos de intereses ciudadanos, que es lo que importa, sino de cálculos electorales. Pero la realidad es que éstos influyen, y mucho. La ordenanza empieza a aplicarse este jueves, pero no será efectiva hasta septiembre. Esto es, que hasta entonces no se tendrán que pagar las multas que se impongan. En esa fecha, quedarán nueve meses para las elecciones municipales, un tiempo demasiado corto como para que el Gobierno local se lance en tromba a cumplir un plan que a priori puede concitar algunas adhesiones y el rechazo de muchos, sobre todo de quienes sean multados por estar un rato de más en el Centro. ¿Seguro que están dispuestos a ello? ¿Con lo que eso puede significar de coste electoral? La duda es razonable. Lo veremos. Y pronto.
Un par de consideraciones sobre la sentencia del Tribunal Constitucional relativa al recurso presentado por el PP contra el Estatuto de Cataluña. Primera: se trata simplemente de eso, de una sentencia en la que se falla sobre un recurso. Y en la que, por cierto, sólo se invalidan el diez por ciento de los artículos que quería eliminar el Partido Popular. Conviene recordarlo para darle su justa medida a un conflicto que ha sido dibujado con trazos apocalípticos. Y segunda: el fallo sí implica un recorte al estatut (de 15 artículos, para ser exactos) , pero de eso a entender que es una agresión de España a Cataluña hay un mundo de por medio y más de una falacia. El Estatut pasó su tramitación en el Parlamento catalán y en el Congreso de los Diputados y luego fue refrendado en una consulta popular. Pero eso no invalida un posible rechazo en el Constitucional. Son las reglas del juego democrático. El president Montilla dice sentirse ?indignado? y llama a los catalanes a manifestarse en contra del recurso. Es legítimo, pero cuidado con los excesos cometidos pensando en las elecciones catalanas de noviembre. Si uno se pasa cuatro años diciendo que si el Alto Tribunal no falla a favor de sus intereses, habrá que replantearse la relación con España, se abre una espita difícil de controlar. Ahora escucharemos y leeremos declaraciones incendiarias que serán pasto de los titulares durante unas cuantas semanas. En las manos de los políticos catalanes está que se queden simplemente en eso, en titulares que se olvidan con el tiempo, o que se conviertan en el germen de algo peor. En definitiva, más seny y menos hooliganismo.
Hay quien nace de pie y luego da igual lo que digan y lo que hagan. Le pasa a Josep Antoni Duran y Lleida. Pasa por ser el ejemplo de lo que debe ser la derecha más civilizada y del país. Un hombre prendido del seny catalán. Con estilo, elegante y con una capacidad oratoria incontestable que demuestra cada vez que se sube al estrado de oradores del Congreso de los Diputados. Pero no es inmune a las chorradas. Lo demostró hace unas semanas cuando demostró su supina y testaruda ignorancia sobre el PER con su catálogo de tópicos recalentados. Y lo ratificó hace un par de días, cuando defendió las terapias curativas para los homosexuales que ?quieran dejar de serlo?. Ya puestos, podría haber defendido que el hombre no procede del mono y que la tierra no es redonda. ¿De verdad que Duran i Lleida es tan centrado, sensato, culto y civilizado como nos lo pintan? En fin, permítanme que empiece a dudarlo.
Será que empieza a parecernos normal aquello que es extraordinario que ya casi nada nos parece escandaloso. Digo esto después de leer lo de Sergio Gamón, un tipo con nombre de escritor latinoamericano pero que se ha dedicado en su vida a algo más sospechoso que al realismo mágico. Este individuo acaba de dimitir de su cargo de director general de Seguridad Ciudadana de la Comunidad de Madrid. No lo hace porque haya decidido emprender otros retos profesionales. Deja su puesto dos días después de que su ex mujer dijera en El País que su entonces marido empezó a espiar a consejeros de Madrid no afines a Esperanza Aguirre desde 2006. Gamón dice que se va para preservar su vida personal, cosa que no se cree ni el más santo varón que habite en la tierra. Si este alto cargo del gobierno de Madrid se larga es porque es imposible que siga allí, porque se acumulan las pruebas que ratifican los seguimientos que hizo a consejeros no afines a su jefa y porque el propio PP madrileño asume que no puede mantener por más tiempo en sus puestos a personajes enredados, supuestamente, en asuntos tan turbios. Lo raro no es que dimita ya. Lo extraño, por pura higiene democrática, es que no lo haya hecho antes y que no lo acompañen en su despedida quienes le dirigían en la cúpula del gobierno de Esperanza Aguirre.
Es todo tan inesperado y deja en tal grado de estupefacción que no debe extrañarle a nadie que el ataque sufrido por la talla del Gran Poder haya propiciado un surtido variadísimo de teorías truculentas y tesis conspiratorias sobre lo ocurrido en foros y redes sociales y en las páginas de comentarios de las ediciones digitales de los periódicos. Un poco de sentido común. Y de paciencia, si puede ser. Salvo que los hechos nos peguen un tortazo y tengamos que admitir nuestro error, todos deberíamos de asumir que lo que pasó el domingo por la noche en San Lorenzo es obra de un tipo cuyas facultades mentales son más que discutibles. Un suceso excepcional fruto de quien ha dejado de estar cuerdo. Pensar que detrás de la agresión hay algún tipo de operación premeditada de grupúsculos revanchistas y pendencieros que quieren ajustar cuentas con la Iglesia y con las tallas sagradas tiene la misma verosimilitud que decir que Elvis Presley no murió y que vive en Almería. Dejemos los dislates para la ficción y centrémonos en lo importante, esto es, en la seguridad de las imágenes. No es fácil tenerlo claro. Cuando pasa algo tan triste como lo de ayer, lo razonable es apoyar que se refuercen las medidas de seguridad para evitar una desgracia parecida o aún peor. Pero cuidado con lo que se hace y con que cunda la histeria, no vaya a ser que la hiperprotección derive en un escenario en el que convirtamos el interior de algunas iglesias en una especie de búnkeres por miedo a la acción de algún desequilibrado. La seguridad es vital, y si hay algo que sacrificar, habrá que evaluarlo y tomar una decisión ponderada y mesurada. Pero por favor, sin que se merme en exceso la posibilidad de las personas de mostrar su fe y su devoción a las imágenes que veneran.
Dice una compañera del periódico que lo del Betis de esta tarde es como lo de los niños que no hacen sus deberes a tiempo y quieren aprobar estudiando el último día antes del examen. Salvo milagro, terminan suspendiendo. Tiene razón mi querida colega. Pero lo del Betis es peor. Lo de este club en realidad es como si el niño en cuestión quisiera sacar el curso sin que sus padres, peleados con el resto del mundo, le hayan pagado ni la matrícula ni los libros para que se ponga a estudiar. Y, por supuesto, con esos mismos progenitores echándo la culpa del fracaso a todo el mundo menos a ellos mismos. En fin, que como se dice en estos casos, lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible? se ponga como se ponga el que vive en la calle Jabugo. Aquí no valen los lamentos por la mala suerte de descender por un gol de diferencia o por no subir por el goal average. Este equipo, que tanto representa para tantos, no sólo flaquea en lo deportivo. A la debacle en el césped se le suma una entidad en estado de descomposición, con una fractura social terrible y un rechazo a quien rige los destinos del club, Manuel Ruiz de Lopera, que oscila entre la rechifla por la forma casposa y cañí en la que gestiona la entidad a la más pura irritación y dolor. Ahí lo tienen. El equipo sigue en Segunda; los pocos jugadores que valen están ya con el petate listo para largarse; el dinero de la televisión, ni está ni se le espera, y Lopera comparece en julio ante la jueza para defenderse de las acusación de que se dedicó a llevarse dinero del club para favorecer a sus empresas. Todo, como siempre, muy ilusionante. Lástima de Betis.
España no es un país corrupto en el que los políticos esperan agazapados el momento oportuno para abrir el cajón en el que guardan el dinero y metérselo en el bolsillo. Me niego a que calen pamplinas demagógicas y se pregonen como verdades inmutables axiomas que tienen menos fiabilidad que lo que pueda decir Jorge Javier Vázquez sobre la crisis de los mercados interbancarios. Habrá a quien le pueda la codicia, pero la mayoría de quienes nos representan son honrados. Muchos de ellos, también son mediocres. Algunos, arribistas. Pero casi todos son honestos. Esto, sin embargo, no quita para que reconozcamos también una excepción muy española que debería de sacarnos a todos de quicio: esa aceptación social de la corrupción que permite que algunos alcaldes se paseen entre el fervor de sus gentes a pesar de que han sido condenados o están enjuiciados por casos de este tenor. Esto no sólo es que sea intolerable, es que es inexplicable. Ahí tienen al alcalde de El Ejido, Juan Enciso. Se ha pasado ocho meses en prisión preventiva como principal implicado en la Operación Poniente y ahora se pasea por el Consistorio con la misma dignidad herida con que Napoleón se largó de la isla de Elba. No le acusan de algo así como haberle llamado tonto a su hermano por no haberle prestado la bici. Le consideran autor de delitos tan graves como cohecho, blanqueo de capitales, malversación de caudales públicos y tráfico de influencias. Como en la Marbella malaya, pero con invernaderos. Pues bien, como legalmente le ampara la presunción de inocencia, este señor ha seguido dirigiendo este ayuntamiento almeriense desde su celda de la prisión de Albolote. Ahora, tras salir del trullo, donde por cierto sólo le ha faltado celebrar plenos municipales, dice que tira para adelante y que sólo se irá se lo dicen sus vecinos en las urnas. Traducción: que el hombre no se corta y se presentará a las municipales. Y quién sabe si hasta las gana por mayoría absoluta, que no sería el primer caso. ¿Es que no hay manera de atajar semejante chulería? ¿No tiene el corpus legal español vericuetos para evitar las andanzas de semejantes personas? Ustedes dirán, pero esto no hay quien se lo trague.
Con el tranvía, el Ayuntamiento de Sevilla lleva a sus últimas consecuencias una máxima imperturbable: ante todo, mucho lío. Lo último es de hoy mismo. Dice el vicepresidente de Tussam, Juan Ramón Troncoso, que lo más lógico es que la futura ampliación de este transporte desde San Bernardo a la estación de Santa Justa esté supeditada a que se defina lo que resta por construirse de la red del Metro para evitar mayores duplicidades. De puro sentido común. Ocurre, sin embargo, que esto se dice después de que el Ayuntamiento, en unas 3.215 oportunidades más o menos, haya dicho durante tres años que el tranvía llegará a la estación de trenes desde el Prado y San Bernardo y que, por supuesto, no hay problemas de duplicidades porque son transportes complementarios que no tienen el mismo tipo de usuario (lo que, por otra parte, es cierto). ¿Acaso nadie se dio cuenta antes de que había que coordinar y equilibrar los trayectos del Metro y del tranvía? ¿Tan difícil era? Ya no es sólo que no se haya encontrado una solución para llevarlo de la Plaza Nueva a la Campana, o que se siga dudando sobre cómo utilizarlo para ir del Duque a Santa Justa por la Encarnación. No, ahora es peor. Ahora tampoco tenemos claro ni que vaya a hacerse la parte del anillo tranviario que recorrería Nervión por San Francisco Javier o por la calle que se estime oportuno. En fin, como soy de los que defienden las bondades del tranvía y me gustaría mucho que se ampliara para evitar que algunos sigan diciendo que es como un trenecito turístico para la Avenida, reclamaría un poquito más de claridad y definición. Si no, tendré que darle la razón a quienes creen que el Ayuntamiento no sabe ni qué demonios hacer con el tranvía. Desde luego, hay que reconocer que parecer, lo parece.
Una de las consecuencias más llamativas de la huelga de funcionarios celebrada ayer es que se corrobora que no sólo los políticos han visto mermada su credibilidad ante los ciudadanos. Los sindicatos también han visto cómo su imagen pública se erosiona hasta el punto de que no han logrado movilizar a un sector en el que estaban fuertemente arraigados: el de la Función Pública. Se ha demostrado una falta de conexión que, para sus intereses, es alarmante. Si así lo estiman, las centrales sindicales pueden vender la convocatoria de huelga como si se tratara de una victoria por cinco a cero frente a un rival poderosísimo en el que jugarían el Gobierno, la Banca, el FMI, los especuladores, los ricos y hasta el sursum corda, pero íntimamente saben que el resultado del paro les debilita en el escenario de las relaciones laborales de este país. En especial, frente a los dos escenarios tan complicados que se les avecina. En primer lugar, esta negociación de la reforma laboral a la que tan poco le queda, y, en cuestión de un par de semanas, la convocatoria de una huelga general cuyo éxito se pone todavía más en duda después del fiasco del 8-J. No pongo en duda de que tienen razones para la irritación (¿a quién le gustan los recortes?), pero tienen que interiorizar que la situación va mucho más allá de las fronteras del conflicto laboral. Nadie quiere el hundimiento de los sindicatos, pero la situación de la economía española es muy grave, y necesita de decisiones llenas de sacrificio y dolor que no se pueden cambiar a base de consignas acartonadas que no van a la raíz de los problemas.
Si se quiere que el Metro pase bajo tierra por el centro histórico de Sevilla, ya sabemos el sacrificio requerido: sólo una estación, en la Plaza del Duque, y a 50 metros bajo tierra, que debe ser más o menos donde estaba la puerta por la que se accedía al centro del plantea en la novela de Julio Verne. Los técnicos entienden que una parada es suficiente, pues el tramo que atraviesa la trama histórica (José Laguillo-Plaza de Armas) no es muy largo, pero no será una estación cualquiera. Hay muy pocas en España a tanta profundidad, y ésta en concreto necesitará de ascensores para poder llevar a los pasajeros desde la superficie a los andenes. Y además, la obra requerirá de la acción de una tuneladora que cavará un pozo de 32 metros de diámetro a sólo tres metros del edificio de El Corte Inglés y acarreará más problemas de seguridad. Tanta complejidad conduce al escepticismo. Demasiadas dificultades para un empeño que tiene mucho de símbolo para una ciudad que lleva ya más de tres décadas reclamando que el subterráneo llegue al casco histórico. Ya me imagino posteriores y tortuosos debates sobre la necesidad real de llevar el suburbano al Duque, más si cabe si con eso se pone en cierto peligro la seguridad de los edificios más cercanos. Así nos podemos tirar unos cinco o seis años como mínimo. Y cortos nos quedamos. En fin, largo se fía el asunto. Y difícil. Tal vez demasiado para que se haga realidad en esta Sevilla tan jalonada por los proyectos inconclusos.
Sevilla se envuelve a veces en debates primorosos que no es que estén a la altura de qué hacer con el calentamiento de la tierra o con el conflicto árabe-israelí, pero que digo yo que tienen su aquel. El último gran asunto que debería aparecer en la CNN (no la de aquí, sino la de que te dice hasta cómo está el tiempo en Singapur por si vas para allá a pasar el fin de semana) es el de los toldos del centro. O mejor dicho, el de su ausencia. En fin, es un asunto menor, pero también es de los que permite elevar la anécdota al nivel de síntoma perceptible de la realidad. Los toldos llevan poniéndose más de de dos décadas, pero se ve que este año no toca. Al menos, de momento. Los comerciantes de las calles señalaítas, tipo Tetuán o Sierpes, ya han avisado de la tardanza en ponerlos y ahí que se ha ido Juan Ignacio Zoido, que está a todas (y hace muy bien en estar así, por cierto) para denunciar la sinrazón del retraso. Urbanismo ha salido al quite como ha podido y ha dicho que todo se ha debido a la tardanza en aprobar el presupuesto municipal y que en este mes estarán otra vez las santísimas lonas en su lugar. Pues muy bien, pero eso ni justifica la demora (como si el verano hubiera llegado de repente) ni despeja la duda creciente de que este ayuntamiento está tan agobiado con lo que tiene encima que se olvida de algo tan importante para todos como es el cuidar los detalles del día a día. Algo que se termina pagando. Al tiempo.
Me agotan las visiones maniqueas de la vida. No creo que el mundo se reduzca a una versión barata de las películas en las que los buenos son buenísimos y los malos no pueden ser más hijos de su (santísima) madre. Eso vale para quien crea en John Wayne, pero no sirve en la vida real. Las cosas no suelen ser sencillas. Y normalmente los asuntos más complejos no se arreglan como si se hiciera una tortilla a la francesa. Hay veces, sin embargo, en que entran ganas de dibujar con el trazo grueso, de olvidarse de matices y de gritar, si se quiere hasta con un punto de demagogia, contra quien abusa de su poder para machacar a los más débiles. Me pasa ahora con Israel. Admiro al pueblo hebrero, su sentido de la supervivencia y su orgullo como pueblo, su unión consolidada en el sufrimiento más desgarrador. Pero me indignan las atrocidades que cometen abrigados en su visión preventiva de la vida. Yo mato antes de que (supuestamente) me maten. Disparo, y luego pregunto. Y eso incluye la masacre de un puñado de entusiastas activistas con kufiyas que llevaban mantequilla y cemento a los palestinos cercados en Gaza por el control que ejerce sobre ste territorio Hamás, una organización califcada de terrorista. Las autopsias turcas han desvelado hoy sábado que cinco de los activistas asesinados la semana pasada recibieron tiros en la cabeza. Y a quemarropa. Seríamos unos ilusos si pensáramos que los responsables de esta matanza en alta mar penarán por su crimen. Pero al menos que quede la condena de todos los que seguimos creyendo que la violencia sin ley y la ley del Talión que tanto gusta a Netanyahu y los suyos son las peores formas de conducirse por la vida.
Hoy hemos conocido que 246 sevillanos duermen en la cárcel por delitos ligados al tráfico. Buena parte de ellos cumplen penas impuestas por conducir sin carné, otros lo hacen por su actuación temeraria al volante y otros tantos lo hacen por llevar el coche bajo los efectos del alcohol. Viene bien saber todo esto ahora que se ha reabierto el debate sobre qué se puede hacer para actuar ante el cúmulo de atropellos, algunos de ellos mortales, que hemos vivido últimamente en la ciudad. En casos como éste, se escuchan siempre voces que reclaman un endurecimiento de las penas. Puede que sea una solución, pero no dejo de tener dudas al respecto. Primero, porque las leyes ya se están cumpliendo y hay gente que ya paga con la cárcel sus imprudencias, sus irresponsabilidades y sus locuras. Y segundo, porque no veo claro que un agravamiento de las penas vaya a persuadir a un loco de pasarse un semáforo en rojo a cien kilómetros a la hora por el centro de una ciudad. Es terrible y es muy doloroso, pero nadie puede evitar que haya accidentes. Podrá rebajarse la siniestralidad y podremos meter a todo el mundo en la cárcel, pero es casi inevitable que en ocasiones se desaten tragedias sobre el asfalto. Forman parte de la condición humana. De la vida que vivimos en las sociedades desarrolladas. La única receta que se me ocurre es la de más educación. Y si es vial, mejor todavía. Pero, por desgracia, ni aun así desterraremos este problema.
Juan Espadas no ha tardado ni 72 horas en desmarcarse de uno de los proyectos más polémicos de la etapa de Monteseirín. El ya candidato del PSOE a la Alcaldía de Sevilla considera que la gestión del proyecto de los parasoles de la Encarnación se ha podido ir de los manos, pero que ahora lo más consecuente que se puede hacer es acabarlo. Esto y un tortazo sin manos al todavía alcalde es lo mismo, pero es lo que dicta el sentido común. Si se toma como punto de partida que durante dos años y medio se ocultó a los ciudadanos que no había solución técnica para cimentar de madera las setas de la Encarnación, haber dicho cualquier otra declaración restaría credibilidad a un candidato que debe desembarazarse cuanto antes del lastre de defender lo que no tiene defensa. Y, por cierto, lo que sostiene Espadas no difiere mucho, en lo más sustancial, de lo que piensa Juan Ignacio Zoido, quien ya ha mostrado su intención de acabar el proyecto después de haber despotricado contra él hasta la extenuación. Ya que estamos, pensarán, tampoco vamos a derribarlo. Y es verdad. No es lo mismo denunciar los graves errores que han lastrado el desarrollo de este proyecto que defenestrarlo sin miramientos. La ciudad ya se ha gastado casi 90 millones en un proyecto que revitalizará, ya lo verán, una de las zonas más degradadas del casco histórico de Sevilla.¿Qué queremos? ¿Una voladura sin control para regocijo de todos los que sufren de hernia de hiato del soponcio que les dio cuando vieron el proyecto? ¿A que no? Pues eso.
Juan Espadas no ha tardado ni 72 horas en desmarcarse de uno de los proyectos más polémicos de la etapa de Monteseirín. El ya candidato del PSOE a la Alcaldía de Sevilla considera que la gestión del proyecto de los parasoles de la Encarnación se ha podido ir de los manos, pero que ahora lo más consecuente que se puede hacer es acabarlo. Esto y un tortazo sin manos al todavía alcalde es lo mismo, pero es lo que dicta el sentido común. Si se toma como punto de partida que durante dos años y medio se ocultó a los ciudadanos que no había solución técnica para cimentar de madera las setas de la Encarnación, haber dicho cualquier otra declaración restaría credibilidad a un candidato que debe desembarazarse cuanto antes del lastre de defender lo que no tiene defensa. Y, por cierto, lo que sostiene Espadas no difiere mucho, en lo más sustancial, de lo que piensa Juan Ignacio Zoido, quien ya ha mostrado su intención de acabar el proyecto después de haber despotricado contra él hasta la extenuación. Ya que estamos, pensarán, tampoco vamos a derribarlo. Y es verdad. No es lo mismo denunciar los graves errores que han lastrado el desarrollo de este proyecto que defenestrarlo sin miramientos. La ciudad ya se ha gastado casi 90 millones en un proyecto que revitalizará, ya lo verán, una de las zonas más degradadas del casco histórico de Sevilla.¿Qué queremos? ¿Una voladura sin control para regocijo de todos los que sufren de hernia de hiato del soponcio que les dio cuando vieron el proyecto? ¿A que no? Pues eso.
Por buscar un punto de ecuanimidad: del mismo modo que el PSOE de Sevilla es una organización acostumbrada a vivir entre convulsiones internas, con disensiones que forman parte del paisaje público, hay que reconocerles que cuando llega el momento de iniciar una carrera electoral, esta misma agrupación muta su mapa genético y se convierte en una máquina dispuesta a sacarle el máximo provecho a la marca de partido más poderosa que hay en Andalucía. Seguramente sea éste uno de los puntos que deje más tranquilo al que desde ayer es candidato del PSOE a la Alcaldía de Sevilla: Juan Espadas.
Sí, el elegido es el que sabían todos. Un secreto a gritos que sólo encontraría su equivalencia en el cambalache nacional en el estruendo provocado por la confidencia galáctica de que Mourinho ficharía por el Madrid. Aquí no ha habido margen para más sorpresas mayúsculas, a pesar de que haya quienes sostengan que la dirección federal del partido ha acariciado hasta ultimísima hora la posibilidad un tanto cándida de convencer a Alfonso Guerra para que regresara al terruño a defender la Alcaldía de Sevilla.
Nada de eso. Toca Espadas, que como dijo ayer José AntonioViera, es el mejor candidato…disponible en estos momentos (vaya manera mala de venderlo, por cierto). Y toca desde ya, asumiendo que habrá quejas de otras agrupaciones por el trato singular que se le da a Sevilla con el adelanto de los tiempos marcados en los estatutos del partido. ¿Y por qué esta singularidad? Decía el PSOE que se debe al hecho excepcional de que se trata de un candidato que releva a un alcalde socialista que lleva once años en el poder, y que esta circunstancia justifica el adelanto. Esta versión tiene la misma credibilidad que la del ?error tipográfico? al que aludió Elena Salgado para explicar la prohibición inmediata del crédito a los ayuntamientos. Más o menos ninguna.
Sevilla, para el PSOE, es una prioridad. Y no puede perder un minuto más en hacérselo ver a la ciudadanía. Con la capital andaluza pasa como con Cajasur y el sistema financiero. Los analistas destacan que los valores de las Bolsas europeas cayeron esta semana por el efecto auspiciado por la intervención del Banco de España en la caja cordobesa. Algo así como el efecto mariposa, pero en el valle del Guadalquivir. Los vasos comunicantes de la política funcionan de un modo similar. Si el PSOE pierde Sevilla el año que viene, la derrota podrá pasarle factura en las autonómicas, y si hay daño en las autonómicas, se acrecentará la caída en picado que se prevé para las nacionales.
Podrá argumentarse que el razonamiento vale para otras capitales, pero se olvidaría el hecho diferencial del peso específico de los votos que cosecha el PSOE en Sevilla. Y si aún no se convence a los escépticos, queda la carta más importante: salvo que algún hooligan diga lo contrario, si no se le designa ya, llegará a la disputa electoral casi sin posibilidades de ganarla.
Los socialistas saben que el popular Juan Ignacio Zoido no sólo está en la horquilla que da la mayoría absoluta que necesita para gobernar, sino que está marcando la iniciativa política, ha arrinconado al Gobierno de un debilitado Monteseirín y cuenta con la posibilidad de que los votantes más cercanos al PSOE castiguen a Zapatero no yendo a votar en las urnas de las municipales.
En cualquier caso, desde la perspectiva socialista se puede correr el riesgo de obsesionarse con el rival del PP. Juan Espadas representa para el PSOE lo más parecido que hay a un anti-Zoido. Su estilo conecta con capas urbanas críticas hasta la psicopatía con Monteseirín, pero recuperables. Espadas puede atraerlas de nuevo. Pero no puede entrar en todos los pulsos que propicie el PP, sino que debe de cultivar una imagen propia, un perfil nítido que le desmarque.
A ello le debe ayudar su temple tranquilo y sin aristas y también su condición de político no quemado por las luchas intestinas. Espadas está siendo bien recibido en las agrupaciones locales. Todos le excluyen de la melé en la que se pelean los vieristas con los restos del naufragio de Monteseirín. Y él se va a dedicar a mimarlas de aquí al verano para contar con ellas cuando se llegue a los momentos más decisivos. Los necesita a todos. Euforias y faroles aparte, Espadas tiene por delante un año para salvar obstáculos archisabidos como su escasísimo grado de conocimiento. En un mundo tan conectado como el actual se puede suplir con más rapidez (el PSOE ha llegado a poner a su candidato en Castilla-La Mancha, Óscar López, de tertuliano de La Noria), pero es innegable que es un problema bastante serio.
Y que deberán de fajarse para amortiguarlo en la misma proporción en la que tendrán que tener mano izquierda para que la cohabitación con Monteseirín no se convierta en una flagelación y para que el PP no consiga su propósito de ligar a Espadas con Torrijos. En la medida en que lo logren, tendrán la posibilidad de mantener para el PSOE la Alcaldía de la capital.
Seamos originales en el pensamiento: ya era hora de que designaran a Juan Espadas candidato del PSOE a la Alcaldía de Sevilla. Su designación, aunque sea in pectore, se dilataba tanto que ha terminado por ser una noticia de un cierto alcance. Es verdad que todavía no tocaba, y que se trata de una excepción arrancada casi de cuajo a la dirección federal de este partido, pero es que no había otra salida para los intereses socialistas en la capital andaluza. Es la teoría del nicho vacío. Cada minuto que Espadas pasa en su casa esperando la designación son 60 segundos que ganan sus oponentes para seguir ocupando la escena pública y marcando la iniciativa. En eso, su rival del PP, Juan Ignacio Zoido, no es que sea un maestro, es que es capaz de montarte un campus de excelencia y que te lo apruebe el Ministerio de Innovación pese a los recortes. El ex consejero de Vivienda no está para dispendios ni entretenimientos. Encabezará la marca más poderosa, pero en su contra, como ya hemos dicho en otras ocasiones, juegan demasiadas circunstancias. Todas ellas, archisabidas. A saber:
1) El desconocimiento. Espadas valdrá mucho, pero si no le conocen, de poco sirve. No digo que tengan que hacer como con el candidato socialista en Castilla-La Mancha, Óscar López, al que han puesto de tertuliano de La Noria para que lo conozca alguien, pero le van a tener que dar varias vueltas para que todo el mundo sepa su nombre.
2) La herencia lastrada de Monteseirín?y la cohabitación con el alcalde. No hablamos de la gestión emprendida, que también tiene sus logros por rentabilizar, sino del desgaste que ha originado en la marca el deterioro de imagen del todavía alcalde. Aún queda ver cómo se manejan las relaciones, acuerdos y disensos de Espadas con el regidor, quien, por cierto, está en un momento Carta a los Corintios que se sale con sus continuas cartas en los periódicos. Género epistolar, que se llama.
3) Espadas es Torrijos, se ponga como se ponga. Al candidato socialista le vendría bien salir un día a la escena pública a decirle a los ciudadanos lo siguiente: ?YO-NO-SO-Y-TO-RRI-JOS?. El PP seguirá insistiendo hasta la extenuación en una táctica que repiten como los mantras budistas: votar al PSOE y a Espadas es elegir un gobierno en el que la Izquierda Unida de Torrijos tendrá todavía más poder que en la actualidad. Será tarea socialista deshacer el entuerto y marcar distancias más o menos convenidas con los correligionarios de Valderas.
Y 4) La crisis. Como otros tantos, a Espadas le pueden pasar una factura que no le compete: la de Zapatero. Ya verán como para algunos puede ser el culpable de la crisis financiera mundial, del recorte y hasta de la cornada que recibió Julio Aparicio en Las Ventas.
En suma, Espadas tiene por delante un camino bien surtido de aristas. Aún así, bendito camino para quien se dedica a la política. No le han nombrado concejal del CDS en la Luisiana. Le han designado candidato del PSOE a la Alcaldía de la capital de Andalucía. Y eso son palabras mayores.
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